¡Derriben esa estatua!

La propuesta de Terry Hurtado, concejal de Cali, de quitar el monumento a Belalcázar erigido en la ciudad sigue siendo objeto de controversia. Una perspectiva

Por: Lucas Andrés Restrepo
julio 05, 2020
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¡Derriben esa estatua!
Foto: Mario Carvajal - CC BY 2.0
El concejal Terry Hurtado y algunos grupos decoloniales de la ciudad de Cali han revivido una de las reivindicaciones más interesantes y menos atendidas o entendidas de la izquierda revolucionaria de los años 1970-80 en Colombia: el derribo de los monumentos a conquistadores, encomenderos y esclavistas. Sin embargo, el nuevo marco es diferente: ya no se trata de la revolución sino de la diferencia en torno al vivir-juntos global y local. #BlackLivesMatter, como movilización contra la violencia policial racista y clasista en EE.UU y Europa, dio el salto e hizo de la permanencia de esclavistas y genocidas en el decorado de bronce de ciudades del mundo un intolerable para buena parte de sus habitantes. Aunque el gesto no es nuevo, las razones lo son.
A la muerte de Nerón, la gigantesca estatua ubicada en su palacio sería derribada. Los monumentos de faraones egipcios son sucesivamente modificados o remodelados con el objetivo simple de borrar todo rastro de sus reinos en la arquitectura de las ciudades egipcias. Los comuneros parisinos de 1871 no tardaron en derribar la columna Vendome, símbolo del imperio francés; a la liberación, la mayoría de países africanos derribaron todas las estatuas que celebraban la superioridad blanca sobre el continente negro. Como ejemplo reciente, los países del Este europeo: toneladas de estatuas de Marx, Lenin, Stalin y otros héroes del marxismo-leninismo autóctonos serían fundidas, o relegadas a especies de "museos de la infamia", como en el caso del parque Memento de Budapest. Descabezar homenajes intolerables para tiempos presentes, es como un síntoma de tiempos en proceso de agotamiento. Sólo que a veces no son los poderes sino los pueblos los que ordenan a estos homenajes de bronce un destino en el olvido destinado sólo al pincel de los arqueólogos.
El contraargumento reaccionario del tradicionalmente reaccionario diario El País de Cali es, por supuesto, contundente. Dice este adalid conservador, los monumentos de Cali, sean en honor a Belalcázar, a una esquizofrénica o a un gato, son elementos de "distinción" de la ciudad, más que homenajes. Otorgarles el "significado" de homenajes a la infamia pasada de los personajes representados, es "idiota", dice un columnista de apellido Martínez LLoreda. Sólo que, como bien lo han afirmado tanto historiadores de la Academia como especialistas de la historia política de Cali, el Belalcázar de la "loma de Belalcázar" es en efecto un "homenaje" a Belalcázar, por haber fundado la ciudad.
El Concejo Municipal de la ciudad, algún día de 1935 decreta la construcción de un monumento en homenaje al que, en ese momento, era considerado el "fundador de la ciudad", Sebastián de Belalcázar. Instalado en 1937, la estatua es bien particular: un Belalcázar militar, rostro serio, fuerte e imponente sobre el centro de Cali, y mano derecha, apuntando al mar con el índice. ¿Cali debía crecer hacia el mar? Difícil decirlo, pero era de esperar que el imperio español deseara establecer el máximo de conexiones con el mar pacífico. No importa, el hecho es que el homenaje está muy seguramente cargado de hispanismo, pero está sobre todo cargado de desarrollismo.
El monumento de Belalcázar, señalando la ruta al mar, es propio de un tiempo desarrollista que ve en los conquistadores, especialmente los más criminales, verdaderos modelos capitalistas. Es la época de la "danza de los millones" y del boom cafetero. Buenaventura comienza a desplazar a Barranquilla como puerto principal y la "conquista del mar" aún está a medio camino (la vía al mar vendría años después). Martínez Lloreda acusa a Terry Hurtado de anacrónico, empero, anacrónica fue la razón misma de la edificación de la estatua (por cierto, hoy se discute que Belalcázar fuera el "fundador" de Cali). Un decolonial de la época hubiera podido preguntar legítimamente: ¿y por qué no ponemos a una mula, o a un tren, o incluso un ancla? El resultado "mejor Belalcázar que una mula" o "mejor Belalcázar que un tren", tendrá que responderse. En todo caso, frente a la exigencia de grupos sociales de derribar lo intolerable, un argumento como el de Martínez Lloreda, es pobre. No solo porque los monumentos no son simples "ornamentos" sino "monumentos". Y eso significa algo; y significa tanto que la línea editorial del periódico reaccionario de Cali se decanta en favor de la "conservación" de esos monumentos. Si los nombres de puentes y los monumentos de esclavistas caen, es porque significan algo, porque dicen algo, y ese algo que dicen, esa memoria que permiten actualizar, resulta intolerable.
Otros han respondido con un argumento parecido: "si derribamos a Belalcázar, que caigan todos". El pasado heroico de América está, es cierto, marcado en sangre. La encopetada Academia de Historia del Valle intervendría en este sentido. Siguiendo tan curioso argumento, seguros de que la fuerza de la evidencia merece un enfriamiento de los ardores de los grupos decoloniales, los adalides de las historias oficiales insisten en la anacronía. Si la sangre mancha la memoria de las gestas de todos, libertadores, conquistadores, esclavistas, encomenderos, hacendados o militares, pues que se queden todos. Mejor rendir culto a la sangre que no rendir ningún culto. Mejor conservar esas memorias (oficiales) como ornamentos que perder todo ornamento. La pobreza del argumento se demuestra a sí misma.
¿Cuál es el asunto?, ¿cuál es el problema? El problema es que son tiempos en los que la "historia", entendida como historia oficial, como relato nacional, y las memorias múltiples constitutivas del presente, tienden a disociarse. Si para las dirigencias de 1936 la figura de Belalcázar era incuestionable, dicho consenso se torna imposible frente a los liderazgos del siglo XXI. Si el tiempo de marchas multitudinarias exigiendo el fin de la violencia policial y paramilitar en Colombia se ve lejano, con sus actos de descabezamiento de estatuas y bustos infames, es también cierto que el tiempo del invulnerable atornillamiento de las castas blancas en orneados homenajes colectivos sobre lomas y avenidas, se encuentra en crisis terminal. Si no es por simple olvido (el pasado conquistador o colonial, hecho de hombres ilustres y gestas heroicas, es cada vez más extraño para un continente preocupado sobre todo por problemas prácticos urgentes;), lo será por el empuje de nuevos pueblos que, incapaces de reconocerse en bustos blanquecinos y en autohomenajes oligárquicos, terminarán derribándolos para edificar nuevos bustos, o simplemente para hacer casas con las piedras o cacerolas con el bronce.

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