Dogma. Primera parte: Ficciones

¿Por qué vemos a la admiración como un elemento disruptivo de Orden Natural? Porque ninguna otra especie tiene la capacidad de cuestionar sobre lo admirado

Por: Andrés Sebastián Cortés Díaz
abril 18, 2022
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Dogma. Primera parte: Ficciones
Foto: Cortesía

“El mundo será Tlön”
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Jorge Luis Borges, 1944.

“Pienso que tras las grandes revoluciones racionales se restaura sonriendo el orden anterior”.
Cama Roja, Juan Antonio Canta, 1996.

Lo siguiente es una serie de artículos que configuran una perspectiva absoluta de las cosas. Esa visión es la conclusión de extenuantes meditaciones, que me direccionaron a establecer un criterio solido que englobe toda la experiencia humana sobre el planeta tierra; o mejor, que explique toda la historia humana y su impacto, su participación en el Orden Natural de las Cosas.

El desarrollo de este Dogma partirá de una descripción secuencial (por eso la numeración), de cómo evolucionó la perspectiva de lo que en estas líneas denominaré Ficciones. Aquí, empezaré explicando qué es la ficción, cómo nace, como se expande y bifurca, y como se esfuerza por materializarse al entorno.

Solo hay una verdad, única, irreversible: “todo lo humano es ficcional”. Es decir, todo lo que nos hace humanos es solo y solamente metafísico, y no obedece al entorno. Lo humano, la experiencia de lo humano (que incluye lo racional y lo emotivo) moldea lo físico para que represente lo metafísico, en búsqueda de reconocimiento y esencia.

La labor humana con lo físico es de transformación con fin de trascender su hastío al entorno, y elevar de lo cotidiano, lo divino. Esto podría entenderse como una intrusión indebida del hombre.

Al intentar imponer lo metafísico sobre lo físico, la intrusión busca el desarrollo. Es así como se constituye una hegemonía de lo ficcional y, con ello, de lo humano. En ese aspecto, se trasforma la naturaleza para dar existencia a la ficción, la cual no existe en ningún otro lado más que en su propia mente o conciencia.

¿Cómo nacieron esas ficciones? ¿Cómo emanaron al mundo? Al principio, el instinto dominaba todo comportamiento de todo ser sobre el planeta, incluyendo a los homínidos. El instinto motiva la adaptación al entorno.

Sin embargo, en algún momento de la evolución humana, apareció lo que podríamos denominar como el monolito de Kubrick: La admiración. La capacidad de admiración y de contemplación que emanó del ser humano es el Eje Principal y la Piedra Angular de todas las derivaciones del comportamiento humano y, con ello, la necesidad de comprender, entender, asimilar y adaptar al entorno de manera artificial; es decir, desde la extrapolación del Orden Natural hacia una voluntad de poder intrusa que podríamos denominar como artificio humano, ya que, reitero, no obedece al sistema común de la naturaleza y de las especies. Como un ente parasitario, lo humano está devorando el entorno de lo físico para legitimar su conciencia, donde la conciencia emanó (reitero) de la admiración al entorno. La experiencia humana es, en su primer estadio, emotiva.

¿Por qué vemos a la admiración como un elemento disruptivo de Orden Natural? Por el simple hecho que ninguna otra especie conocida tiene la capacidad de admirar y cuestionar sobre lo admirado, desencadenando la imaginación y, de ella, la Voluntad de Poder, de control.

El ser humano no se contenta con adaptarse y admirar el entorno, sino que construye narrativas, a lo que posteriormente denominaremos discursos (que son narrativas con alto valor convencional), con los cuales busca controlar tanto el entorno físico como metafísico (a la naturaleza y a los otros humanos).

Esto no es un ciclo natural de supervivencia, es algo más morboso: es la búsqueda por representar entes que no obedecen a las cosas: El Estado, Dios, La Familia, La Ética, entre otros muchísimos discursos.

En otras palabras, es un ejercicio que va más allá de la voluntad de supervivencia. Es la necesidad de interponer o hegemonizar el mundo, con altivez, a través de la Voluntad de Saber.

La voluntad de saber es la necesidad por adquirir una percepción de información del entorno (lo que denominamos procesos de razonamiento y discernimiento). Esas verdades convencionales, a las que aquí llamaremos ficciones, son las que intenta el ser humano trasladar al mundo, y usa al entorno para representar sus ficciones y darles existencia, como una suerte de parto. Todo resultado de la admiración. Si no fuera por el elemento de la admiración (entendida como la capacidad de asombro critico), solo habría una perpetuidad del instinto.

Al final, lo que nos diferencia de las demás especies, incluyendo los otros homínidos, es el sentido del interrogante.

A partir de admirar el entorno (el Sol, la Luna, los rayos, etc.) empezamos a presentar o interponer preguntas sobre lo que ya existe y, eso en sí mismo, es una declaración de rebeldía a la Arbitrariedad de las Cosas, a un mundo que no tiene respuestas ni explicaciones ni justificaciones por el sencillo motivo que desconoce de tales cosas. Aun con todo nuestro desarrollo, tenemos muy pocas respuestas a las grandes preguntas de la vida. Es más, entre más buscamos, más razones tenemos para seguir buscando y más y más preguntas llueven.

Esa situación de interrogantes infinitos, como un Uróboros, es propio de la necesidad humana de comprender el mundo a través de las ficciones. Es el intento terco de amoldar lo físico a lo metafísico.

Esto es fundamental. Lo físico, el noúmeno kantiano, no solo sufre una serie de interpretaciones en lo sensible (que lo percibe), sino en la conciencia, que sería el contenedor de las ficciones, donde ocurriría el fenómeno kantiano. La naturaleza no tiene un orden establecido, una estructura; es el humano quien le ha asignado ese orden para poder interpretarla, para alcanzar su máxima compresión.

Es intentar comprender una roca desde un discurso científico o desde una percepción religiosa. Esa situación de trasladar el noúmeno al fenómeno sensorial, y evaluarlo por medio de un prisma ficcional (discurso convencional) en la conciencia y compartirlo con los otros (expresión y lenguaje) no es más que la necesidad humana de entender el entorno a través de un medio artificial, a través de un ejercicio convencional, un sistema de normalización. ¿Acaso es bueno o malo? Ni lo uno ni lo otro son factores reales (pues la moral es otra ficción), sólo es inútil.

¿Saben por qué tanta voluntad de saber?, ¿Por qué el imperativo del orden? No es solo por la necesidad de poder; es, mejor, por “Fobos”. Nos aterroriza la idea que las cosas son tan abominablemente abstractas que no tienen sentido alguno.

Por eso la función humana desde tiempos antiguos ha sido construir ficciones convencionales. En los discursos, los postulados (Dios, lenguaje, estado, derecho, ciencia), lo humano encuentra seguridad y olvido. Sereno, admite su labor ante ella, su función, su disciplina. Las ficciones ordenan el mundo de lo humano y de lo externo para con lo humano, brindándole la paz que requiere para dormir liviano.

Fue Nietzsche quien rompió con ese imperativo solemne de la verdad. Para él, las cosas no tienen por qué tener sentido; pues el sentido, la idea de orden, es un discurso más de lo humano. La locura sería así la experiencia más cercana al estado abstracto de las cosas, la experiencia más pura.

La locura no concibe las ficciones que dan forma a lo abstracto, a lo externo. No se inquiere por nada, no importa nada, no cuestiona nada. La locura es el suicidio del resignado. El amor solo puede ser entendido en la locura. El amor es la locura por el otro, por lo otro.

Las ficciones tienen tanto poder como el nivel de auto-engaño que el ente social les quiera dar o el acuerdo social en que se consoliden. El nivel de poder que tiene el entramado de un discurso es solo y solamente responsabilidad de la interacción de los individuos dentro del ente social. Es cierto que no necesariamente se construyen ficciones a partir de la aprobación de una gran mayoría.

La gran mayoría del ente social puede estar pensando de una forma totalmente distinta al discurso convencional; sin embargo, el poder del discurso no radica en el mero acuerdo convencional sino en el acuerdo convencional que ese es el discurso imperante y punto. Por más que se critique o pueda ser irrumpido, por más que sea malogrado o que todo el ente social esté en contraposición de él, la ficción prevalecerá.

El poder no radica en un acto de mero convencionalismo sino en un acto de resignación ante el convencionalismo, donde no existe una voluntad general de contrariar realmente la ficción, de derivar fácticamente lo que metafísicamente ya está siendo cuestionado.

La resignación siempre está en la habituación. Entre más se habitúe (normalice) una ficción, entre más cotidiana sea, más poder tiene. En la actualidad, los dispositivos de normalización más poderosos son los medios de comunicación.

Al legitimar la resignación ante el discurso que impera, se propicia el estado en el cual el ente social admite que no hay nada fáctico que hace entorno a lo metafísico: la ficción convencional consolidada.

En la posmodernidad, se han confundido intencionalmente tanto el panorama, que el individuo olvida fácilmente que lo que ve o escucha es solo una narración, un cuento, una ficción. Para ello, el poder se vale de dos sistemas, como un dual: El acto y la idea. La violencia y el símbolo.

Por último, la triste verdad de las cosas indica la fragilidad de las ficciones. Todas las ficciones son tan frágiles como en nivel de resignación general las habitúe. En el momento en que aparece un elemento disruptor al orden hegemónico de la ficción convencional, en el momento en que alguien recuerda la verdadera naturaleza de las cosas: la insustancialidad y fragilidad de la narrativa, en ese momento empieza a peligrar el Orden Establecido.

En la segunda parte ahondaré en la primera ficción: Dios. Estos artículos obviarán los asombros naturales primarios y sus tedios, y desarraigándose hasta donde sea posible del dual moral, nadaremos en las ficciones que definen todo lo humano, todo lo que es demasiado humano ¡Acompáñame hacía el mundo de las ficciones!

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