Denuncia: la paliza que me metió el alcalde de Popayán

“César Cristian, es la primera vez que mi mamá sale sin miedo de que la roben, ensucien y le digan ‘“¡Pa’ qué saleee… Salga el 8!’”.

Por: Pacho Escobar
enero 09, 2016
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Denuncia: la paliza que me metió el alcalde de Popayán

El primer puñetazo lo sentí certero en la boca. He durado un mes sin poder hablar. Dictador. ¡Abusivo! César Cristián Gómez empezó a buscarme pelea desde antes de posesionarse como alcalde de Popayán. El 10 de diciembre, sin consultar con la gente que jamás votamos por él, -¡Ojo, y sin haber sido nombrado!-, le dio por cancelar el gran reinado popular de Pubenza. Cuando recibí la noticia comencé a buscarlo para decirle “¡¿Vos qué es que te estás creyendo!? “!¿Vos quién sos para dejar sin ese sueño de ser reinas de nada a las nueve niñitas que representan a nuestras comunas?!”.

Y ahí fue el primer trancazo, ese que me dejó mudo: me enteré que tristemente aquel día las llamas habían incinerado un barrio de invasión; dejando 75 casas de cartón y madera hechas humo, tres heridos de gravedad y más de 300 personas en esas calles de polvo y piedra. De suerte que Cesar Cristian se había sentado con su grupo de asesores y durante un par de horas buscando por lo menos socorro apareció la idea: “Para qué malgastar millones de pesos en un reinado al que la gente va a echarle espuma y talcos a las reinas y además dañan las carrozas, mejor donemos esa plata a los afectados del incendio”. Qué lamparazo, me dolió en el ego su inteligencia. Le cogí más resentimiento.

No me había levantado y ya me estaba metiendo el segundo golpe, esta vez en los testículos, esos de animal grande que creo tener. Al aterrizar en la ciudad de mis amores me fui a preguntar por las boletas de la corrida de toros que infalible se hacía el primer domingo del año. Sí, lo siento, me gustan los toros. Aunque debo hacer otra confesión, la verdad es que como muchos de los que van a la plaza, si me preguntan por dos nombres de los movimientos que el torero hace con la muleta, me corchan. La verdad es que yo iba por farandulear, por chicanear, como la mayoría, iba a hacer presencia para mostrar un sombrero prestado, una camisa de marca, un buen reloj, los zapatos del estrene del 31 y claro, no seamos morrongos, a desearle la mujer al prójimo de la cual se habla entre hombres en el remate de la corrida. No le ponía atención un carajo a lo que se hacía en la arena y me hacía el distraído cuando mataban al toro.

De modo que me puse en la tarea de averiguar con qué iba a salir el tal César Cristian; si nos iba a quitar el arte de ir a ver a un hombre batirse con un animal, era obvio que tendría que ofrecer otra opción con la misma adrenalina. Pum, el otro guarapazo en la lengua: organizó una carrera atlética para aquellos machos que gustamos de los peligros, pero que los vivimos sentádotes desde las graderías, y nos puso el reto de ver qué tan bravos somos a la hora de enfrentarnos con nosotros mismos. En la arena se inscribieron más de 400 personas, desde hijos con sus padres, hasta gente de la tercera edad. Yo no fui porque -como los que van a toros- me gusta es que el pellejo se lo juegue el animal o el de traje de luces, pero yo jamás.

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Con esa impotencia del que le han quitado los argumentos, este tipo no me dejó ni parar y ya había seguido con otro lamparazo. Sí, se me metió con la cabalgata. Aclaro, no tengo caballos pero me encanta apreciarlos. Le mandé decir al vergajo que si él no sabía que detrás de los 1500 caballos que salen hay toda una economía que por su atrevimiento se vendría a pique (veterinarios, almacenes agrícolas, parafreneros, montadores y propietarios que viven de esto). No me respondió nada, pero mi primo Carlos Miguel Varona, con un arsenal de argumentos me volvió a dejar sentado.

Primero me preguntó que si yo era de los que me hacía en la carrera novena a esperar el paso de la cabalgata. Le respondí que sí. Me preguntó que si mis amigos caballistas querían de verdad a sus animales, le respondí que sí. Entonces me dijo: “Dígame con franqueza, ¿usted qué situaciones ha visto en esas calles que ofende a los jinetes y que le quita lo bonito al desfile?”. “La gaminería”, le respondí. “¡Exacto!”, dijo él y se fue. En ese momento le di toda la razón y de inmediato se me vino a la cabeza una imagen que jamás se me borrara: hace dos años mi amigo Juan Manuel Ordóñez iba en su caballo Jaque Mate. Antes de llegar al colegio Champagnat se habían apostado de lado y lado unos jóvenes en unas carretillas. Cuando pasaban las mujeres en sus equinos las llenaban de cal. Un caballista no lo soportó y se bajó a reclamar. De pronto salió un hombre con un machete y mi amigo Juan Manuel lo alcanzó pero el bandido le tasajeó el brazo. Más de 20 puntos de sutura y se le acabó la cabalgata.

El año pasado en el mismo punto presencié una docena de peleas entre caballistas y los de a pie, quienes por envidia o por simple ignorancia se dedican a echarle cuanta cosa moleste al caballo y a su jinete. Sé que suspender la cabalgata no acabará con el gremio; además, me contaron que el tal César Cristian busca que la cabalgata se haga en otra época del año, cuando los revendedores de espuma ya se han ido a otro carnaval. Los caballistas le han propuesto que el recorrido sea más corto, que cada mil metros haya un puesto de hidratación para los ejemplares, que la mitad del dinero recaudado de las inscripciones sea donado a fundaciones de animales sin hogar y que ellos contrataran al menos a 1oo animalistas, esos que se quejan tanto en Facebook, para que trabajen ese día de verdad y vigilen si algún caballista maltrata a un equino y con policía a bordo lo bajen del caballo y lo multen. Es que los verdaderos amantes de los caballos no son los que maltratan a sus animales, la falla está en la ignorancia del que cree que echarle talcos a un caballo es divertido.

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Me siguió callando con sus propuestas: a cambio de la cabalgata realizó un ciclo paseo, algo así como una cabalgata pero en caballitos de acero. La respuesta fue inmediata, 700 amantes de la vida en dos ruedas y sin motores se dieron cita para recorrer las principales calles de la ciudad. No hubo talcos, bebidas alcohólicas, espuma ni peleas. Para mi desgracia y ante mi amargue de no tener la razón, el ciclo paseo le salió tan bien que la gente se dio cuenta que Popayán tiene todas las posibilidades para empezar a movilizarse pedaleando. Los lugares de destino son cercanos y el clima es perfecto.

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Ese mismo día recibí una petición desde casa pero no la cumplí por no creer. Mi mamá que desde los años de Upa no sale entre el tres y el ocho de enero, me llamó para decirme: “Hijo, hay una noche de tríos en el parque de Caldas, vamos con su novia y su suegra Amparito”. Con voz de ministro que cree que se las sabe todas respondí: “Nooo, mamá. Será para que la vuelvan nada. Usted que odia que le pinten su cara con betún o le echen un polvo a estas alturas de la vida”, le dije. “Tenés razón, mijo, verdad que acá la gente ya no respeta. Aunque eso del polvo no lo entendí”, me dijo resignada. Al día siguiente recibí un regaño monumental. “Hijo, mis amigas fueron, el nuevo alcalde restringió desde cuadras antes la entrada de gente con esa espuma y talcos. Dizque estuvo precioso”. ¡Este alcalde!, hasta con mi mamá me hizo quedar mal. No solo se presentaron cuatro geniales tríos sino que horas antes hubo una muestra de danza como para llevar a mi sobrina Viviana que le encanta ver bailar. ¡Impío!

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“Solo falta que este individuo y su séquito de creativos me cierren la esquina de Catay para no poder jugar como todos los años el 5 y 6 de enero”, me dije. Dicho y hecho. ¡No solo cerró Catay con policías a bordo sino que blindó con vallas el parque de Carantanta! Apenas me di cuenta le puse un chat muy fuerte a una persona cercana al dictador. Pero de nuevo me mandó al cemento y me hizo raspar como muchas veces lo hicimos con gente que pasaba por aquella esquina de la ciudad y gritaban que no los untáramos de mantequilla con anilina, ni los tiraramos a la piscina de barro y agua. “Llevo 10 años jugando en esa esquina de la ciudad y jamás he visto un herido”, le dije a la emisaria. “En esa glorieta no, pero a cinco cuadras de ahí sí. Eso se convirtió en un hervidero, no de juegos sino de vandalismo”, me respondió mi amiga. Incluso sacó un reporte del año pasado donde aparecieron siete heridos a punta de cuchillo, un centenar de denuncias de robos y ni que hablar de los parabrisas rotos y puertas de carros desprendidas.

Pero yo insistí: “Eso pasa en el parque de Carantanta, en Catay somos gente divinamente”. A lo que sentí el otro bombazo de agua como se lo metíamos al que pasara por la avenida; la respuesta de ella fue: “Podrán ser muy atentos al pintar y echar en su piscina de aguamasa y anilina a los transeúntes, pero si se dejaba sin control Catay la gente que va a delinquir a Carantanta subiría unas cuadras más y se mimetizarían con ustedes para hacer maldades”. Tenía razón. En ese momento también recordé otro episodio que presencié hace unos años cuando la turbe sin control se tomó la ‘Avenida Papal’ para ver a Jorge Barón y sus estrellas. Un hombre irreconocible de pintura, talcos, gafas y gorra, pasó la calle, sacó un arma y le propinó varios disparos a un policía de civil que estaba acompañado de sus hijos. El sicario lo mató delante de su familia. Parece que era una rencilla personal. Y eso mismo estaba pasando con los juegos de blancos y negros en Popayán, muchos delincuentes aprovechaban la ocasión para asaltar hasta las viejitas dueñas de tiendas de barrio como mi mamá en el Obando.

Y fue el cinco de enero cuando viví en carne propia todo lo que le hacíamos a la gente que pasaba por Catay, quienes no eran parte del juego pero los volvíamos nada con pinturas y agua. Además, si reclamaban nos le burlábamos con un dicho que hicimos famoso: “¡Pa’ qué saleee… Salga el 8!”. A las 10 de la noche de este cinco de enero íbamos con mi novia, muy elegantes, para una fiesta. Paramos a comprar unos chicles y cigarrillos justo en la tienda de la esquina de Carantanta, confiados porque el alcalde no dejó jugar a nadie allí. La dejé sola y con los vidrios abajo. De pronto pasaron unos hombres y con talcos y espuma la volvieron nada. Parece que iban a robarla pero la alarma del carro los asustó, salí ínfimo a reclamarles y me dejaron callado cuando me gritaron: “¡Pa’ qué saleee… Salga el 8!”.

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Ella lloró y yo tenía mucha rabia. Al día siguiente busqué una cita mano a mano con este dictador para echarle un tarro de espuma entero y reclamarle que organizara bien las cosas. De entrada mi plan falló. Dos cuadras antes de llegar al centro de la ciudad, agentes de la policía me preguntaron hacia donde me dirigía y me quitaron el tarro de “carioca” porque en el Parque y seis cuadras a la redonda estaba prohibido jugar con talcos y espuma. Me sorprendí al ver a las 11 de la mañana a gente limpia y elegantemente vestida dirigiéndose al desfile de reyes. Mi asombro fue más al ver los bancos abiertos y almacenes. Estuve a unos pasos del alcalde pero cada que iba a increparle algo aparecía gente para felicitarlo. César Cristián por sus decisiones se había convertido en un rockstar.

“Alcalde, hace ocho años vengo de vacaciones a Popayán y siempre me iba el tres o cuatro de enero. Es la primera vez que me quedo. Gracias”, le dijo una señora. “Alcalde, tengo 65 años, soy pensionado de la gobernación. Es la primera vez que salgo con mis nietos sin miedo a ver un desfile tan bonito”, le dijo otro. Y así un etcétera de residentes y visitantes en cada paso que daba lo iban aplaudiendo. Los periodistas de noticieros nacionales lo abordaron y no tuve que preguntarle nada para enterarme de cuándo había empezado todo esto.

El emperadorcito contó que no pasaron dos semanas de salir elegido y ya había sentado a su séquito de creativos; entre ellos a Daniel Pajoy, Katerine Castañeda, Johana Satizabal y Juan Pablo Mata. La propuesta era una: “Tenemos que acabar con el vandalismo y con la gaminería en estas fiestas”. Y de ahí se desprendió otro objetivo: “Popayán ha estado en medio de dos festividades que se la han tragado y la han dejado sin identidad propia. Primero la feria de Cali con sus tablados y rumbas. Segundo los carnavales de Pasto con su espuma y sus desfiles de familias”. Entonces llamaron a historiadores e investigadores culturales y encontraron bellos documentos fotográficos del siglo pasado donde Popayán se había convertido en un centro de peregrinación por su Fiesta de Reyes. Una suerte de alegoría a los reyes magos, pero donde se destacaba la estética de las carrozas, la elegancia de los ciudadanos y el reencuentro de las familias.

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Sin embargo, también se enteraron que los esclavos de la época gustaban de juegos; por ello la fiesta de negros y blancos. Como no se puede acabar con una costumbre de tajo, el dictador y estos vergajos estrategas –me da piedra que las ideas se le ocurran a otros y no a mí- se dieron cuenta que la ciudad podía tener zonas exclusivas de juegos. De esta manera propusieron seis lugares repartidos en toda la ciudad y cerca de todos los barrios. Así mismo buscaron a un selecto grupo de gestores culturales para que organizaran otro tipo de eventos que llamaran a la integración de la familia y le diera la oportunidad de divertirse a quienes no gustan de pinturas, espuma y talcos. También la Policía colaboró con 1000 efectivos para realizar controles en toda la ciudad. Me aterró ver el decomiso de cientos de armas blancas a la entrada de las zonas de juego y de la tarima principal del parque Carlos Albán.

Como el alcalde con sus simbolismos y nuevas prácticas me metió esta paliza -en todos mis reclamos tuvo argumentos contundentes-, no me ha quedado de otra que darle la razón. Incluso, ese 6 de enero por primera vez recogí a mi mamá y a mi suegra, señoras que jamás habían salido durante estas fechas por miedo, y me las llevé a almorzar al mismísimo parque de Caldas en las cocinas tradicionales que instalaron los gestores culturales. Y sí, lo acepto, debo decirlo así me duela: Alcalde, es la primera vez en todos estos años que podemos salir en familia sin que nadie nos robe, nos ensucie y nos griten: “¡Pa’ qué saleee… Salga el 8!”.

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