El culto a la imagen y las jerarquías en los medios crean un riesgo de abuso ¿Es el acoso un peaje para el éxito o una cultura machista que urge desmantelar?

 - El acoso sexual en los medios de televisión y la delgada línea entre el poder y el abuso

No cabe duda de que existe acoso sexual en los medios. En una profesión como el periodismo de televisión, donde la notoriedad es una apuesta y el triunfo rápido es una alternativa, existen altos riesgos de que se genere el perverso caldo de cultivo del abuso tolerado.

Unas ambiciones personales ligadas a la suerte de que un director, un productor o quien tenga la capacidad determinante para escoger talentos abonan el terreno para que se produzcan relaciones de poder y ejercicios de posición dominante, al tiempo que facilita la emergencia de condiciones para que se dé un tácito acuerdo de voluntades en el que se acepta el precio de la fama.

Un oficio que lleva en sí mismo el culto a la belleza, la preponderancia de la imagen y la postura escénica que implica actitud seductora y cautivadora para conquistar público, son suficientes detonantes para que surjan las otras intenciones y las malas prácticas del trueque silencioso de complacencia por éxito. El enfermizo intercambio de "si te portas bien, te irá bien".

El síndrome de Hollywood, donde los escándalos sexuales se caracterizan por el uso abusivo del poder jerárquico en el que una figura influyente utiliza la coerción, el engaño o la presión como sustituto de la fuerza física para someter a su víctima, implica un gran nivel de impunidad mediática, el silencio cómplice de la industria y la normalización del abuso como parte de la propia cultura laboral.

Episodios sonoros como el caso de Harvey Weinstein pusieron sobre el tapete un secreto a voces que sirvió para generar una especie de efecto dominó en el que la revelación de un caso llevó a que se presentaran cientos de acusaciones contra poderosos hombres y que han desencadenado movimientos sociales de denuncia como el #MeToo, que han logrado visualizar el ambiente de trabajo hostil que se sufre para lograr la fama y el tortuoso camino de quienes optaron por ingresar al mundo de las celebridades.

El acoso sexual se presenta en todas partes. En todos los ámbitos de subordinación donde haya una oficina privada hay acoso: social, laboral, sexual y otros. Un jefe y una subalterna o una jefe y un subalterno son las condiciones básicas para que se presente acoso sexual, y curiosamente cada vez es menos exclusivo de los hombres. Solo que cada vez se hace más visible porque hoy hay más mujeres que decidieron pedir la palabra.

A pesar de que alzar la voz o soltar la lengua no siempre sea sinónimo de poner el dedo en la llaga y sea visto como ánimo de liberarse, desahogarse o vengarse, porque no todo testimonio acusador surge de haber sido víctima real. Así ha sido a través de los tiempos, así se ha normalizado siempre y así incluso se ha institucionalizado en medio del silencio cómplice, de la envidia al acosado y al acosador, de los runrunes sotto voce con tinte conspirador y de la mala fama tanto del acosado como del acosador.

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El hecho es que siempre el acosador culpará al acosado y no dejará de existir un juez o una juez que encuentren inocente al poderoso y responsable al débil, por desgracia casi siempre una mujer. En España hace un tiempo un periodista sintetizó el problema en un libro titulado “El sexo de sus señorías” en donde registraba el sinnúmero de casos en los que un juez o una juez encontraban culpable de la violación a la minifalda que portaba la víctima.

La provocación era la causa y no el acto violento del abusador. Así como cuando matan a alguien a tiros en una esquina el comentario generalizado es que "algo debía", cuando una mujer se decide a hablar del abuso de que ha sido víctima el comentario general es que algo tuvo que hacer para que le sucediera.

Porque la suspicacia es lo primero que aparece ante la costumbre de que estos hechos sucedan como parte de lo usual, o inclusive como fenómeno natural debido al instinto animal del macho. En las propias familias cuando una niña denuncia que fue abusada por algún cercano no es raro que surjan voces que sugieren que es un invento, o que es algún tipo de retaliación, cuando no se presume que lo más seguro es que otro adulto la está manipulando.

El silencio hace parte de la normalización, aun en las que hablan a medias porque optar por no decir sus nombres es también callar. El miedo es una razón, pero no solo al poder del superior o a la posición dominante sino el miedo al poder de la suspicacia social y a la simplicidad con que se despacha este asunto.

Es miedo a la revictimización y al escarnio público que de todas formas azota a las víctimas. Pero también miedo a que no se distinga el acoso de la aceptación consentida, ni de la conveniencia porque algunas supuestas víctimas lo han provocado expresamente para ascender o ganar méritos. El fondo es mucho más complejo y lo que sale a la luz no está exento de ambigüedades.

El maniqueísmo y el oportunismo de quienes salen a gritar ¡al ladrón! es un factor que juega para que se torne escandaloso, pero no contribuye a hacer claridades ni a establecer puntuales responsabilidades. Incluso en muchas ocasiones el hecho de que no se nombre el santo sino el milagro, o solo una parte, tiende a dejar la sensación de que hay un trasfondo furtivo de mala intención y cálculo.

En la vida cotidiana se encuentran jefes que han jugado a ser seductores y hoy son percibidos como acosadores, pero al mismo tiempo se observa cómo algunos han sido literalmente acosados por sus subalternas. Y es que el acoso femenino de alguna forma se aceptó más fácilmente que el masculino; ellas tienen cierta patente de corso para hacerlo y es hasta bien visto por sus propias víctimas. Se sienten halagados los machos.

Lo cierto es que hoy por hoy los hombres que hemos ejercido como jefes tenemos que reconocer con retrospectiva autocrítica que tuvimos conductas acosadoras. Lanzar piropos insinuantes y jugar con comentarios de doble sentido era hasta hace algún tiempo bien visto y muchas veces gustaba. Pero no deja de ser acoso, aunque se haya normalizado, aunque resultara sexy o atractivo acosar con sutileza.

Y también existe el hecho de los jefes que eran acosados por subalternas, solo que no se sentía como tal, ni molestaba porque más bien alimentaba los egos. Quizás fastidiaba cuando la acosadora no era de sus gustos porque de resto era como parte del paisaje. Pero sin duda a la luz de las nuevas definiciones éticas y jurídicas, hoy todos los hombres debemos hacer un mea culpa sobre el acoso a las mujeres.

Sin ambages. Existe una cultura machista y un concepto feudal del poder que ha marcado la historia mundial de la masculinidad y la degeneración de sus roles. Lo lamentable es que está incrustada hasta el tuétano en hombres y en mujeres. Está tolerada por hombres y mujeres y es ejercida por hombres y por mujeres.

La evolución que hay que hacer en ese sentido tiene que ser liderada por mujeres conscientes de la contracultura existente, de la deformación sobre los roles humanos que deben superar instintos animales y prejuicios ancestrales. Pero sobre todo por mujeres que entiendan que esto no es un invento de los hombres, sino que la responsabilidad es colectiva y decadente.

La conciencia sobre el tema de no irrespetar al otro pasa por reaprender los roles de género, por comprender los aprendizajes viciados por factores de poder, social, económico o político. Hay que deshacer el mito del carácter afrodisíaco del poder, en hombres y en mujeres. Hay que rescatar el espíritu de la admiración al otro género con respeto y de la seducción sin presión.

Pero solo se podrá avanzar si se despercude el ambiente. Si se quiere avanzar en construir una nueva cultura para acabar con el acoso en las relaciones laborales y de poder se requiere que no se le abra espacio a la contaminación malintencionada de la utilización política de las denuncias, al revanchismo profesional o al cobro por ventanilla de viejas deudas por desconocimiento o maltrato.

Se hace necesario que las denuncias cobren vida porque los anónimos siembran dudas y le quitan peso a la condena social. Urge que las víctimas tengan garantías y puedan recurrir a su historial probatorio. Sin pruebas no se puede sancionar y la sanción social generalizada solo da para comentarios de salón y para que se difumine su contundencia. Solo de esa manera se puede rescatar el sentido de la sanción moral.

En el episodio de los presentadores de Caracol no deja de ser curioso que aparezcan denuncias justo en el momento en que se reavivan las acusaciones por acoso a Hollman Morris y que precisamente las haga con retroactividad una subalterna suya en RTVC. Y habrá que abrir bien los ojos porque con la llegada de la inteligencia artificial hoy es muy fácil poner a circular imágenes que aparentemente dan cuenta de acosos y comprueban aparentes culpabilidades, pero lamentablemente complican el desarrollo normal de los aportes probatorios.

Los testimonios impersonales y las acusaciones difusas no ayudan. Pero sería el colmo que las denunciantes dejen expresamente vacíos sobre sus denunciados por protegerse porque al final terminan por protegerlos a ellos. Deben jugársela ahora que se ha visibilizado el tema. La intriga y el suspenso en este caso enrarecen los señalamientos y dispersan las responsabilidades, alimentan las suspicacias y lo único que garantizan es que el escándalo se apague lentamente sin lograr correcciones de fondo.

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