Diciembre, la época donde más se olvida el respeto a los derechos ajenos

"¿Noche de velitas? No, de gritos, aullidos y desorden. ¿Noche de paz, noche de amor? Qué va, de escándalo, borracheras, peleas, detonantes y de salas de urgencia llenas"

Por: Juan Carlos Camacho Castellanos
diciembre 09, 2020
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Diciembre, la época donde más se olvida el respeto a los derechos ajenos
Foto: PxHere

Decía el estadista mexicano Benito Juárez que “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Y desde aquí, frente a mi computador, mientras aún se escucha el atronador equipo de sonido que durante la noche, la madrugada y el alba nos ha “deleitado” con las “deliciosas” melodías populares nacidas de las geniales mentes de Bad Bunny y otros eximios representantes del reguetón, reflexiono respecto a que frente a estas “serenatas” obligatorias no puedo más que reírme (para no llorar) al reconocer que estamos en un país donde la autoridad que debería imponer orden y respeto es ciega, sorda y muda frente a las faltas más simples para con el respeto al derecho ajeno de dormir y reposar tranquilo luego de una jornada de duro trabajo.

No faltará el que me tilde de amargado, de que “una rumba al año no hace daño”, de que “ellos también tienen derecho” y, dado que es temporada navideña, de que soy un “Grinch” porque simple y llanamente no tolero que alguien inicie una fiesta a las nueve de la noche de un día y la culmine pasado el mediodía del otro. Tampoco faltará el que diga "pero si es festivo, pues duerma después del mediodía y no se queje tanto".

Pues, estimados(as) amigos(as), no es que sea festivo, ni que “ellos” no tengan derecho, ni que yo sea o no un “amargado o un Grinch”; es simple respeto al derecho del otro a descansar, es tan solo sentir un poco de empatía por el vecino, es la sencilla demostración de alteridad que nos convierte en seres civilizados.

Frente al abusivo que coloca su equipo de sonido a decibeles que llegan al umbral del dolor en un barrio residencial, ante el comerciante que piensa que la música a todo volumen “aumenta las ventas”, al lado del automovilista que busca el automóvil silencioso de motor, pero le instala un componente de sonido que lo eleva del pavimento con cada atronador acorde de su poca armoniosa pieza hiphopera de moda; frente al “artista” que nos adereza el incómodo viaje en autobús con su parlante de “no sé cuántos decibeles de sonido” y se salta a improvisar con la misma incapacidad del rapero de moda; frente a todo eso, usted, que desea mandarlos a la porra, no puede decir ni pio si no desea verse atacado por las fuerzas populares defensoras del “arte”, del abuso y, claro, del mal gusto.

Cuando el “idiota” de turno lo asaetea con detonantes frente a su hogar, o el “alegre” de gran espíritu navideño arroja frente a su negocio unos cuantos “inocentes fuegos artificiales” que le ocasionan un “simple susto”, pues sencillamente aguántese, estamos en navidad, época de amor y “paz”. Eso sin contar el estrés y el miedo que generan en los indefensos animalitos de compañía que corren aterrados buscando refugio (que no consiguen) mientras el zagaletón impenitente disfruta de su estúpido juego con pólvora.

¿Noche de velitas? No, noche de gritos, aullidos y desorden. ¿Noche de paz, noche de amor? Qué va, noche de escándalo, borracheras, peleas, detonantes y de salas de urgencia llenas de apuñalados, tiroteados y quemados. ¿Fin de año en familia? Déjenme carcajearme, noche de alcoholizados conduciendo como locos porque “faltan cinco pa' las doce”, más borrachos gritando por la calle, otra jornada de apuñalados, tiroteados y quemados en las salas de urgencia y, por supuesto, la rumba interminable sin reconocer que, de pronto, el vecino es de los que trabaja el 08, 25 de diciembre o el 01 de enero; sin importarle a los celebrantes que a pocas casas tal vez hay un enfermo, un anciano o alguien que está pasando por una situación espantosa y solo desea cerrar los ojos y descansar un poco de sus tribulaciones.

Cuando se pregunte por qué nos llaman tercer mundo solo observe a su alrededor y detecte las señales no solo de “por qué” somos unas naciones signadas por la pobreza y el subdesarrollo. No solo son los políticos corruptos que en nuestras naciones son legión; no es solamente que no somos capaces de ver que el trabajo y la disciplina son la clave de la riqueza; y no es la simple falta de lógica vivir en el pasado y de derribar la estatua de Colón o de Sebastián de Belalcázar para protestar por “el saqueo que nos empobreció”. Es tan solo ver que nuestro pintoresco modo de ver la vida y nuestra “indiosincracia” (sí, está tal como lo desee escribir, no es un error) nos siguen arrastrando por la existencia al olvidar que el respeto al derecho ajeno, a la tranquilidad del otro, a ser un pueblo descuidado y apático frente a su responsabilidad de vida es lo que nos sigue manteniendo aferrados a la miseria, al subdesarrollo y a seguir gobernados por los mediocres y los incapaces. No es que sean los políticos la causa, no, ellos son el resultado, la consecuencia de seguir siendo un pueblo que no cuenta con autoridad moral para reclamarles a sus gobernantes orden cuando no somos capaces, ni siquiera, de respetar la tranquilidad del vecino.

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