La nueva izquierda que vive del "like"

"Es más inteligente enseñarle a un líder o lideresa cómo ser mediático, que enseñarle a alguien mediático cómo ser un buen líder político"

La nueva izquierda que vive del

La última vez que vimos una estúpida intensión de cambiar el mundo a través de twitter fue cuando un político de izquierda colombiano escribía en redes que había que “salvar la democracia” e invitaba a sus seguidores en la red social a una campaña de “twitteratón” para presionar, según él, al régimen colombiano para cambiar una de tantas políticas nefastas que proyectaba para nuestro futuro.

Su propuesta, sin embargo, no era novedosa, ni tenía una elaboración teórica detrás del comentario de menos de 280 caracteres, ni mucho menos representaba una conclusión profunda de un trabajo acucioso resultado de su papel como congresista. Por el contrario, como muchas de las cosas que hacen los políticos —de derecha y de izquierda— en Colombia, tan solo representaba un ejercicio visceral ante una realidad que sabemos todos, no se puede cambiar en el parlamento con las actuales reglas de juego.

La izquierda colombiana, desafortunadamente, está cayendo en un abismo, un abismo de falta de profundidad intelectual. Tan solo al ver que hace 80 años el joven político Jorge Eliecer Gaitán prometía ser el presidente de Colombia con un pasado intelectual tan profundo y elaborado, cualquiera de los actuales líderes, salvo contadas excepciones, sería ridiculizado. Con estudios de derecho y un doctorado en Roma cuya tesis fuera Cum Laude, Gaitán elaboraba sendos y profundos discursos con argumentos muy sólidos para su época. De hecho, hasta la misma derecha tenía líderes bien formados que se daban la pelea argumentativa en cafés y en debates públicos con Gaitán. Había materia intelectual de ambos lados que permitía al pueblo que votaba tener unas ideas más claras sobre su porvenir. La sabiduría de Gaitán no consistía en elaboraciones teóricas complejas que llevaran a que solo unos pocos las entendieran, por el contrario, era tan sabio que podría hacerse entender del mas sencillo de los colombianos. Pero si alguno de los lectores piensa que de alguna manera líderes como Gaitán eran privilegiados por su acceso a la educación, basta ver que aquellos incluso que no habían pasado por una universidad y su trabajo era directo con las bases campesinas u obreras también hacían sesudos análisis de la realidad y se tomaban eso de “pensarse el país” en serio. Un Manuel Marulanda de origen campesino escribía a sus 45 años Cuadernos de campaña, un libro histórico sobre el origen de las guerrillas liberales y luego comunistas basado en sus propias vivencias, sin contar con el sinnúmero de cartas y comunicaciones que el legendario guerrillero realizaba para su gente y con su intensa conexión con las poblaciones campesinas. En fin, la profundidad intelectual y el conocimiento no tiene que ver solo con cartones académicos.

Con el tiempo, la crisis intelectual llego a ambos sectores. De un lado, acompañada de la naciente élite narcotraficante para quienes el conocimiento es trivial en comparación con lo que pueden hacer con millones de pesos obtenidos de manera ilegal y la violencia que pueden ejercer en el territorio con sus ejércitos privados; y del otro lado, en la izquierda, llegó acompañada de una combinación entre pragmatismo, pereza intelectual y abandono de la cultura y de la educación política de la gente de a pie como estrategia clave para construir un camino alternativo. Habíamos aprendido que comunicar era transmitir mensajes sencillos, pero terminamos comunicando mensajes vacíos.

Así, hemos visto llegar a los diversos espacios democráticos donde se podría disputar el poder con rigurosidad, con argumentos elaborados, con trabajo de masas reales, a personas cuyas únicas cartas de mostrar son, para algunos, sus apellidos heredados de guerrilleros y mártires de izquierda; para otros, sus habilidades para maniobrar mezquindades en las organizaciones de izquierda; para los más guerreros, el olor a pólvora y el fusil que llevaron en sus espaldas; y para los más perezosos, su habilidad para obtener likes en redes sociales escribiendo texticos provocadores o subiendo fotos embellecidas. Recordamos incluso como uno de esos “cerebros de izquierda” construía falsas listas de supuestos seguidores del Movimiento Bolivariano y les hacia creer a un sector de la antigua guerrilla que la toma del poder estaba a la vuelta de la esquina y que sería liderada por estudiantes de las universidades públicas. Cañadores y engaña incautos que solo buscaban una posición de liderazgo dentro del movimiento social.

Muchos estamos actualmente sorprendidos ante la reciente forma cómo los partidos y movimientos políticos de izquierda están seleccionando sus candidatos para el congreso. Las movidas para ser candidatos van desde las cuotas burocráticas hasta prácticas nepotistas al mejor estilo de la derecha. Una compañera muy cercana, que se conoce muy bien el juego de las elecciones y los partidos políticos, nos contaba incluso que algunos sectores de izquierda también acuden a la compra de votos en los territorios.

Comprendemos, obviamente, el impacto de las nuevas tecnologías en la cultura política del mundo entero, que implica que debemos moderar los discursos y adaptarlos a estas nuevas realidades, pero el extremo de eso es despreciar al electorado y hacerle creer que eres buen candidato por tener muchos likes en Facebook. Lo peor de todo es que ya hemos visto lo que pueden hacer parlamentarios sin capacidades sentados en una silla en el salón elíptico. Tal pareciera que, ante la propuesta de la derecha de cambiar votos por tamales, un sector de la izquierda lo único que propone es cambiar likes en redes sociales por votos. No hay mucha diferencia.

La pregunta de ahora es, entonces, ¿dónde caben los que sobran? Los que no salen en televisión ni tienen el tiempo suficiente para escribir pendejadas en redes sociales ni los dineros necesarios para pagar publicidad que aumenten sus likes. ¿Dónde quedan los que han hecho trabajo, silencioso, oculto, humilde, si se quiere tímido en los barrios, en los campos, en las universidades? Los que, como diría James Scott, desarrollan las formas ocultas de resistencia. Los de la resistencia constructiva, los que no hablan demasiado, pero si ponen en práctica lo que dicen, los que inventan nuevas formas de ser y de existir pero que son muy malos para andar contándolo en las redes sociales. ¿Dónde quedan los que han construido y trabajado sin limpiarle los zapatos a nadie, ni sacar a codazos a los que les cuestionan?

Mientras unos se han dedicado a tomarse fotos con los jefes de la izquierda, a posicionar agendas virtuales y a inventar movimientos sociales inexistentes que especulan con sus supuestos seguidores, otros han dedicado buena parte de sus vidas al conocimiento, a la construcción desde la base de procesos sociales, a ser creativos e innovadores sociales y a compartir. Eso, por supuesto, en una sociedad que sobrevalora a la vedette televisiva o al deportista famoso mientras desestima el aporte social del profesor o del líder campesino parece estar impactando las próximas elecciones.

Por supuesto que los líderes políticos tienen que ser mediáticos. Sin embargo, nos parece más inteligente para un partido o movimiento social enseñarle a un líder o lideresa con conocimiento cómo ser mediático, que enseñarle a alguien mediático cómo ser un buen líder político. El conocimiento que se genera en una universidad por años, lo que se profundiza en el contacto con la gente y con el movimiento social en décadas, lo que se construye en la práctica, no se aprende en un par de días. Manejar redes podría costar unas semanas, e incluso se contrata a alguien para ese manejo de la imagen, pero tener conocimientos que sean útiles a una sociedad para salir de sus problemas no es un asunto de tendencias y percepciones digitales.

Así las cosas, vamos a terminar eligiendo a gente con muchos likes pero incapaz de comprender y solucionar la retos sociales, económicos y políticos que demanda el país. La "izquierda like", la del clictivismo y de los áulicos, puede significar, dramáticamente, la ausencia de proceso, de organización y de instrumento político de cambio.

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