Del posacuerdo al siglo XXI: una reflexión del proceso electoral

Minorías étnicas, población LGBTI, salud y educación son algunos de los asuntos “novedosos” que encabezaron la contienda presidencial

Por: Gustavo Adolfo Castillo Gómez
junio 19, 2018
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Del posacuerdo al siglo XXI: una reflexión del proceso electoral
Foto: Shutterstock

Las elecciones presidenciales para el periodo 2018-2022 nos han dejado a Iván Duque como nuevo presidente del país y, a Gustavo Petro con una votación histórica para la izquierda colombiana como el jefe de la oposición. Han resultar diversas conclusiones e interpretaciones alrededor del proceso electoral, unas más positivas que otras, así como unos más entusados que otros. No obstante, más allá de la simpatía por uno u otro candidato, la Colombia de hoy, ha decidido pasar la página e ingresar en el campo de debate del siglo XXI. Sí, por paradójico que suene la elección de un candidato de derecha, con un opositor de izquierda, inauguran en el país el ingreso discursivo en el liberal y progresista siglo XXI. A continuación me explico.

Pese a la trivialización que la antigua oposición (Centro Democrático), hoy gobierno oficialista, realizó alrededor del acuerdo de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las Farc-Ep, este es un proceso histórico de gran importancia no solo para el país, sino para los demás país de la región y para el mundo en general, no cabe duda que terminar un conflicto siempre es lo mejor. En el caso colombiano, el acuerdo de paz no es el acuerdo ideal para todos los sectores políticos, pero si es el acuerdo posible para finalizar un conflicto de ese tipo, más aún, cuando sabemos que el gobierno no inició negociaciones con una guerrilla derrotada o arrodillada a sus pies. Es decir, en una negociación por simple lógica ambas partes deben ceder, algo que no parecen entre algunos sectores que creen en el castrochavismo homosexual, o en su defecto, en el castrochavismo no heterosexual como lo ha llamado el senador Uribe Vélez, que al mejor estilo del inquisidor siglo XVIII no es capaz tan siquiera de llamar a las cosas por su nombre.

Con la firma del acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc-Ep en el año 2016, la más antigua de américa latina y una de las más longevas del hemisferio occidental, Colombia se abrió paso en el campo de bate discursivo del siglo XXI. Finalizar el conflicto con esta guerrilla ha significado para el país, el replanteamiento de los problemas que aquejan de fondo al pueblo colombiano, pues no es una coincidencia que tras la firma del acuerdo, su refrendación fallida y posterior aprobación, empezaran a emerger con mayor fuerza escándalos de corrupción como el cartel de la toga, el cartel de la hemofilia, Odebrecht, entre otros, que extrañamente han sido foco de atención para los medios de comunicación tradicionales.

En efecto, el chivo expiatorio en el que se escudaba las endebles instituciones Colombianas desapareció con el proceso de paz, dando lugar a un proceso electoral de debates extensos y controversiales, en los que por primera vez en mucho tiempo se tocaron temas medioambientales, de tenencia de la tierra, diversidad sexual, salud, educación y por supuesto, el futuro de la implementación del acuerdo de paz. En este sentido, la contienda electoral entre Gustavo Petro candidato de la Colombia Humana e Iván Duque, candidato uribista, nos deja ver las bondades de la paz en un país que pareciera estar acostumbrado a la guerra.

Por primera en la historia reciente del país, o por lo menos de los últimos 70 años, el conflicto interno armado no fue el foco de atención, ni muchos menos el determinante directo para la elección de mandatario. Todo lo contrario, en esta oportunidad los colombianos hemos podido abordar temas de interés esencial en cualquier estado de derecho, en cualquier estado moderno del siglo XXI, que los demás países de la región debaten desde finales del siglo XX. Minorías étnicas, población LGBTI, salud y educación son algunos de los asuntos “novedosos” que grosso modo encabezaron la contienda electoral, que hoy presentan un país que por fin ha decidido entrar en los debates propios del siglo XXI, dejando de lado progresivamente el utillaje mental del siglo XX, claro, con sus respectivos retos, perspectivas y posibilidades.

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