"El dinero es bueno sin importar de dónde venga o cómo se consiga": el lema moderno

Esa lógica nos ha llevado a donde estamos: un panorama poco alentador donde la corrupción y los actos ilícitos son la regla

Por: diego calle cadavid
agosto 02, 2019
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Hemos minimizado el impacto de conductas que antes nos generaban terror o al menos indignación. Dentro de ellas el ilícito y las formas en que es visto socialmente. La corrupción, el delito, etc., ya no son mirados como los males de la sociedad, sobre todo cuando se trata de delitos de cuello blanco. Un corrupto o un delincuente de estos ya no solo no causa repudio social, sino que ya no se lo excluye de las páginas sociales, ni se le niega el ingreso a los clubes de sus ciudades. Ya no deja de ser miembro de la junta de la empresa o del club de amigos. Es más, hoy se lo tiene como un emprendedor o un empresario, o se lo etiqueta de tal manera que se haga conocer que es una persona que merece ser reconocida y se llena de seguidores en sus redes sociales. El dinero es bueno, venga de donde venga, y se consiga como se consiga, es el lema moderno. Son muchos los funcionarios públicos que luego de ser suspendidos de un cargo por el organismo de control terminan premiados con altas dignidades en Colombia o en el exterior como pulcrísimos representantes de nuestro país.

No es que se convenga en que alguien deba ser condenado al ostracismo, o que no pueda reivindicar en algún momento su nombre, pero sí que sepa que toda acción anti ética, va a producir una reacción en su contra, para que busque los mecanismos lícitos para cambiar su imagen pública, y no que de entrada, antes de todo eso, se convierta en una persona a emular.

Que los delincuentes ya no tengan que armarse en el mercado negro, sino que lo hagan en las brigadas militares, en donde se les de carné para portar armas, ya es el colmo de los colmos. Y que ello se mire como un simple ilícito que debe castigarse individualmente, es una clara banalización de ese mal (para tomar a Hannah Arendt). Es que con eso un delincuente que es capturado luego de un atraco o de un acto sicarial, ya puede exhibir su permiso, con lo que queda relevado de porte ilegal de armas, quedando ante un panorama mucho más benévolo. Pero peor todavía, si a ese delincuente, antes de cumplir su cometido, de camino a realizarlo, lo requiere una autoridad para una inspección, va a superar los controles muy orondo porque cuenta con permiso de autoridad competente para poder ir a ejecutar sus fechorías.

Y no se trata únicamente de delincuentes, sino también en muchos casos de personas que no lo son, pero tampoco demuestran ni la necesidad, ni la capacidad de portar un arma, que en principio es monopolio exclusivo del aparato estatal.

Que el mal se alimente del mal ya es algo bastante complejo y difícil de controlar, pero que se alimente del bien es el acabose.

Lo que más llama la atención es el hecho de que se dé un tratamiento de tan poca importancia a una situación tan relevante, que desnuda lo que somos como sociedad y a dónde hemos llegado como colectivo social; que demuestra que los valores de la ética, de la responsabilidad, del compromiso con lo que hacemos y el porqué de lo que hacemos se han perdido o han pasado a un segundo plano; que pone por el suelo ese compromiso institucional, sobre todo de instituciones como la castrense donde el honor es un principio esencial.

Y no es crear una mácula sobre una institución de tanto calado, ni es decir que todos sus miembros están involucrados en hechos de esa naturaleza, pero sí que debe atenderse de manera más profunda esa realidad para superarla y para demostrarle al país que los flagelos que atentan contra los cometidos corporativos y personales, deben erradicarse de forma definitiva.

Así como un acto valeroso engrandece a la fuerza en su conjunto, cada acto canalla como el reseñado la golpea en su conjunto, por eso la respuesta que necesita la colectividad es del conjunto y no solo de los individuos.

¿Si la sal se corroe?

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