El carnaval de la deshumanización colombiano

"Masacres y desplazamientos de miles miles de personas desfilan ante nuestros ojos como imágenes ajenas que nada tuvieran que ver con nuestra existencia ciudadana"

Por: Leo Castillo
febrero 27, 2020
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El carnaval de la deshumanización colombiano
Foto: Las2Orillas / Leonel Cordero

Lucen gordos y relajaos, casi sonrientes. Los perros (descendientes de los lobos) no son seres humanos para estar perfumados y peluqueados, como nuestra enferma “sociedad” (disociedad, habría que redefinirnos) los quiere. Aman oler a perro, no nacieron para champús y perfumes que ofenden o nada dicen a su delicadísimo olfato, algo así como el sabor y el aroma de la baba de bebés para nosotros: insipidez, cuando no molestia.

Conozco muy bien esta casa (46 con 93); viví cuatro años a dos cuadras de allí. Las plantas de enfrente y las del antejardín son un hermoso vivero. Cuando pasaba por allí, le decía a mi compañera: “Mira, ¡Taironita!” (aludiendo al parque Tairona, obvio.) Me encantaba pasar entre ese corredor natural, verde, fresco. Para nosotros, presa de las altas temperaturas de Barranquilla, que aumentan prodigiosamente día tras día, apenas aliviados por las brisas, los alisios del Norte que durante dos o tres meses dispersan la sofocación (diciembre, enero y febrero), para nosotros las plantas de esta casa ante las que nos deteníamos unos instantes eran un refrescante remanso en una ciudad más satisfecha o cómplice con el arboricidio oficial, que generosa para la siembra y el cuidado de plantas.

Separar a estas dos señoras de sus animales, los cuales les cuestan los suyo durante décadas (alimentación, alojamiento, etc.), es un brutal y criminal atropello de la sociedad contra dos mujeres indefensas y contra sus animales. El trauma de personas y animales (ellas expuestas como bestias, expulsadas de su propiedad como criminales, cosa que jamás sucede con tantos psicópatas dueños del poder y el dinero de este pobre pueblo) es una abominable violación de los derechos humanos. ¿Era esta la solución más humana al olor de perros y gatos que ofenden a la sociedad de presuntos animalistas en que pretendemos habernos constituido? ¿Quién nos ha dicho que un perro peluqueado y perfumado, con pedicuro, maquillado y vestido como una Barbie, es más feliz que un perro oliendo a perro y con su pelaje natural? ¿Es que somos tan brutos y ciegos que jamás vimos la alegría de uno de esos maniquíes estrato seis cuando ven a un perro callejero y lo huelen, y recuerdan que ellos son perros, que son animales de carne y hueso, y sangre y sudor, y ganas, y no muñecos artificiales?

Las dolorosas imágenes de una mujer indefensa arrastrada por la fuerza por agentes de policía, expuestas ella y otra mujer al escarnio público violando los más elementales derechos humanos, están dando la vuelta al país sin que nadie reaccione ante este atropello, ante este crimen legitimado por nuestra banalidad.

En nombre de un depravo sentido del animalismo light, en redes personas de todo pelambre embrutecidas de odio, se han ensañado contra dos mujeres mayores, solas e indefensas, exhibiendo una cobarde sevicia típica de un país designado por una institución internacional autorizada como “el país más corrupto del mundo.” Toleramos y ensalzamos incluso la corrupción flagrante, descarada; la legitimamos, incapaces de reaccionar ante el despojo, incapaces de advertir que la miseria social está íntimamente ligada a estas despreciables y criminales prácticas. Masacres y desplazamientos de miles y miles de personas desfilan ante nuestros ojos como imágenes ajenas que nada tuvieran que ver con nuestra existencia ciudadana. Nos hemos acostumbrado al miedo, a vivir riendo aterrorizados, a danzar entre cadáveres y fantasmas de nuestros propios hermanos.

Somos el macabro carnaval de la deshumanización.

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