Bolívar quería un Estado fuerte, capaz de doblegar a las oligarquías criollas que reemplazaron a los españoles. Santander prefería el orden liberal que protegía a los propietarios. El Liberal que nació de esa tensión llevó en su ADN la contradicción que definiría al progresismo colombiano por dos siglos: proclamar derechos que el sistema nunca estuvo dispuesto a garantizar.
El siglo XIX fue una sucesión de nueve guerras civiles; la de los Mil Días mató entre 60.000 y 130.000 colombianos. El pueblo aprendió que cuando las élites negociaban la paz, los de abajo no estaban en la mesa. En el siglo XX esa disputa produciría algo peor: violencia social organizada a escala industrial.
El mundo de los años veinte era un laboratorio de ideologías: Revolución Rusa, fascismo, Gran Depresión. En Colombia, bajo Abadía Méndez, soldados masacraron trabajadores bananeros en Ciénaga en 1928. El Estado nunca se juzgó: hoy esa masacre parece más mito literario que verdad.
En ese caldo emergió Jorge Eliécer Gaitán: abogado hijo de maestra, orador que convertía la rabia en poesía. Confieso que es uno de mis referentes en la defensa penal; pero el prócer en la política fue más emocional que programático, fue tan personalista que el movimiento no sobrevivió a su líder. Él Obtuvo el 27% de aceptación en 1946 y esa fue su base pues para 1984, era el favorito para para ganar las elecciones. El 9 de abril, bajo Ospina Pérez, lo asesinaron.
El bogotazo demostró que la indignación sin estructura política y con mucho aguardiente y chicha, es un cóctel incendiario que se consume a sí mismo.
Desde ese asesinato, la Violencia mató entre 200.000 y 300.000 colombianos en una década. Entonces aparece en escena, Guadalupe Salcedo con un comandó la resistencia campesina en los Llanos. Después de varias confrontaciones que sembraron su fama de guerrero, entregó las armas creyendo en la amnistía negociada con ese Estado más parecido al diseño de Santander. Lo mataron cuando Lleras Camargo preparaba el Frente Nacional: el pacto que blindó el poder bipartidista durante 16 años y que en mi criterio termino fabricando guerrilleros o la insurgencia con la eficiencia con que una represa fabrica inundaciones.
Las FARC nacieron en 1964 bajo Guillermo León Valencia, sí el abuelo de Paloma Valencia, con 48 campesinos cercados en Marquetalia. Camilo Torres, sacerdote y sociólogo formado en Lovaina, se unió al ELN en 1965 y cayó en su primer combate en 1966. Jaime Bateman Cayón, fundador del M-19 en 1974, entendió que la guerra simbólica importaba tanto como la militar: por eso robar la espada de Bolívar fue un manifiesto cultural que decía que la independencia colombiana seguía pendiente.
Las FARC secuestraron, reclutaron menores y se financiaron con narcotráfico hasta convertirse en lo que combatían. El ELN es hoy una narcoguerrilla con la deuda ambiental más devastadora del país. El M-19 tomó el Palacio de Justicia en 1985, bajo Betancur: 98 muertos, once magistrados, que engendró una retoma de la que son corresponsables el gobierno de la época y el Ejército. Ninguna organización armada resolvió la contradicción entre su discurso de liberación y sus métodos con violencia.
La caída del Muro de Berlín señaló que la opción armada había agotado su horizonte, entonces el M-19 de Pizarro y Vera Grabe, negoció la paz con Barco.
Antes, la Unión Patriótica había intentado el camino electoral, pero más de 3.000 militantes fueron asesinados, dos candidatos presidenciales ejecutados. La UP demostró que la izquierda podía ganar en urnas, por eso el genocidio, no existía el asesinato moral que tanto se usa hoy por los que no toleran al que piensa diferente, en fin, ese destripamoento de las ideas de izquierda fue condenado por la Corte Interamericana en 2021, se demostró que el sistema Santanderista no estaba dispuesto a permitirlo.
Entonces, llegó la hora del M, y Pizarro fue asesinado en un vuelo comercial en 1990. Pero a diferencia del gaitanismo, los compañeros de Pizarro siguieron y la Alianza M-19 obtuvo el 27 % de participación en la Constituyente de 1991, el mismo porcentaje de Gaitán antes de volverse el favorito, qué ironía. Bajo Gaviria construyeron la Constitución más progresista del continente.
Pero esa Constitución, la actual, coexistió con el paramilitarismo, el desplazamiento de ocho millones de personas y la impunidad estructural. La Fiscalía que debía ser la espada y el escudo del sediento de justicia, fue capturada por intereses politiqueros, convirtiendo hasta nuestros días, las garantías en promesas selectivas o peor, en letra muerta.
Entonces aparece Gustavo Petro, tras una vida bajo amenaza, construyó poder electoral con disciplina. En 2010 obtuvo el 9 % de favorabilidad En 2018, el 41,8 %, perdiendo contra Duque por tres puntos. Pero en 2022, el 50,4 % consolida la primera victoria presidencial de la izquierda colombiana.
Francia Márquez, su vicepresidenta, no viene de la guerrilla ni de la academia europea. Viene del río Cauca y de la resistencia afrodescendiente contra la minería ilegal. Su sola presencia en el poder es una tesis histórica completa.
Gustavo Petro marcó el camino de lo que debe ser un senador que protege la democracia, la izquierda finalmente sentó sus bases desde el foro y el debate parlamentario.
La transformación o evolución del congresista de izquierda de hoy, tiene tres perfiles: Una izquierda legislativa con formación y trayectoria institucional. Una izquierda étnica y territorial, expresión auténtica de lo que la Constitución del 91 prometió. Y ahora, una izquierda digital donde el capital político se acumula en seguidores, con más habilidad para el análisis, la opinión viral y el clip, que muchas veces le gana al debate técnico de una reforma.
En dos siglos la izquierda cambió de armas muchas veces: guerras civiles, plaza pública, fusil, papeleta, pantalla. Cada generación pagó costos inmensos. Algunos con la vida. Algunos cometiendo crímenes en nombre de la justicia social.
Colombia tiene una deuda con la igualdad que ningún gobierno ha saldado desde Bolívar hasta hoy.
La historia no demuestra que la izquierda haya tenido razón en todo. Demuestra algo más profundo: que Colombia tiene una deuda con la igualdad que ningún gobierno ha saldado desde Bolívar hasta hoy.
Y mientras esa deuda exista, es natural la resistencia al stablischment todos debemos intentarlo, pero ya no más con fusil, sino con la plaza, con un teléfono en la mano y las redes palpitantes, con la manifestación pacífica, o tal vez, con la papeleta constituyente. En cualquier caso, la izquierda llegó desde nuestra fundación y no se irá por miedo, como ha quedado demostrado en la historia.
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