Desayuno sin murciélago

Un texto a propósito de la pandemia que vive el mundo por cuenta del COVID-19

Por: Mauricio Bermúdez
abril 21, 2020
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Desayuno sin murciélago
Foto: Pixabay

Me despierto por la mañana con la incertidumbre extraña que producen los tiempos emocionantes. Afuera, una densa capa de humo se consume esta ciudad. La calle como espacio de interacción social ha quedado restringida, con ello aplazados los conciertos, cerrados los museos, bibliotecas y espacios deportivos. Las salidas de casa deben ser estrictamente para conseguir provisiones o realizar asuntos urgentes en relación al mantenimiento del hogar (pago de servicios o impuestos, asuntos de bancos). La libertad de movilidad de la que siempre se enorgullecen los capitalistas, al comparar este con otros modelos político-económicos, ha sido reducida en la mayoría de las metrópolis a tan solo los metros de la vivienda en la que el individuo habita.

Me obligo a dormir rato más, estos días no importan muchos los horarios, la realidad común sigue paralizada. Solo nos queda internet como espacio de encuentro con los otros, para no olvidarnos de ellos y mantenernos informados o entretenidos. La quietud en nuestro mundo acelerado por la industria se hacía necesaria desde hacía tiempo, me parece vivir un momento histórico, aunque atraviese durante él algunas horas aburrido. Para consolarme del encierro, pienso en todo lo que sucede a nivel mundial como la protesta social más grande de la historia contra un modelo global que no funcionó. La gente cansada por fin decidió detener la producción, abolir la sociedad de consumo, e imponerse en cuanto individuos sobre los hilos invisibles del sistema; pero son solo divagaciones matutinas sin sustento. No podemos sobreponernos como individuos al sistema sin siquiera producir nuestra comida, necesitamos aún las redes de cooperación sobre las reglas de mercado. Han sido otros los motivos por los cuales los gobiernos decidieron que debíamos tomarnos esta pausa no voluntaria. Sin embargo, el individuo al reconocerse incapaz de generar ideas renovadas, y a pesar de que casi todo si se ha detenido, no se cansara del capitalismo. La gente en el confinamiento de sus casas, sin entender muy bien lo que sucede, espera ansiosa volver al juego del capital.

Afuera un enemigo invisible ha desplegado sus fuerzas en todos los flancos humanos. Quienes romantizan la naturaleza dicen que nuestra situación actual, son los efectos de un gran golpe acertado por el planeta contra nuestra especie, el desquite de la tierra contra el abuso y explotación a la que la hemos sometido. Sin embargo, no creo que sea así, el mundo natural no es un tipo de deidad calculadora con un plan dispuesto, al contrario nos ha enseñado Darwin que el laboratorio de creación del planeta en que vivimos es más bien un cúmulo de accidentes entre la especie y el medio.

Ahora bien, tomándolo desde esta perspectiva, más naturalista que romántica, nuestro supuesto enemigo invisible, el virus COVID-19 es resultado de un accidente artificial, provocado por nosotros mismos. Pero no en forma de teoría conspiratoria, en la que un gobierno malvado, de “X” país, reúne a unos científicos para crear un arma biológica que consigue expandir con éxito por el mundo. No, no, nada de eso, el accidente que produjo esta nueva enfermedad no es un asunto nuevo para la ciencia, ni se diseñó voluntariamente en un laboratorio. El COVID- 19 se ha determinado es una enfermedad de tipo zoonótica, es decir salto de una especie a otra, como gran parte de las enfermedades padecidas por la humanidad. Según un informe de la  Organización Mundial de Sanidad Animal, más del 75 por ciento de las enfermedades aparecidas en los últimos 50 años son de tipo zoonótico.

No podemos concluir la más mínima culpa de estos accidentes sobre los animales no humanos, como vehículo del enemigo (enfermedad) a nosotros. Ejemplos como el de la peste negra que devastó Europa en el siglo XIV, la cual se descubrió era transmitida a través de las ratas, puso en evidencia como la forma de vida normalizada de los europeos en aquellos tiempos ocasionó el ambiente propicio para que estos roedores en gran número sobrehabitaran y prosperaran en las sucias y malolientes ciudades de la edad media.

En nuestro glorioso siglo XXI ya no contamos con la poca higiene que caracterizó el medioevo, hace mucho que la salubridad se impuso como conducta en occidente y los países occidentalizados. Pero estamos encerrados en nuestras casas con los miedos del hombre de las cavernas y del europeo medieval. Cuando se supone que a estas alturas, cuando el proyecto renacentista que pretendía perfeccionar por medio de la técnica, la vida del hombre y al hombre mismo, ha hecho su mayor auge gracias a la tecnología y a la industria. En este espacio histórico en el que la fe en las iglesias fue desplazado, en cierta medida, por la seguridad de la ciencia. Esperaría uno de ella que recurra en ayuda del hombre moderno cuando este sufre unos inesperados traspiés. Sin embargo la ciencia no es una deidad bondadosa, un ente abstracto con voluntad y capacidad de decisión autónoma. La ciencia que germinó en el renacimiento lo hizo de manos del modelo capitalista, el cual podríamos decir era un enmarañado económico, político y científico en un sus sentidos primarios, que con el pasar de las décadas fue perfeccionándose lentamente tras el paso de las revoluciones. La ciencia no puede venir por cuenta propia a socorrer al hombre moderno pues esta como la conocemos en el relato histórico tiene la cara del capital, para que tal milagro suceda debemos darle un rostro humano, un rostro de un humano bondadoso y no la falsa ilusión simbólica de estampar rostros de individuos en el dinero como suele hacerse con algunas monedas desde tiempos romanos.

La mañana en esta ciudad transcurre lento, el calor se siente como si tuviera miles de pulpos pegados a todo mi cuerpo, succionando mis poros, sofocándome y haciéndome sudar a gotas. He leído de nuevo el artículo de Vallejo sobre el coronavirus publicado en El Espectador y de nuevo me ha parecido extrañísimo, ya tendrá Vallejo sus razones para conclusiones éticas tan raras. Me asomo a la ventana para ver cómo evoluciona el humo que opaca el cielo, pero nada, no se ha movido, continua como una gruesa manta sobre las desfavorecidas casas, multiplicando así la eficacia del sol. Recuerdo que hace unos días, después de un escándalo mediático en redes, llevado a cabo por ciudadanos desesperados por la contaminación del aire, presentada durante la épocas de cuarentena por la pandemia, dio como resultado que los diferentes instituciones estatales pusieran el ojo sobre estas olvidadas tierras. Las respuestas de estos organismos fueron escuetas y diferentes, nadie sabe de dónde viene el humo pero lo más probable es que sea consecuencia de alguno de los nueve gigantescos incendios activos hoy en Colombia, o de los catorce ocurridos en Venezuela. El ministerio de ambiente entre muchas palabras concluyó que se debe esperar que el clima nos favorezca con días lluviosos próximamente para disipar el humo y así mejorar la calidad del aire. La ciencia no cuenta con un gigante aparato tecnológico para limpiar el cielo de una ciudad, menos lo tendrá para limpiar el cielo de todo el planeta que ya se encuentra bastante afectado a causa de nuestra forma normalizada de vida.

El modelo que sostiene la ciencia en occidente se ha mostrado incapaz de revertir el calentamiento global, ni asegurar un medio adecuado para ver florecer la igualdad, la fraternidad, la y libertad, mucho menos la dignidad o la autonomía. El capitalismo es incapaz de proteger la vida. Los derechos humanos como los propósitos de la revolución francesa son una promesa incumplida, un privilegio para selectas clases. En Colombia, como en Italia, España o Estados Unidos, la salud más que un derecho común es un fructífero negocio manejado por empresas privadas. En el juego del capital las cosas esenciales para vivir son mercancía en el gran mercado de la ciudad. En estos días el debate político es acerca de si lo más oportuno es salvar vidas o lanzar flotadores a los bancos y empresas. Diferentes países y organizaciones de primer mundo han informado de millonarias donaciones para nuestro país, ya que Colombia es un país vulnerable, de escasos recursos para afrontar la crisis. Las noticias locales informan que aquí a pesar de todo desde las alcaldías, gobernaciones y hasta presidencia se siguen robando el dinero recogido para brindar ayudas a los más vulnerables. Al principio de toda esta pandemia tenía la esperanza de que después del largo confinamiento saliéramos siendo un país con una perspectiva del mundo diferente, quizás siendo un poco más solidarios y menos competitivos. Pero eso no va a pasar, hasta puede ser que las cosas empeoren con la cuarentena insostenible para gran parte de los colombianos. Colombia no va a ser de la noche a la mañana Noruega. No queda más que esperar que caiga el capitalismo gringo y con él, el sueño americano a ver qué rumbo tomamos como sociedad. Esperemos que la humanidad no caiga antes que ver caer este modelo como piensa Zizek.

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