Dios y el diablo como jefes de campaña

Jugar con las creencias religiosas refleja la precariedad y degradación del debate político. Es una manera falaz de crear identidad: se está con el uno o con el otro

Por: Fredy Alexánder Chaverra Colorado
septiembre 16, 2021
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Dios y el diablo como jefes de campaña
Foto: Ilustración de Alberto Montt. [email protected] albertomontt

Vuelve y juega. La religiosidad se va introduciendo en los discursos políticos como el clásico recurso identitario y dicotómico. Al parecer, las certezas trascendentales del “buen creyente”, tradicionalmente enmarcadas en una deidad suprema y su lucha con un antagonista elemental —Dios y el diablo—, vienen asumiendo como informales jefes de campaña.

La “polémica” en torno a su presencia en la prematura carrera por la Casa de Nariño inició tras el lanzamiento del Pacto Histórico en Barranquilla; con la constante invocación de Petro a figuras religiosas; con la movilidad electoral de ciertos pastores cristianos, y bueno, el sobredimensionado ateísmo de Alejandro Gaviria.

Personalmente, no me cabe la menor duda de que mezclar religión y política es caldo de cultivo para la manipulación, la radicalización y la violencia. Es un coctel explosivo en las que las certezas metafísicas se imponen a las incertidumbres terrenales de la política. Es una ecuación donde la política termina arrodillada y, ocasionalmente, pidiendo indulgencias.

Sin embargo, no se puede desestimar el rol del “voto creyente” en las contiendas electorales. En lo general, se inserta en un fenómeno de movilización conservadora y antiliberal de alcance regional; y en lo particular, su protagonismo en la política colombiana, evidencia la importancia de capitalizar la habilidad organizativa de un elector que no solo se moviliza para votar, sino que se moviliza para que otros voten.

De cara al 2022, la cuestión de la religión —o más bien la religiosidad— de los candidatos volverá a tener un papel destacado en la construcción de identidades en algunos sectores. Es un libreto histórico. Ya se vivió en las elecciones de 2010 cuando atacaron a Mockus por un supuesto ateísmo enraizado en sus peculiares atributos filosóficos; también hay que recordar cómo en la campaña del plebiscito, el mismísimo diablo, según algunos uribistas, asumió algunas “vocerías” en la campaña del Sí; o como en la primera vuelta de 2018, a Petro le colgaron el sambenito de expropiador de conciencias religiosas.

Ya sea como instrumento de manipulación, radicalización o estrategia de propaganda negra, jugar con las creencias religiosas, tan fijas como incuestionables, solo refleja la precariedad y degradación del debate político. Es una manera falaz de instrumentalizar divisiones o crear identidades de grupo, pues Dios y el diablo son visiones excluyentes en un mundo en disputa: se está con el uno o con el otro. En el bando de los buenos creyentes (que son mayoría) o los aliados del mal.

Es una dicotomía simple y efectiva que explora en el inconsciente colectivo aquella primaría lógica del amigo-enemigo.

Para algunos, solo es una cuestión de pragmatismo electoral, así se les abre la puerta a creyentes cuyas doctrinas podrían rivalizar, en gracia de discusión, con asuntos esenciales en un proyecto político que se diga democrático o progresista (léase: legalización de las drogas, despenalización del aborto, regulación de la eutanasia o garantías sociales a minorías sexuales). ¿Cómo reconciliar esas posiciones? Muy bien lo dicen los asesores (tan solicitados por estos días): una cosa es hacer campaña y otra es gobernar.

En un país consagrado al Sagrado Corazón de Jesús y donde solo el 1 % de los colombianos (según una reciente medición) estaría dispuesto a votar por un candidato ateo, va quedando claro que jugar desde el ateísmo militante no resulta muy estratégico. Los ateos seguramente votan, pero no les da para poner presidente. De ahí que Alejandro Gaviria se haya visto obligado a “aclarar sus posiciones”. Ya reconvertido en un espiritual de centro y doctrinante de la religión del amor, solo falta que Petro exorcice el diablo de sus discursos y continúe redoblando los tambores de su cristianismo social.

Concluyó consagrándome a la proverbial sabiduría de Margarita Rosa, conocida actriz y “santa popular”, quien desde el púlpito de su Twitter sentenció: “A Dios y al diablo deberían sacarlos de los discursos políticos”.

Muy de acuerdo, a todas luces, son jefes de campaña problemáticos.

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