El ángel exterminador

El virus hará las veces de este: desnudará lo que hemos construido como sistema de vida y luchará para cobrar el máximo número de víctimas

Por: Guillermo Solarte Lindo
abril 14, 2020
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El ángel exterminador
Foto: Pixabay

Cuando pensábamos que el único virus que podría trastocar nuestras vidas seria uno digital y que este, después de expandirse a todos los computadores y dispositivos tecnológicos, nos dejaría incomunicados e inútiles laboralmente, aparece el coronavirus y nos coge  indefensos, y por lo tanto llenos de miedos que estaban allí pero que no queríamos ver. Miedo al peligro de no saber dónde está el peligro. Miedo al enemigo invisible pero rapaz. Miedo a que las respuestas que nos tenían preparadas sean inútiles. Miedo a nuestra ignorancia, a lo inútil de nuestro conocimiento ante lo accidental.

Es decir, estamos en un inmenso mar de ignorancia sobre lo que es necesario hacer de forma eficaz, en casos, que como este, aparecen de manera  espontánea y se expanden de manera más veloz que nuestra capacidad para explicarnos lo que sucede.

En un intento, producido por el confinamiento, de explicármelo a mí mismo, busco huellas, referentes que permitan, desde una metáfora, acercarme a alguna  interpretación. No es nada fácil. Aparece el dilema de siempre: o te aferras a la cruz hasta convertirte en mártir o confías, también ciegamente, a que la razón científica te saque del infierno. Todo se presenta así como un sarcasmo de los dioses, convertido en castigo por la egolatría de nosotros mismos. Hemos fracasado queriéndonos convertir a nosotros mismos en dioses.

Buscando alimentar este texto,  fui y volví por el cine, por películas que había visto y que, sin la intención de ser premonitorias o metáforas de algo, me fueran útiles para mirar desde allí lo que sucede. No encontré una mejor cercanía con lo que sucede o sucederá que el Ángel exterminador de Luis Buñuel. Aunque el encierro ha sido tratado por muchos, creo que Agatha Christie los hace en alguna novela que no recuerdo su título, también Marco Ferreri en la Gran comilona da pistas para llegar a nosotros mismos, creo que esta de Buñuel saca a la superficie lo que somos. Nos pone frente al espejo y nos deja ver el lado oscuro de nosotros mismos. Vean el Ángel exterminador o repítanla. El virus como un ángel exterminador, que como ángel desnudará lo que hemos construido como sistema de vida, y como exterminador luchará para cobrar el máximo número de víctimas.

La otra escena que volvió a mi memoria con el encierro fue la de Lot y las estatuas de sal y es útil, no tanto, por lo parecido que tenga el asunto de Sodoma y el momento actual, sino más bien, por la fuerza de advertencia que tendría el cumplimiento de la orden de no mirar para atrás en ese caso y el de no salir ahora. Nos toca quedarnos quietos como en aquel juego infantil que al grito de alguno terminaba un tieso, duro como estatua. Es el encerramiento tanto como el exilio modos de castigo, que en este caso debemos disfrutar sin ser nuestra culpa.

Es el encerramiento, podría afirmarlo, el uso más eficaz del miedo como mecanismo de control, miedo a ser excluido como enfermo y en tal razón, contagioso,  y miedo a morir por la enfermedad. Miedo a la escasez y a la pobreza, al  no tener con que comprar lo que necesitas para sobrevivir. Miedo a convertirte en víctima y también en complaciente moral con decisiones que te favorecen a ti y no a todos.

La incertidumbre nos llena de interrogantes: ¿el confinamiento nos convierte en estatuas?, ¿o solo reduce nuestro deseo infinito de movernos?, ¿coarta nuestra libertad?, ¿o nos da señales para entender que la libertad que teníamos, aquella de movernos a toda velocidad para todo lado y sin detenernos, era una libertad tramposa, de ficción? Una libertad absurda que te permite comprar lo que no necesitas y te convierte en consumidor compulsivo de deseos creados por la publicidad.

¿Pero puede existir un ángel exterminador o ese ángel es solo el espejo de lo que somos?

Este encierro no puede ser entendido como casa por cárcel, sino más bien, como el escenario ideal para pensar lo que tú eres o en lo que te han convertido. Algo así como un ser que tienes la llave para entrar y salir del mercado, cargado de basura que no se podrá reciclar , y que si lo hace, es para alimentar con objetos distintos ese basurero infinito en lo que el sistema económico ha convertido el planeta. Quedarse en casa es una oportunidad para poner el freno. Entrar en el mundo real, ese mundo del que te sacaron aquellos que, desde los distintos poderes, han convertido la vida en una competencia absurda, en donde el egoísmo es la fuente de todas nuestras acciones y la acumulación nuestra razón de vida. Francisco de Quevedo era preciso en su pregunta hace ya 500 años ¿quién hace de piedras pan sin ser el dios verdadero? Don dinero. Respuesta que se convirtió en  religión en las sociedades actuales.

El sistema nos está pidiendo mesura después de al menos dos siglos de suplicarnos desmesura en el consumo, nos piden solidaridad después de siglos educándonos en el egoísmo a ultranza. Nos llenaron de centros y calles comerciales y ahora nos piden que solo salgamos por alimentos y medicinas, es decir por lo necesario. No se desvanece el sistema pero los valores que estaban empujándolo van a quedar cuestionados ante la evidencia de que eran valores creados por la necesidad de vender y por la idea descabellada de que es el consumo lo que da impulso a la economía. Nos piden prudencia con la información después de habernos empujado a un mundo digital, virtual en donde circula de forma avasalladora todo tipo de información y nos la piden cuando ya estamos acostumbrados a estar desinformados. Es posible que la incapacidad de los gobiernos para actuar de forma rápida, haya nacido  de momentos de duda sobre la misma existencia del coronavirus actual. Pudieron haber pensad que todo era un fake news nacido en las fauces del enemigo político.

Somos estatuas saladas pero con la posibilidad de convertirnos en aventureros inmóviles, como lo decía Borges, no sé si previendo esto, o simplemente como una invitación a quedarnos en casa, abrir un buen libro y viajar brincando de página en página, suspirando, riendo, llorando en fin imaginando que somos libres. Siento que la literatura crea la sensación de ser libres y con eso la misma jaula para permanecer presos.

¿Pero por qué ha sucedido ahora en pleno siglo XXI? cuando el mismo sistema nos había manipulado para creer que estábamos muy cerca de la felicidad. ¿Porque con esa capacidad de destrucción? ¿Solo para demostrarnos lo impotente que es el sistema?

Tres cuestiones aparecieron en este encierro para advertirme en donde está el problema:

Una de esas cuestiones que entiendo como clave de nuestro miedo actual, es el absoluto desconocimiento de nuestro cuerpo, nacido este de  la torpe manera como la educación puso todos los esfuerzos, para que pasáramos 15 años en la escolaridad institucional y no lo  conociéramos. Siempre hubo temores de que lo conociéramos: la genitalidad  oculta fue bandera de la represión sobre lo que nos escondieron, el eros, es decir la vida. Fue absurdo para mí ese largo recorrido por la escuela  esforzando la mente y abandonando el cuerpo. Podría afirmar que el cuerpo como territorio fue negado y ahora cuando intento saber que reacción podría tener ese cuerpo de un enemigo externo, no sé cómo funcionan mis pulmones. La brutal educación a la que hemos sido sometidos, siempre pensando en cosas distintas a nosotros mismos, esa educación que separa de forma tajante mente y cuerpo y que privilegia el trabajo como fin último, nos deja ahora, en medio de la crisis, como náufragos en el torbellino de nuestra propia sangre.

La segunda cuestión y no menos importante, es la desaparición del estado de bienestar de manos de quienes han gobernado  y el progresivo e incontenible proceso de privatización de los derechos básicos: salud, alimentación, vivienda y educación. Nos encontramos, en este extraño momento, en medio de la zozobra, intentando montar un sistema público de salud a toda carrera, cuando ya lo habíamos vendido y convertido en un negocio despojado, de ese interés público y estratégico, que es la salud de los habitantes de un país. Pero la ola neoliberal de los noventa primero hizo todo el esfuerzo, con éxito,  por demostrar que el Estado no podía administrar la salud para luego venderlo al peor postor.

La tercera cuestión es el egoísmo e individualismo como valor supremo de la vida social. Te convirtieron en consumidor, te dieron todos los créditos posibles para comprar cosas innecesarias  y te pusieron a competir con los demás en una lucha en donde todos perdimos. Todos nos escondemos en nosotros mismos como en una trinchera para derrotar al otro. Nos hemos convertido en nuestra propia arma contra los demás. Estamos encarcelados en nuestro ego y de vez en cuando, como en estos momentos, sacamos la cabeza y vemos más gente y queremos convertirnos en algo que ya no somos, que abandonamos hace mucho tiempo, en seres solidarios, cuando en verdad lo que nos empuja es el miedo a quedarnos solos, sin nadie que nos de la limosna o el trabajo que negamos al foráneo o al pobre.

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