Del coronavirus y el fortalecimiento del creacionismo

"En la era pandémica del capitalismo, para un pobre el solo hecho de existir es una desventura, pero tiene la esperanza de la felicidad eterna"

Por: Mateo Malahora
marzo 26, 2020
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Del coronavirus y el fortalecimiento del creacionismo
Foto: Pixabay

Para el creacionista la vida se rige por el panteísmo o por las ideas judeocristianas que son de una liviandad extrema. Leer cadenas redentoras justifica el desasosiego de sus autores pero no protegen al mundo.

Según sus creencias, la vida, de origen paradisíaca, fue hecha de una vez y para siempre. El lenguaje, el trabajo y la cultura le fueron dadas al ser humano a perpetuidad.

Cumplido el ciclo vital, se acepta la muerte “gota a gota”, o al “por mayor” en las guerras, como una precepto divino. Sus devotos tienen la certidumbre que si han cumplido a cabalidad con los códigos éticos que regulan sus dogmas tendrán un final feliz y serán recibidos, gloriosamente, en un lugar de imaginarias coordenadas astronómicas.

En ese sentido, el gnóstico, el cristiano, el judío o el musulmán no mueren, solo cambian de estado.

Sus vidas transcurren entre la deificación del bien y la demonización del mal. Creen que Dios es un ser reconciliable, fuente de bondad, padre amoroso y benévolo, con poderes de redención y guardián de la humanidad, la naturaleza y la biología humana y animal, mientras el diablo, es su antípoda, inventor del mal y moralmente corrompido, un ser depravado, capaz de alterar las normas de la vida, la existencia y el cosmos.

No aceptan que el prestigio de Dios pueda entrar en decadencia y en su conocimiento lo asumen con suprema reputación moral, que no puede ser demolida por una catástrofe.

Para el creyente el miedo, hoy elevado a la categoría de pánico, es la religión que une al hombre con la muerte.

La guerra atómica, que colocó al mundo al borde del abismo hace unas décadas, no era un desastre para la humanidad, nunca lo fue. Japón fue destruido. Hoy hace parte de la lógica de las reglas del mercado.

Y las guerrita menores, aupadas por los dueños del mundo, no conmovieron a la especie humana. La invasión a Irak se hizo para “defender” al mundo de una destrucción masiva que nunca la hubo. El petróleo justificó el asalto y la tortura, refrendados en los óleos de Botero.

En Granada, Panamá, Libia e Irak se sembraron las semillas del mercado con millones de muertos y las cosechas del poder financiero global no pueden esconderse.

George Busch dio orden al Pentágono de construir una bomba neutrónica capaz de destruir a los seres vivos y dejar intactas las propiedades, los feudos y los patrimonios, para evitar los costos de la reconstrucción. No ha sido usada todavía. Irónicamente el Corona Virus puede hacerlo, como se propone en los círculos de la banca multilateral: que mueran los viejitos por no ser beneficiosos y rentables

El poder financiero, con fuerza inusitada, se posicionará nuevamente del mundo cuando pase la epidemia y las metrópolis revelarán a su amaño “la verdad y nada más que le verdad”, donde las raíces de la pandemia no serán toda la verdad.

Ironías de ironías, los crímenes más atroces se han cometido en nombre de Dios, como ocurrió en las cruzadas, donde los dioses se instalaron primero en las mentes y los cuerpos se enfrentaron durante ocho siglos con la muerte o, en América, donde había que desatanizar el continente.

Para un pobre, en la era pandémica del capitalismo, el solo hecho de existir es una desventura, pero tiene la esperanza de la felicidad eterna.

Si una persona tiene miedo a la muerte es equivalente a la forma como haya vivido, trasgrediendo o acatando las normas sociales y códigos éticos de una la sociedad.

El miedo es una parte integral de la condición humana como lo describe Freud y la cultura es el sentimiento de hacer habitable el mundo con la idea de la perpetuidad, como lo dice Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, tan temeroso de su fallecimiento, que propuso buscar la ciudad de los inmortales.

Adenda. Para un pobre el solo hecho de existir es una desventura, como los abuelitos del Sisbén o los trabajadores informales del Centro Histórico de Popayán, que tienen la esperanza puesta en la eternidad, donde serán bien recibidos y encontrarán la protección que no les dio el Estado.

Salam aleikum.

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