Opinión

Duque es incapaz de negociar

El presidente demuestra que no quiere negociar y que es incapaz de darle otra salida a la crisis fiscal y al descrédito de nuestra deuda soberana

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junio 08, 2021
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Duque es incapaz de negociar
La exigencia de que cesen las protestas y movilizaciones antes de sentarse a negociar no es más que un pretexto: Foto: Instagram/Iván Duque

La negativa del presidente Duque a firmar el preacuerdo con el Comité Nacional de Paro es una demostración adicional de que él no quiere negociar. Y que su exigencia de que cesen las protestas y movilizaciones antes de sentarse a hacerlo no es más que un pretexto, con el que intenta vanamente convencer a una opinión pública cada vez más hostil a su gobierno, de que ha aprendido las lecciones de mayo y que ahora sí está dispuesto a escuchar y eventual atender la justas demandas de un pueblo mayoritariamente movilizado en su contra. Esta contumacia cabe atribuirla a la convicción suya y de su jefe Álvaro Uribe de que solo la mano dura aplicada a discreción por la policía y el ejército es capaz de resolver la actual crisis del país, que para ellos no es más que el resultado de una maligna conspiración del castrochavismo, esa entelequia, ese espantapájaros para cándidos y despistados.

Pero también la explica la incapacidad que ha demostrado hasta ahora de darle otra salida a la crisis fiscal y al descrédito de nuestra deuda soberana que no sea la de aplicar a rajatabla la receta que los órganos del poder financiero con sede en Washington prescriben en estos casos. Subida de impuestos (acompañada de la reducción de los mismos al gran capital), privatización (de las empresas y bienes públicos) y   recortes en el gasto público (en salud y en educación públicas, aunque no en la policía y ni en las fuerzas armadas).  Una receta que sigue aplicándose a rajatabla por mucho que los incontables votantes virtuales y reales de Biden crean todavía lo contrario. La semana pasada el anciano presidente tomó decisiones que van en contravía de esas esperanzas, empezando por la reducción de los impuestos al gran capital: prometió subirlos al 25 %, y ahora propone reducirlos al 15 %, por debajo de donde los redujo Trump: 21%. Y el tan publicitado proyecto de ley de gasto en infraestructura, concebido como un poderoso estímulo a la decaída economía norteamericana, se ha visto reducido de los 2,25 billones de dólares iniciales a un modesto billón de dólares. La mayor parte de los cuales no se destinarán a reparar el estado ruinoso de las infraestructuras y de los edificios públicos (incluidas las escuelas) sino a subvencionar generosamente la producción y generalización del uso de los automóviles eléctricos. Biden tampoco va a hacer nada para paliar una de las secuelas más gravosas de la privatización de la educación superior: no quiere ni oír hablar de la condonación de los 50.000 millones de dólares de la deuda estudiantil.

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El apresurado regreso de Biden a la agenda neoliberal impacta inevitablemente en nuestra economía y nuestra política y reduce aún más el margen de maniobra de nuestros gobernantes

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Es evidente que el apresurado regreso de Biden a la agenda neoliberal impacta inevitablemente en nuestra economía y nuestra política y reduce aún más el margen de maniobra de nuestros gobernantes. Aun así, Duque podría hacer algo distinto a asentir y obedecer como es su costumbre, porque pese a tanta claudicación todavía nos queda algo de independencia nacional y debería hacer uso de ella. Podría, por ejemplo, aprovechar que la prensa liberal de Estados Unidos, influyentes parlamentarios, altos funcionarios de Biden y sindicalistas de dicho país han criticado la violenta represión de las protestas, para romper con el uribismo y adoptar otra estrategia económica y política. Podría entonces aprovechar el estado de excepción que ha utilizado para militarizar el suroeste del país, para imponer por decreto un impuesto extraordinario a las multinacionales y las grandes empresas, y otro igualmente extraordinario para los neolatifundistas que han resultado los principales beneficiarios de la derrota de las guerrillas. El país entero pagó esa guerra y es hora de que quienes que se quedaron con el botín nos ayuden ahora a salir del atolladero. Podría incluso esgrimir su inquebrantable fidelidad a Washington para pedir a Biden que interceda ante Wall Street con el fin de que los acreedores internacionales concedan un respiro a nuestra deuda externa.

Estas son evidentemente medidas de contingencia, pero son las únicas que están a su alcance. Probablemente no las tomará, con lo que quedará claro que ni él, ni el uribismo, podrán cumplir un papel en el viraje verdaderamente histórico que necesitamos con inaplazable urgencia para deshacernos del modelo neoliberal que nos ha conducido literalmente a la ruina.

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