Don Pablito: de trotamundos a vendedor ambulante

A sus 60 años, este hombre recuerda sus años viajando por el mundo. Hoy vive de un modesto negocio en Soacha

Por: Cristian Jiménez
febrero 17, 2017
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Don Pablito: de trotamundos a vendedor ambulante

Siempre acompañado de termos a rebosar, y con la premisa de un servicio de primera para sus clientes, Pablo Emilio García, de 60 años, es el anfitrión por excelencia. En su negocio apenas caben un par sillas plásticas e improvisados bancos de madera; un horno carcomido por los años en donde aguardan las empanadas, pizzas y el pan de bono hecho por el mismo; sin olvidar la diminuta carpa, que al mismo tiempo alcanza medidas oceánicas según la cantidad de visitantes, porque aquí nadie queda sin lugar.

La clientela de Don 'Pablito', como le dicen sus amigos, está conformada por estudiantes, profesores, trabajadores de la zona y uno que otro curioso. No es para menos, si a unos pasos quedan dos de los centros educativos más importantes de Soacha (Cundinamarca): La Universidad de Cundinamarca y la Sede Regional de Uniminuto. Pese al ambiente académico, los temas que se tratan en el pequeño establecimiento no pasan de ser banales y repetitivos.

-Bien, usted trabaja en Soacha, pero ¿de dónde es?

-De aquí mismo. Toda mi familia es de Soacha. Aunque me fui desde muy joven a vivir en otras regiones.

-¿En qué otras regiones ha vivido?

-Déjeme ver..., en Fusa, Buenaventura y Cali. En esas duré 30 años.

-¿En qué ciudad vivió por más tiempo?

-En Cali duré 25 años. Me dio mucha tristeza dejar esa tierra.

Al negocio llegan un par de estudiantes, ambas son mujeres. Se sientan y le piden a ‘Don Pablito’ café y cigarrillos. Le dicen el combo. Dan rienda suelta al cotilleo. ¿Una nueva relación sentimental?, sí. Y no escasean en dar detalles sobre la impresión que le dieron los familiares del joven anónimo, su madre y abuela.

-Bastante tiempo: un cuarto de siglo. ¿Y a qué se dedicó en esos años?

-En los primeros años me dediqué al deporte. Yo era corredor de fondo: maratonistas. Como estaba con la Federación Nacional pude vivir de eso durante once años. Cuando cumplí los treinta no di más, ya había cumplido mi ciclo…, –fija la mirada en el piso y continua- sí, ya no iba más.

-¿Y de ahí en adelante qué?

-No crea, todo no fue correr; también hubo tiempo para estudiar. Yo soy tecnólogo en electrónica industrial del Centro Don Bosco. «¿Don Bosque?» -pregunto creyendo haber oído mal. No, ¡Don Bosco, Bosco! –corrige. La carrera me sirvió de mucho.

-Quién iba a creerlo. ¿Y qué usos le dio a la carrera?

-Varios, por ejemplo: trabajé arreglando el sistema de ventilación para buques de carga, eso fue en Buenaventura. Luego inicié una empresa de sistema de televisión por cable, pero me vi obligado a cerrarla porque no tuve el dinero para la licencia de funcionamiento: 500 millones –suelta una carcajada apenas nombra la cifra-. No es mucho, ¿cierto? -me pregunta. «No, unas minucias» -ahora son dos las carcajadas. Para rematar, monté una negocio de fotocopiado, anillado y estampado. Póngase a ver, un día los ladrones hicieron de las suyas robándome 25 millones en mercancía. Lo perdí todo.

El tema continúa entre las dos mujeres: la relación va por buen camino, incluso la madre del novio le ofreció empleo en su puesto de comida. «Por fin me iré de casa», comenta. «Sí, por fin saldrás de allá», su amiga le responde. Aún les queda mucho por hablar, pero el café y los cigarrillos están por acabarse. «Otro combo, ‘Don Pablito’».

-Todo pasa por algo, dicen por ahí. Ahora hablemos da la familia, ¿tiene pareja?

-La mamá del niño es la única que me visita cuando viene a Bogotá. Se llama Viviana Guadalupe, y mi hijo de 17 años, Gustavo Adolfo.

-¿Y tiene más hijos?

-Sí, claro. Tengo tres hijas más.

-¿Con la mamá de su hijo?

-No, todas con diferente mamá.

Es el intermedio de la mayoría de clases, y grupos de jóvenes apabullan la salida. Al puesto de ‘Don Pablo’ arriba media docena de leales clientes. Empanadas y pizzas viajan sobre una tabla junto a un juego de dados. Cada quién toma su butaca a la vez que organizan la mesa de centro. El sonido de las monedas se confunde con los gritos, risas y una que otra acusación inocente.

-¡Un momento! –es inevitable no sucumbir a la sorpresa. ¿Cómo es eso?

-Sí. Debido a que permanecía viajando no pude establecerme con ninguna; las circunstancias se daban, y ya ve. Además le pedía viajar conmigo pero siempre se negaban.

-Hábleme de ellas, ¿le parece?

-Sí, no tengo problema en hacerlo. La hija mayor tiene 35 años, se llama Carol García y la mamá, Marta Ferro Vargas. Le sigue Carlet Julieth, 31 años, y el nombre de su mamá es Ingrid Julieth Ovalle. La última, Paola Andrea de 19 años, y Marisol Restrepo Valencia es su mamá.

-Por lo visto usted ya se topó con las siete mujeres de su vida. ¿Muchos conflictos entre ellas?

-No, porque viven muy lejos una de la otra. Después de todo la distancia si hace bien. Mejor así.

-Luego de estar rodeado por tantas mujeres, y ahora en una soledad a medias, ¿no es complejo?

-La soledad nunca me ha afectado. No niego que hay días donde la situación se pone compleja pero es algo del momento.

Las dos chicas no tienen más por contarse. Toman sus morrales, pagan y regresan a la universidad. En su lugar se sienta un hombre de ojos caídos, labios y frente contraída. Su vestimenta tampoco es más efusiva ni alegre. Pide un combo, pero con la variante de aromática en vez de un café. Luego toma el periódico, revisa la primera plana dándose cuenta que no hay más que muertos. Lunes, joven asesinado en Ciudad Bolívar, en letras rojas y amarillas.

-¿Anhelos y amores sin realizar?

-Quería estudiar mecánica diésel, y para mi mala suerte cuando fui a inscribirme ya no había cupos. Frente a ese tema de las relaciones siempre he dicho algo: “la que se fue, se fue… y la que llega bienvenida sea”. Póngale cuidado, usted no puede sufrir por eso porque se encalambra –lleva su mano izquierda a la cien mientras une el dedo índice y medio- y ¡pum! Luego quién lo llora.

La bulla de los dados molesta al hombre de la aromática, y por más que trata de concentrarse no consigue hacerlo. Pasa las paginas en busca de una noticia no muy larga o, quizás algo en específico. El camino termina cuando llega a la sección de pasatiempos, ojea rápidamente y pronto hace una pausa en la columna del horóscopo. Sin previo aviso se pone de pie. «Quedamos así», le dice a ‘Don Pablo’. «Listo, profe’». Como él, todos los demás van recogiendo sus pasos. Fila india para ingresar: la puerta es muy pequeña y el personal de vigilancia cuenta con perros.

-Me queda una duda, ¿cómo hace uno para llegar a su edad y seguir con los mismos alientos de trabajar?

-Simple: vivir bien, contar con salud y tener el gusto por trabajar.

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