Derechos Humanos, un lujo solo para los ricos

Garantizar los derechos humanos a todas las personas puede volverse algo imposible, debido a que importa más beneficiar a quienes cuentan con dinero

Por: Libardo García
febrero 17, 2020
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Derechos Humanos, un lujo solo para los ricos
Foto: Pxfuel

Para mí, la ONU hizo una gran revolución pacífica el 10 de diciembre de 1948, con la Proclamación Universal de los Derechos Humanos, los 30 artículos que, en palabras del Nobel de Literatura, José Saramago, podrían ser el programa de lucha de los movimientos y partidos de izquierda en cualquier país del mundo.

Lástima que la mayoría de los países son capitalistas y sus gobiernos neoliberales se oponen a que sus Estados los garanticen para sus respectivas poblaciones, además de interpretarlos de tal manera que solo sirvan para mantener su hegemonía económica y política.

Pienso que, haciéndoles algunas precisiones y reglamentaciones, la burguesía tendría que cambiar su política frente a los mismos. Unos ejemplos:

1. El derecho a la propiedad privada es fundamental, pero hay necesidad de ponerle tope a la misma, pues su carácter de ilimitada ha servido para acaparar las riquezas planetarias en unas pocas manos, mediante la libertad de comercio y la fijación de los precios a través del libre mercado.

2. Muchos gobiernos imponen su ideología y su política a través de los aparatos ideológicos del Estado (educación, iglesias, fuerzas militares, medios de comunicación), cerrando las posibilidades para que puedan expresarse las opiniones y propuestas alternativas de los opositores.

3. El simple hecho de que el Estado se quite su obligación de garantizarle los derechos a toda su población, es decir, permitiendo que entidades privadas se encarguen de ellos, es también privar a los sectores pobres del disfrute de los mismos, convirtiéndolos en mercancías a las cuales no pueden acceder quienes carezcan de dinero.

Así sucede en Colombia, donde, fuera de darse la situación descrita, pululan la corrupción y la inseguridad y los tres poderes estatales andan coligados, sin independencia, al servicio exclusivo de la clase gobernante. Las leyes se hacen de acuerdo con los intereses de esa clase, no de toda la población. Los ladrones de cuello blanco saquean del erario por diversos medios, enormes millonadas de la cuales, en el eventual caso de ser juzgados, pagan una ínfima parte y reciben como castigo una buena mansión a cambio de cárcel. Los atracadores y ladrones callejeros quedan libres casi de inmediato, dizque porque sus delitos eran de poca monta o porque fueron detenidos de manera irregular. Los Códigos deben ser escritos teniendo presente la garantía de los derechos humanos, pero sin laxitud con los delincuentes y la obligación ciudadana de cumplir sus obligaciones (Art. 95 de la CNP)

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Lo que sí queda claro es que el individualismo excluyente, la competencia a muerte y la inhumana insolidaridad, características del sistema capitalista, convierten los derechos humanos en una gran utopía, aún muy lejos de alcanzar. Bajo la ideología capitalista es imposible garantizar plenamente los derechos humanos a todas las personas, así en algunos países hayan avanzado bastante en esta obligación. Una de esas ideas es que el erario, por ser de todo el pueblo, no le pertenece a nadie y son los vivos e ingeniosos, no los bobos que creen en esas pendejadas de la moral y la ética, quienes tienen derecho a él. Y en esto incurren hasta esos hipócritas que viven dándose golpes de pecho, rezando, recibiendo diezmos e invocando en todo momento la protección de los dioses y las divinidades celestiales.

Además, mientras la desigualdad social crezca cada día, en vez de disminuir, con los derechos humanos sucederá lo mismo: menos individuos podrán comprarlos.

Al respecto, vale la pena analizar el artículo de Eduardo Sarmiento, “La desigualdad en vitrina”, publicado por el diario El Espectador el 1 de febrero de 2020, y empieza así: “En el Foro Económico Mundial de Oslo se presentaron claras descripciones sobre las enormes desigualdades de ingresos: 2.153 personas tuvieron en sus manos más dinero en el 2019 que los 4.600 millones de personas más pobres. Sin duda, el mundo evoluciona con diferencias de ingresos en las que la felicidad de los que tienen más no compensa las penurias de los que tienen menos. La reducción de las desigualdades significaría un avance social que favorecería a todos. Lamentablemente, no se ha avanzado en establecer las causas concretas de la distribución del ingreso, en parte porque se presume que las economías evolucionan satisfactoriamente”

De modo que, si los Estados no se hacen cargo de garantizar los Derechos Humanos, las dos terceras partes de la población no podrán disfrutarlos. Pero los obstinados en buscar un futuro mejor para la humanidad le seguimos apostando a la utopía.

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