Delirios privados

"Cartagena ha sido capaz de desmontar cualquier medida que haya podido construir en mi relación con ella y lo único que me queda es la sorpresa"

Por: Obeida Benavides
junio 20, 2019
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Delirios privados
Fotos: Juan Camilo Segura

Soy cartagenera. De nacimiento y crianza. Aun cuando la mayor parte de mi vida he habitado otras ciudades, mi vínculo con Cartagena es tan grande que la siento mía a lo largo y a lo ancho. Fui (soy) testigo de privilegio de su crecimiento desigual, de las luchas de los olvidados y el pillaje de sus políticos. Mi abuela vivió en el barrio Blas de Lezo (fue una de sus fundadoras) y mi tía en la Calle del Guerrero en el Barrio Getsemaní. Mis primeros años los viví entre Canapote y Torices y mi primer ahogado lo vi en las playas de Marbella. Fui a cine en el Cine Cartagena cuando era un espacio gigantesco (antes de que de él salieran el Bucanero y el Calamarí). También viví la llegada del primer crucero y la transformación enloquecida del centro histórico de mi ciudad en un parque temático. Como digo, he sido testigo de muchas cosas en Cartagena. De la exclusión por raza, por religión, por clase. He visto formarse los discursos de uno y otro lado. He visto como el lenguaje se permea con el prejuicio confiriendo otro valor a las palabras. En mi casa me dicen negra y no siento que sea un insulto. Sin embargo, en Cartagena he visto cómo los labios aplastan y escupen la palabra negro como una lanza. He visto el desplazamiento sistemático de los que ya llegaron desplazados: de los bordes de la ciudad amurallada a La Boquilla, de La Boquilla a la Ciénaga, de la Ciénaga a… en un camino sin final en donde el lugar que sus pies tocan se convierte en objeto de deseo de otros. Los eternos pobres, los invisibles. En Cartagena he visto desbordar las alcantarillas que ya no dan abasto con tanta gente. Esta ciudad ha sido capaz de desmontar cualquier medida que haya podido construir en mi relación con ella y lo único que me queda es la sorpresa.

Como maestra de la Escuela de Bellas Artes vi crecer a mis estudiantes, algunos buscando nuevos horizontes lejos de la ciudad, otros guerreándola en el día a día haciendo su mejor esfuerzo por raparle la oportunidad escondida entre el ruido del turista depredador que pone valor a todo, convencido de la inocuidad del negocio. Vi a los chicos del Colegio del Cuerpo crecer y formar sus propios grupos: Periferia, Atabaques y otros cuyos nombres ahora no recuerdo. El final de la primera década del Siglo XXI en Cartagena se caracterizó por ser el caldo de cultivo en el que se cocinó la mayor expresión artística escénica de la ciudad. Las murallas, las plazas, los parques, eran tomados por una multitud de muchachos que creían suyas las oportunidades. Sin saber muy bien de lo que se trataba, se buscaba la conexión entre el turismo y la cultura.

La escuela de Bellas Artes fue la trinchera desde la cual apostamos colectivamente por la cultura como herramienta para la construcción de identidad y nos convertimos en cobayas de un laboratorio en el que esperábamos expresarla. Algunos proyectos salieron bien, otros no tanto. En mi caso particular, rompí el paradigma de escenario: primero una antígona que recorría las calles y terminaba en el cementerio de Manga mientras arengaba ante quien quisiera escucharla sobre la injusticia de su hermano insepulto. Después, las chicas más bellas y talentosas de la escuela se tomaron, travestidas, el restaurante de Olano en una apuesta subversiva sobre la relación de poder del matrimonio en una versión tropical de Sexo según Mae West del alemán René Pollesch. Pero no fueron las únicas. Hubo también quien apostó por Chejov y otros por la comedia del arte y otros más por los clásicos griegos. Y la escuela no fue el único espacio de creación, también trajimos el trabajo de nuestros grupos, independientes, en los que los estudiantes de la Escuela se acercaban a la posibilidad real de trabajo profesional. Obras como Zona Baldía y Octubre del Colectivo Espacio Interior que dirijo, contaron en su elenco con chicos que antes habían sido mis alumnos.

Todo estaba dado. Artistas. Grupos. Obras. Inclusive un público interesado compuesto por cartageneros y la población turística flotante. Teníamos todo, menos los espacios de presentación. El Teatro Heredia (hoy Teatro Adolfo Mejía) estaba cerrado. La Reculá del Ovejo gestionada por Carlos Ramírez del Teatro Estable el Aguijón como sala concertada con el Ministerio de Cultura por muchos años y hoy dirigida por Juan Rogelio Franco, tenía condiciones muy particulares que no se adaptaban a todos los espectáculos. El salón Pierre Daguet de la Escuela estaba en restauración. ¿Dónde más presentarse, que no fueran las plazas o los parques? Un lugar que diera algo de intimidad al espectáculo… Aquí es donde entra en esta historia un aliado invaluable para el desarrollo de la actividad artística y cultural de la ciudad. El Centro de Formación de la Cooperación Española, que depende de la AECID, ubicada en el Claustro de Santo Domingo.

Cuando conocí por primera vez sus instalaciones, no podía creer tanta belleza. A escasos metros del alboroto de los transeúntes, un gran patio central inundado de silencio era resguardado por salones de exposición, una biblioteca, y muchos otros salones que no tenía idea para qué servían. Me deslumbró el patio. Que además ¡estaba dispuesto para la escena! Un sistema básico de iluminación y de amplificación, unas tarimas, una dotación de sillas, un equipo de gente no solo preparada si no también dispuesta a trabajar con esta manada de locos que creíamos que era posible tener la luna aquí en la tierra… Era el lugar perfecto para presentar gratuitamente a la ciudad lo que con tanta dedicación trabajamos. Y hago hincapié en lo gratuito… para la ciudad. Porque si éramos juiciosos y sabíamos exponer bien nuestra propuesta, el CFCE ¡nos pagaba por presentarnos! Es decir, que se podía pagar a los elencos… y se les podía ofrecer un refrigerio… y se podían alquilar los elementos necesarios para la función y no seguir rogando por un acto de caridad… De esto hace casi veinte años. Y todavía sigue… (*)

En el patio central del Claustro de Santo Domingo vi nacer muchas agrupaciones que decidieron hacer la apuesta de expresar claramente sus propuestas y fueron escuchadas. Agrupaciones que dieron voz a los ignorados y cuerpo a los invisibles. Porque lo irónico es que el arte crece salvaje en los grupos humanos menos favorecidos de Cartagena. Bailar, cantar y actuar en las barriadas, es una vacuna contra la violencia, las drogas, la paternidad temprana y la muerte. En el Claustro de Santo Domingo se fortalecieron agrupaciones de teatro, danza y música gracias a la posibilidad de confrontar su trabajo con su público. En el Claustro de Santo Domingo estos jóvenes provenientes de la Cartagena de la que nadie habla, vivieron acontecimientos decisivos y hoy son artistas que se mueven con cariño alrededor del Centro de Formación de la Cooperación Española. Somos público. Somos acompañantes. Somos defensores de una tarea hecha con respeto por el artista. Somos también —todavía— agentes de cambio. Somos amigos de un agente de cooperación internacional que entendió que su tarea es llevar con mano firme a todos estos cartageneros desbordados por todo lo que tienen que decir, a las losas frescas del patio para que la ciudad los escuche. Gracias Cooperación Española. Gracias José Roberto Piqueras y Lidia Blanco, antiguos directores del CFCE. Gracias Sofía Mata Modrón por retomar esta línea de acción fundamental para la ciudad. Gracias Patricia Giraldo por producir y acompañar a cada uno de los artistas que ha pasado por el centro. Gracias en nombre de Cartagena, inclusive esa que todavía no se da cuenta de la importancia de su presencia en la construcción de una alternativa distinta al consumo voraz del turismo.

(*) El pasado 14 de junio presenté en el patio central del Claustro mi obra Nana para una memoria terca, dirigida por Beatriz Camargo y creada gracias al Premio Residencia de Creación del Ministerio de Cultura 2009.

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