El cáncer de la indiferencia

"Necesitamos nuevos discursos de solidaridad, unidad y reconciliación."

Por: Andrés Hurtado Blandón
agosto 25, 2014
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El cáncer de la indiferencia
Imagen Nota Ciudadana

Nada cobra sentido y realidad para uno hasta influya positiva o negativamente sobre la propia esfera vital y personal. Ese parece ser el principio que rige las acciones de la sociedad contemporánea. Si en otros tiempos el imperativo de la solidaridad dependía exclusivamente del carácter aprobatorio que le otorgaba el Cristianismo a las acciones benéficas sobre el prójimo, ahora en tiempos en que la religión cede a pasos agigantados su suma potestad sobre las acciones morales y sociales de los individuos, la pregunta que debe preocuparnos al respecto es: ¿En qué debe fundarse el imperativo de la solidaridad? El ideal de que sea categórico (universal y necesario; el deber por el deber; al margen de toda inclinación subjetiva) (Kant) dista años luz de ser posible. Por ello se necesitan nuevos discursos legitimadores al respecto, no religiosos, ni raciales, ni sexistas, ni tampoco regionalistas, todos ellos empeoran las cosas.

Si bien en nuestra Constitución se establece en el numeral 2 del artículo 95: “Obrar conforme al principio de solidaridad social, respondiendo con acciones humanitarias ante situaciones que pongan en peligro la vida o la salud de las personas”, la posibilidad de que sea establecido al tiempo como imperativo moral y cultural (como hábito, costumbre) también se encuentra con serias dificultades. Partiendo en principio de algo del desconocimiento de la ciudadanía de su propia carta jurídica y el hecho de que lo político y lo jurídico le suene a corrupción y desesperanza; y lo ético y moral, a apología frenética de la tradición o a mero regaño sacerdotal. Si desde el punto de vista pedagógico social se trata, sabemos que no puede haber formación sin disposición de los individuos; por lo tanto, no parece haber argumento que valga,si de antemano el interlocutor se niega siquiera a escuchar o a reflexionar sobre lo que se habla públicamente.

Los noticieros colombianos nos inundan diariamente de reportes de injusticia de todo tipo. El ser humano es un ser de costumbres dice el dicho, y tan cierto es el caso que en Colombia hemos aprendido a nadar entre la sangre y la inmundicia. ¡Qué buenos nadadores se encuentran ya por doquier! Algunos han tenido que aprender a nadar contracorriente a fin de mantenerse vivos; otros son sobrevivientes de grandes naufragios; otros han encontrado tierras más altas que les permite mantenerse relativamente seguros; y otros, los culpables de la inundación, no han necesitado nadar porque aprendieron a flotar sobre la multitud amorfa de cuerpos sin nombre. Lo cierto es que todos nadan por su cuenta; y son capaces de ahogar al otro para mantenerse a flote.

La indiferencia invade y se extiende más aún cuando, como dice la metáfora de Schiller y Hegel, el edificio se encuentra en llamas o está a punto de derrumbarse. En esos casos como esos la gente solo se preocupa sólo por salvar su miserable propiedad a costa de todo lo demás. Solo si la suya está en riesgo, se apura; de lo contrario, o aprovecha la oportunidad de apoderarse de la de otros o se hace el de la vista gorda si algunos de sus vecinos está siendo despojado de ella.

Los medios infunden el individualismo; la educación, la competencia; la familia, el egoísmo; el gobierno, desesperanza, y en la sociedad por obvia razón se respira inseguridad y desconfianza por doquier.

Necesitamos entonces nuevos discursos de solidaridad, de unidad y de reconciliación. Pero discursos fundados en los derechos humanos, en la libertad, la autonomía y la dignidad de cada persona --¡Hay que matar a nuestros antiguos dioses (Nietzche)--. Estos discursos difícilmente pueden provenir de los gobiernos; difícilmente de iglesias y medios de comunicación al servicio de grandes mercados. Por qué no de bibliotecas, de auditorios, de museos y teatros; de foros académicos y culturales; de las voces acalladas y los rostros invisibilizados de nuestras víctimas. Debemos aprender a ver más allá de nuestras narices, a pensar más allá de las oxidadas convicciones, a dejar de seguir las mismas voces. Pero para ello debemos primero limpiarnos todo el fango que se ha incrustado en los oídos, en los ojos y hasta en nuestras propias entrañas. Debemos aprender que es mejor y siempre más fácil nadar con otros en una dirección común y consensuada.

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