Después del paro, ¿qué necesita Colombia?

El contexto de efervescencia y agitación que vive Colombia es una oportunidad inigualable para reorganizar la estructura social y política del país

Por: Otto Sánchez Tocaría
agosto 03, 2021
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Después del paro, ¿qué necesita Colombia?
Un eslogan de otro país que decía: “Maldita casta, bendita gente”.
El país necesita diálogo, entendimiento y resolución de los problemas causantes del inconformismo de la ciudadanía. Sabemos que tenemos un problema, y estamos al tanto de la cuestión, pues conocemos las causas del mismo. Así pues, si queremos resolverlo, debemos hacer un análisis sobre las raíces del conflicto, procurando que las partes de la sociedad comprometidas se sienten a hablar de lo fundamental, buscando que cada una de ellas lo haga de manera directa.
Por lo anterior, lo primero que hay que hacer es precisar quiénes son los actores para conocer de manera objetiva quiénes son los interlocutores autorizados. En Colombia el conflicto perdura porque no hemos superado el sistema feudal impuesto desde la Colonia, el cual ha perdurado a partir del establecimiento de una clase dirigente que ha diseñado un esquema de gobierno con una organización económica, social y política propia, mediante la cual las castas señoriales han compartido el poder. De esta manera, encontramos que perduran los mismos con las mismas en la dirección política y económica del Estado.
Con este introito debemos echar a ver, sin controvertir la realidad por mero oscurantismo social, pues esto es una práctica utilizada por la clase dirigente con deliberada vaguedad para evitar que la realidad del sistema de gobierno sea difundida a la población. Han mantenido este talante abstruso para soslayar el escepticismo popular, elemento que hoy sacude la imagen del régimen de gobierno y que han tapado a la comprensión del pueblo, soliviantándolo contra sí mismo para crear una diversidad criminal de distracción en el marco de la antropofagia política que ha vivido el país durante más de un siglo.
Por esto, hay que entender que el enfrentamiento social es entre dos sectores de la comunidad completamente definidos: la clase dirigente enquistada en el Estado, la república y el gobierno; y el pueblo, integrado por la comunidad nacional, que es el conjunto de familias o grupos convivientes en el país que, como pueblo, subsiste organizado socialmente compartiendo un pasado cultural histórico territorial común.
Entre estos dos sectores no cabe ninguna variedad intermedia: es la clase dirigente que está allá, y el pueblo, la sociedad civil que está aquí, parada en pie de lucha.
Por tanto, no deben intervenir expresidentes que son de allá, personajes condenados por su desempeño en el poder; dirigentes de las fracciones políticas encausados por la responsabilidad en postular personas que, además de deshonestas, son incapaces y no producen una sola idea.
Así como tampoco congresistas con las manos untadas de corrupción hasta los sobacos, sobresalientes por el desempeño criminal y que han convertido a esa institución del Estado en el templo de la descomposición social del país, en el santuario de la podredumbre del Estado y en el tabernáculo de la tragedia que consume las demás instituciones de la república.
Toda esa plaga no tiene autoridad moral para figurar en las negociaciones, razón de peso por la que deben quedar fuera del diálogo. Tienen que ser apartados de las deliberaciones y, por supuesto, que no metan sus manos sucias y cuestionadas en los acuerdos a que se llegue.
Para que no haya oposición ni se promuevan leguleyadas, considero que es fundamental que se declare estado de excepción en el territorio nacional, se clausure el Congreso de la República, y se convoque a elecciones para elegir un senador por cada departamento y dos representantes por cada territorio.
Tres parlamentarios son suficientes para que las regiones de Colombia tengan vocería idónea y calificada en las dos cámaras del Congreso de la República; nada de congresistas sectoriales que representen etnias, colores de piel o estamentos privilegiados: todos somos colombianos, por tanto, debemos ser tratados con el racero del nacionalismo.
El pueblo es soberano y puede originar este mandato sin tantos formulismos, e imponer su voluntad, una decisión popular del legislador primario.
Para terminar este corto razonamiento, recordemos la frase de la Pola: "Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor..." tendremos que soportar otro siglo de vicisitudes y acontecimientos desagradables.
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