Educar para la paz, no para la guerra

"Debemos optar por una educación inconforme y reflexiva que nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se parezca más a la que merecemos"

Por: Claudia Vásquez
octubre 22, 2020
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Educar para la paz, no para la guerra
Foto: Pixabay

Un septiembre 24 del 1966 maestros y maestras del Magisterio del Magdalena en pleno acuerdo del Frente Nacional, luego de estar en asamblea el 14 de septiembre, deciden iniciar lo que sería reconocido como un acto histórico “La Marcha del Hambre”. Esa fue la alternativa que hallaron ante la negativa de la administración de turno frente a los reclamos de las y los educadores por la dignificación laboral. La participación de las mujeres en ese momento y en todo lo que encarna el sentir y el pensar de la lucha por la dignidad debe ser reconocido, aunque por el tipo de sociedad en la que nos encontramos sus aportes durante mucho tiempo fueron invisibilizados o por lo menos reducidos, tanto por los medios de comunicación como por la historia. En ese sentido, debe ser enarbolada la contribución de todas las que tomaron la arriesgada decisión de construir un país distinto.

Por lo anterior, es clave hablar de los aportes del feminismo a la educación y por qué debe ser resaltado. Las problemáticas son diversas, una de las que plantea Marina Subirats (1994) es que “se sigue excluyendo a las mujeres de la historia y del saber en general y no se muestran ejemplos de mujeres que hayan contribuido al bien común con las que las niñas puedan identificarse”. Por otro lado, el carácter androcéntrico del curriculum se mantiene inamovible del sistema educativo, asimismo, los aportes de (Braidotti, 2000; Posada, 1999) se mantienen vigentes transcurridas casi dos décadas. “El feminismo va de una movilización social y política hasta la elaboración teórico-crítica que se traduce en praxis social y política”.

Siguiendo esa línea, reconocemos las penurias de la ruralidad, foco de las mayores exclusiones e invisibilizaciones, por eso es necesario fomentar el debate sobre la educación gratuita y de alta calidad como el mecanismo para eliminar las brechas que impiden el acceso a las oportunidades en igualdad de condiciones. Desde luego, esta es solo una mirada inicial porque este debate requiere amplitud y debe ser visto desde distintos lugares. Hablar sobre los retos de la educación en tiempos de pandemia, de las brechas entre lo rural y lo urbano que evidenció la pandemia respecto al funcionamiento del sistema educativo también es importante. Un primer acercamiento deja ver un sistema educativo precarizado, que ha tratado de romantizar la desigualdad, disfrazándola de esfuerzo y perseverancia.

Los y las docentes han sido pieza clave para la transformación, dándole el carácter emancipador a la educación, de allí la importancia de enfatizar en la docencia, rural y urbana en dos momentos. Primero, como aquella que sufrió en el marco del conflicto armado, esa violencia aguda contra la diferencia, y, segundo, en un contexto de posacuerdo y todo lo que ha implicado una firma de paz entre gobierno nacional y Farc. ¿Fue una apertura democrática?, ¿estamos frente a un regresionismo autoritario?

Según el informe La Vida por Educar presentado por Fecode, entre 1986 y 2016 3523 maestros y 2596 maestras sufrieron violaciones contra la vida, la libertad e integridad. Lo anterior es una muestra de la profunda crisis ética, política y social que dota de condiciones a la desigualdad. Como mujer, joven, víctima del conflicto armado entiendo que el ciclo de violencia no termina, y que la incapacidad decidida del gobierno actual es solo la punta del iceberg, que es funcional a una red más compleja. Solo en el mes de agosto en plena emergencia sanitaria por el COVID-19 se generó un nuevo recrudecimiento de masacres.

Las tragedias cobraron la vida de niños y jóvenes estudiantes, fueron registradas recientemente en Llano Verde (Cali), Leiva (Nariño), Samaniego (Nariño), Versalles (Córdoba), Puerto Colombia, Tutumito caserío ubicado entre Tibú y Cúcuta, esta es una cruda muestra que la violencia no da tregua. Es la misma violencia que un 17 de septiembre de 2004 nos arrebató a un gran investigador y pensador, el sociólogo Alfredo Correa de Andreis, víctima de un montaje del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) en connivencia con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Sin embargo, hoy, 16 años después, su legado vive.

En este país la cruenta guerra es contra las ideas que retan al statu quo. Nos matan por ser estudiantes, por ser docentes, por ser mujeres, por ser LGBTIQ+, por ser afro, por ser indígenas, por ser campesinos o campesinas. ¡Qué difícil defender la vida, en un país que no la valora! La educación debe incentivar el pensamiento crítico y el conocimiento en pro de la diversidad y del desarrollo del territorio, es decir, que la educación debe ser dinamizadora de la superación de las problemáticas territoriales, no una razón para aniquilarnos.

Esta es solo una breve reflexión frente a la importancia de la educación en tiempos de crisis, de la necesidad de seguir apostándole a una educación de alta calidad y gratuita, resaltando el valor de los docentes que le apuestan al pensamiento crítico y las nuevas generaciones que creen en otra realidad posible. El feminismo ha insistido en lo menester de establecer un proyecto educativo que incentive y por supuesto, genere condiciones y posibilidades para la realización de seres diversos, apropiarnos de la cotidianidad y experimentar nuevos aprendizajes con nuevas miradas.

La educación debe responder a intereses más allá del mercado, reivindicando la interculturalidad y el ambiente. Debemos avanzar en una educación feminista, interseccional, antirracista, antimilitarista, anticlasista, emancipatoria y libertaria. Para cerrar, recuerdo a Gabo, aquél que incluso después de su siembra nos continúa guiando en el camino de la paz.

Ya es hora de entender que este desastre cultural no se remedia ni con plomo ni con plata, sino con una educación para la paz […] Una educación inconforme y reflexiva que nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se parezca más a la que merecemos.

*Publicado en septiembre de 2020 en el portal local Versión Abierta.

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