El apóstol de la medicina en la costa Caribe

Semblanza de Luis Carlos Padrón, una vida entregada a la investigación médica. Uno de los más entusiastas batalladores contra la enfermedad en el Caribe

Por: RICARDO MEZAMELL
octubre 23, 2021
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El apóstol de la medicina en la costa Caribe
Foto: Pixabay

El hombre no tiene naturaleza, solo tiene historia
(José Ortega y Gasset)

“El médico ha de vivir en su tiempo, ha de interesarse por los problemas de la sociedad de que forma parte y ha de compensar la especialización a que forzosamente debe someterse por una amplia curiosidad, un sentimiento de solidaridad humana y de amor universal” [Augusto Pi-suñer (1879-1965)].

El doctor Luis Carlos Padrón González (Cereté, 05/02/1907 - Magangué, 08/08/1996), es un altísimo referente de los médicos que dejan huella en la sociedad por su elevada preparación científica, humanista, ética y solidaria.

Su experiencia como estudiante en el campo de la Microbiología fue fundamental para el ejercicio con excelencia de la medicina. Cuando finalizaba sus estudios universitarios y en los momentos en que la investigación médica aplicada era un componente desconocido, el doctor Padrón conmovió los círculos universitarios y científicos de Cartagena con la investigación que realizó para curar la enfermedad de la sífilis.

Esa exploración científica la hizo en los años 1940 y 1941 cuando Cartagena estaba infestada de paludismo, la juventud del barrio Canapote sufría de gonorrea, sífilis y esquizofrenia —víctimas del
Treponema Pallidum—, no había sulfas y tampoco se contaba con la penicilina a pesar de estar demostrada su utilidad para la medicina desde 1930, dos años después de haber sido descubierta por Alexander Flemming.

Con su trabajo investigativo se propuso demostrar —lo cual logró con creces— la utilidad para curar la sífilis, de las indicaciones terapéuticas denominadas “Malarioterapia” -de Wagner Jauregg, la cual era utilizada en Francia desde 1933, consistente en infestar con paludismo-; y, “Piretoterapia” —de la doctrina hipocrática— para tratar ciertas enfermedades por medio de la fiebre.

El procedimiento consistía en extraer la sangre de enfermos palúdicos con el plasmodium vivax —parásito de la fiebre benigna— para inoculársela a los contagiados de sífilis tardía, y someterlos a diez accesos febriles que se aproximaban a los 42°, temperatura superior a la que resistían las bacterias causantes de la infección. Los resultados de ese trabajo investigativo están sucintos en la tesis de grado titulada “Algunas consideraciones sobre la Piretoterapia de las enfermedades infecciosas” que presentó para optar el título de doctor en Medicina y Cirugía, el cual le fue concedido el 31 de octubre de 1941. El 1°de enero de 1942 abrió su consultorio en la casa de don Efraín César Julio, situada en la calle de las Delicias.

De la pléyade de médicos que entre 1942 y 1992 ejercieron su profesión en nuestra municipalidad, el doctor Padrón sobresalió como el más entusiasta, abnegado y pertinaz batallador contra el dolor, la enfermedad y la muerte.

En la disciplina de lo que hay que hacer de la atención médica, se movió sobre la afortunada simbiosis que le dieron su juicio de buen clínico y su experiencia en el campo de la Microbiología. Esos dos aspectos imbricados, la clínica y el apoyo de su experiencia en el Laboratorio, le permitieron realizar en momentos difíciles para el paciente y la comunidad, diagnósticos y tratamientos oportunos que sus colegas de la ciudad miraron con gran respeto.

Como investigador desprevenido que escudriñaba con esmero todos los adelantos en que se encontraba inmerso el proceso de la medicina curativa, utilizó el coctel de fármacos inyectables -hasta cinco, mezclados en una jeringa de 10 c.c., de aplicación intravenosa- para curar las alergias crónicas producidas por alimentos cárnicos, como también para otras enfermedades no frecuentes, o en aquellas donde la indicación terapéutica habitual fracasaba.

Igualmente, aplicó la indicación terapéutica de la sonda nasal para curar las epistaxis. Humedecida con lidocaína la introducía por la nariz y sacaba por la boca para luego moverla de arriba hacia abajo, como si lustrara un zapato, con la finalidad de reventar los capilares o pequeños vasos sanguíneos ubicados en el septo que separa las fosas nasales, para de esa manera vaciarlos y acabar con las repentinas hemorragias nasales.

Con excelentes resultados, también empleó para curar a los dementes la indicación terapéutica denominada “cura de sueño prolongado” o “narcosis prolongada”, de los trabajos de Jakob Klaesi, quien desde la famosa Clínica Burghölzli de Suiza la difundió en los años veinte para el tratamiento de la esquizofrenia. Consistía en inducir al sueño al paciente con la administración de fármacos hipnóticos, inductores y perpetuadores del estado de sueño, por un período entre 6 y 7, o más días, según la necesidad particular del enfermo. Solo se le despertaba para que hiciera sus necesidades fisiológicas y se alimentara.

En el terreno de la atención comunitaria, de la proyección social, puso en marcha en 1943 la Clínica Magdalena —llamada así por el río grande que bordea la ciudad— con el paradójico objetivo de ser un establecimiento privado y al mismo tiempo un organismo sin ánimo de lucro.

A pesar de las pérdidas económicas que siempre acompañaron esta institución como consecuencia de una asistencia generosa, por ser un ferviente practicante del proverbio cristiano “Da siempre, sin escatimar nada, que Dios te retribuye el doble de lo dado”, siempre dispuso de los recursos económicos necesarios para un buen vivir hasta la fecha de su fallecimiento, a los 89 años. Es más, hasta le sobraron para no dejar en la pobreza a Luis Ignacio, Rebeca, Simón, Ayda y Enrique Carlos, los hijos que procreó con la niña Inocencia Vergara.

Por el importante trabajo científico que realizó y el invaluable servicio social prestado con desinterés y dedicación a lo largo de su trayectoria profesional, mediante el Decreto Número 1379 del 20 de junio de 1977, expedido por la Presidencia de la República y el Ministerio de Salud, le fue otorgada la Medalla Cívica del Mérito Asistencial y Sanitario “Jorge Bejarano”.

En las palabras que pronunció el 16 de julio de 1977, por ocasión de la exaltación mencionada, aprovechó para resaltar la contrariedad filosófica existente entre el ejercicio de la medicina y el infame propósito de enriquecerse con ella, al señalar: “Para algunos ‘el dinero es la cosa más importante del mundo’. Representa salud, fuerza, honor, generosidad y belleza. Tan innegablemente como la falta de él produce enfermedad, debilidad, deshonra y fealdad. Pero yo creo que en la escala de los valores humanos existen ideales de más alta jerarquía que la de los dones que concede la riqueza.

Por eso la Medicina la he ejercido siempre con el espíritu que ella demanda: con abnegación y desprendimiento, como un apostolado de servicio en bien de los demás, especialmente de los que nada tienen. Esa tarea que me ha deparado a través de mi prolongada existencia hondas satisfacciones y amargas decepciones a la par, la he cumplido sin reparar en esfuerzos y sacrificios, porque he amado siempre y amo a mi profesión”.

La mayor compensación que recibió por su extensa trayectoria fue el grato enriquecimiento de la conciencia que le dio el servicio prestado con generosidad y desinterés a la comunidad.

Con esta breve semblanza de la historia del hombre, del médico que vivió en su tiempo, que se interesó por los problemas de la sociedad con sentimiento de altísima solidaridad humana, solo pretendo ser la voz de quienes en agradecimiento lo recordaremos siempre como un apóstol de la medicina.

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