"Desde los 10 años fui obligado por la guerrilla a recoger coca"

Wilson Torres no tuvo otra opción que trabajar en los cultivos de coca de Argelia, Cauca. Esta es su historia

Por: Daniela Betancourt Morales
abril 13, 2016
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Son las 8:30 a.m. y a pesar de la hora el calor es muy fuerte en El Cerrito, Valle del Cauca, un pueblo que vive de la industria azucarera y que, lastimosamente, ha sido azotado por la delincuencia común, por las pandillas y por los límites invisibles que éstas establecen para dejar claro cuál es el territorio que le pertenece a cada bando. Wilson Torres acaba de terminar de lavar un carro, es el cuarto que ha lavado desde que llegó a su trabajo a las 5:30 a.m. Me sonríe tímida y nerviosamente y me indica que ya está listo. Apenado e indeciso, no sabe si aceptarme un café o una Coca-Cola, así que le pregunta a uno de sus compañeros y éste le dice que tome los dos. Wilson sonríe y baja la mirada. Es un joven moreno, alegre, introvertido y trabajador.

Wilson nació en Argelia, Cauca, y desde muy temprana edad su vida ha sido afectada por el conflicto colombiano. Su historia, como la de tantas otras personas de nuestro país, refleja cómo el conflicto armado afecta a inocentes y despoja de sus riquezas, pertenencias, recursos, bienes y demás, incluso a quienes no los tienen. Sin embargo, este joven es luchador, no se rinde y conserva la esperanza. A pesar del gran impacto que la guerra pudo haber tenido en su vida, Wilson sonríe, sueña con volver a Argelia, con ser mecánico y tener su propio taller.

A continuación, el testimonio que compartió conmigo en la amena conversación que, muy amablemente, me permitió tener.

¿A qué se dedicaban usted y su familia en Argelia?

Nosotros trabajábamos por allá con los cultivos de coca.

¿Y durante cuánto tiempo trabajaron en los cultivos?

Desde siempre. Por allá, todo el tiempo hay guerrilla y guerrilla por todos lados.

¿Entonces usted trabajaba desde niño?

Sí, desde los diez años me tocó coger coca.

¿Lo obligaban? ¿Cómo lo hacían?

Uno la tenía que trabajar para después vendérsela a ellos. Nos decían que si no cultivábamos la coca, nos mataban o nos teníamos que ir de allá, de nuestra casa.

¿Qué es lo que más recuerda de esos días?

Lo que más recuerdo es que la guerrilla llegaba a sacar a toda la gente. Cuando empezaron los problemas con el Ejército sacaron a todo el mundo.

A ustedes también entonces…

Claro. Los de la guerrilla se metieron a la finca y se adueñaron de todo: de los pollos, las gallinas y los cerdos. Ellos llegaron y se quedaron ahí, como para que uno se fuera.

¿Cómo fue el día en que usted y su familia se fueron de la casa? ¿Hace cuánto tiempo fue? ¿Para dónde se fueron?

Eso fue hace ya cinco años. Mi mamá, mis cuatro hermanos y yo nos fuimos de la casa y nos quedamos en Popayán como unos ocho días, una señora nos dio posada. Después, llegamos a Cali, donde una amiga de mi mamá, allá nos quedamos como quince días. Y ya por último, llegamos a El Cerrito, por otra amiga de ella.

¿Y sus hermanos son mayores o menores que usted?

Menores todos. El que me sigue a mí tiene diecinueve años y el menor, seis meses.

¿Y cuando ustedes llegaron acá qué hicieron?

La gente nos colaboraba ahí para la dormida y la comida y así nos las arreglamos.

¿Gente que ya conocían?

No, gente buena que nos quería colaborar.

¿Entonces a su mamá le tocó conseguir trabajo cuanto antes?

Cuando llegamos fue muy difícil para ella conseguir trabajo. Apenas ahora está trabajando, coge maíz en una finca en Santa Elena.

¿Qué es lo que más extraña de Argelia?

(Sus ojos alcanzan a brillar). Mis abuelos. Ellos se quedaron allá. Para mí, mis abuelos son todo. Con decirle que a mi abuela Celestina le digo “mamá” y a mi abuelo César le digo “papá”; en cambio a mi mamá sí le digo por su nombre: “Rosa”.

¿Y a ellos todavía les toca cultivar?

Sí, amenazados y todo.

¿Hace cuánto no los ve?

Hace como tres años. Ellos fueron a Popayán y yo me encontré con ellos allá.

¿Y además de sus abuelos, hay algo del pueblo que extrañe mucho?

Todo. (Risas). Argelia es un pueblo pequeño como Ginebra, pero se mueve más.

¿Entonces cree que la experiencia que le tocó vivir afectó su vida?

No entiendo bien la pregunta.

¿A veces se pone usted a pensar en lo que le pasó por las noches y eso lo entristece?

¡Ah, eso sí! Yo me pongo a pensar en todo lo que podía hacer allá y acá ya no puedo.

¿Qué cosas podía hacer allá?

Cosas que uno podía hacer allá y acá no las puede hacer. Por allá uno salía pa’ donde quería y por acá casi no se puede, por lo de las pandillas y todo eso.

¿Usted cree que es posible que algún día situaciones como la suya dejen de suceder, que el conflicto se termine?

Para mí, sí. Yo creo que hay esperanza.

¿Y le gustaría volver a su pueblo?

Claro. Yo volvería sin pensarlo.

¿Y  hay algo con lo que usted sueñe?

Sí. A mí me gustaría ser mecánico y tener mi propio taller.

Wilson se despide con una sonrisa, me da la mano y regresa a su trabajo. De repente, lo interrumpo de nuevo y le pido una fotografía. Sus compañeros lo molestan y entonces, sonríe apenado. Le doy las gracias una vez más por su tiempo y me despido. Wilson, ya con unas gotas de sudor en su frente, continúa lavando el Suzuki negro.

 

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