Opinión

Duque, del Acuerdo Final a la paz con legalidad

En Algeciras, disidencias o delincuencia, “puros guambiticos” matando, aterrorizando, y muchos hasta creen que le conviene al gobierno que cambió el Acuerdo de Paz, por su paz con legalidad

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diciembre 11, 2020
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Duque, del Acuerdo Final a la paz con legalidad
Los sicarios en moto que circulan por Algeciras y disparan a excombatientes y líderes sociales, se reclaman como de las auténticas Farc, en alguna de sus nuevas variantes

El 19 de mayo de 1998 el diario El Tiempo registró que las Farc se habían tomado la noche anterior el municipio de Algeciras, en el suroeste del Huila. Según las palabras del cura párroco: “No sabemos realmente qué pasó porque una vez se inició el ataque todo el mundo se encerró en sus casas. Esto es muy lamentable. En los 18 años que llevo en Algeciras ha habido cinco o seis tomas”.

El mismo diario dio cuenta de otra toma a Algeciras, esta vez el 19 de julio de 2000. De nuevo aparece como principal responsable la columna Teófilo Forero de la organización insurgente. Algeciras fue, sin ninguna duda, uno de los tantos municipios que sufrió repetidamente el accionar de las Farc. Llama la atención entonces que luego de una temporada en el ETCR de Miravalles, en el Caquetá, más de 200 excombatientes se radicaran precisamente en Algeciras.

La explicación que me da Gustavo* es elemental. La mayoría de los guerrilleros de la columna Teófilo Forero eran naturales de Algeciras. Por eso, producida la dejación de armas, un gran porcentaje de ellos buscó a sus familias para facilitar su reincorporación. Las ilusiones que abrigaban eran enormes. La guerra, con su tomas y combates, con sus muertos, con sus presos y con sus desaparecidos había llegado a su final. Lo que seguía era una nueva vida.

Y creyeron sinceramente en ella. Diversas cooperativas y asociaciones integradas por excombatientes y campesinos oriundos de la región, fueron floreciendo en Algeciras y otros municipios del Huila. La idea era que se produjera una especie de reconciliación, de laboratorio de convivencia en el que antiguos guerrilleros y sus víctimas ensayaran una nueva vida en paz.

En realidad tuvieron más de dos años en completa ensoñación, durante los cuales se respiró un ambiente de tranquilidad y progreso. Excombatientes, hombres y mujeres, conformaron hogares o continuaron adelante con las parejas que habían formado en los tiempos de la guerra. Comunidades y reincorporados llegaron a sentir que el Acuerdo Final de Paz había sido lo mejor que podía haberles sucedido a todos. Algeciras vivía una esperanza cierta.

Hasta que a mediados del año 2019 las cosas cambiaron. Nadie sabe a ciencia cierta si se trata de verdaderas disidencias o de grupos criminales dedicados a la extorsión y el terror. En realidad la mayoría piensan que no se puede hacer ninguna diferencia entre esas dos categorías. Al menos, cuando existieron las Farc, la gente sabía a qué atenerse y qué los perturbaba. Hoy solo existe desconcierto, miedo, intranquilidad. Nadie se atreve a definir lo que pasa.

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De pronto se desgajó una ola de asesinatos y atentados, ejecutados por al menos dos grupos distintos que parecen estar en guerra entre sí

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De pronto se desgajó una ola de asesinatos y atentados, ejecutados por al menos dos grupos distintos que parecen estar en guerra entre sí, y que tienen en común denominarse como continuadores del proyecto revolucionario de las extintas Farc. Ya se sabía que existían en otros departamentos, incluso limítrofes como el Caquetá, las llamadas disidencias de Gentil Duarte. De repente en Algeciras algunos dieron por llamarse Segunda Marquetalia.

Y empezaron a hablar en nombre de Óscar Montero, antiguo comandante de la columna Teófilo Forero, quien como se sabe, retomó las armas del lado de Iván Márquez desde agosto del año anterior. Según comunicado publicado por alguna prensa regional, Óscar Montero declaró que no era cierto que lo que ocurría en Algeciras y otros municipios del Huila fuera obra suya o de su organización. Pero igual hacen los de la otra disidencia luego de ocurridos los crímenes.

Nadie sabe ya a quién creerle. Los sicarios en moto que circulan por Algeciras y disparan a excombatientes y líderes sociales, se reclaman como de las auténticas Farc, en alguna de sus nuevas variantes. Exigen dineros, bienes, imponen plazos para que los amenazados abandonen el municipio. Igual que en el Cauca, en sus pasquines, imputan los hechos de sangre a la inteligencia militar. La única conclusión es que con su aparición se tiraron por completo a Algeciras y el Huila.

Gustavo llegó hace unos días derrotado a Bogotá. Tuvo que salir de Algeciras tras el segundo atentado contra su vida. Porta un pequeño chaleco antibalas que le dio la UNP, junto con la promesa de un salario mínimo durante 3 meses para que se reubique en algún otro lugar. Las tres hectáreas de tierra que pagaba a cuotas quedaron en el abandono. Igual que su mujer, también excombatiente, con quien aspira a reunirse pronto en algún otro lugar lejano al Huila.

En su opinión, esas no son disidencias, sino vulgares delincuentes que se llaman así. Puros guambiticos, casi niños, extorsionando, matando e invitando a sumárseles. Hasta con mala puntería. ¿Cómo puede gente así aterrorizar una región? Muchos creen que el actual gobierno lo permite, porque conviene a sus propósitos. Al fin y al cabo trocó el Acuerdo de Paz por esto, su paz con legalidad.

*Nombre cambiado por razones de seguridad

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