De la música vallenata contemporánea en Barranquilla

Todo cambió. El juglar clásico ahora es casi que una pieza de museo y un espécimen al borde de la desaparición. Una perspectiva

Por: Luis Eduardo Martínez Arroyo
diciembre 18, 2020
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De la música vallenata contemporánea en Barranquilla

El asentamiento de la música vallenata pareció ser la más indeleble de las huellas dejadas por el negocio de la marimba. La ciudad que se reclama su cuna la había bastardeado antes y prohibido su ingreso a los clubes de la elite y esa parecía ser la suerte que le esperaba en la ciudad escenario de este relato. Las carnestolendas en épocas anteriores a la que se ha venido mostrando, en este deshilvanado rosario de ideas, eran animadas por grupos musicales de las sabanas del Caribe raizal que interpretaban música corralera. Popularísimas fueron las bandas de música de viento, orquestas ejecutoras del merecumbé galanista y engalanado, grupos de música de gaita. Ya habían incursionado las orquestas y grupos de música salsa y merengue dominicano.

La música de acordeón vallenata era rayo en cielo sereno en la celebración pagana carnavalera y con esto se alude a los bailes que se realizaban en las llamadas casetas o en los salones de los grandes hoteles. Pero se oía en programas de radio especializados. Además, la ciudad fue cuna de las primeras grabaciones de esos aires ya con guitarra ya con acordeón, llevadas a cabo por los pioneros. Estos, por su parte, no cejaban en su empeño de andar de pueblo en pueblo, villorrio a villorrio, finca a finca, dando a conocer su saber musical. Eran auténticos rapsodas que con sus inspiraciones primigenias nutrieron el catálogo interpretativo de quienes los sucedieron, sin duda, en mejores condiciones sociales y contextuales.

Ya en los primeros años de la década de los cincuenta del siglo XX quien sería laureado por la academia nobelística se refería en su columna periodística del diario oficial de la ciudad en términos elogiosos, a quien el transcurrir del tiempo graduaría como el emblemático cronista y contador de historias de amor suyas y de sus amistades y pletóricas de un anecdotario de colección. Lo acompañó también una especie de leyenda negra sin compasión hasta sus días finales. Las canciones de Escalona son obra de su mamá y las que no plagiadas a otros autores, rezaba el indictment. El rapsoda facilitó razones para que así se pensara de él. Una muy conocida creación suya titulada La brasilera tiene la misma melodía de una del invidente clarividente. El acusado se le acercó a este un día cualquiera y le manifestó que le gustaba la melodía de Corina y que, si lo autorizaba para tomarla y acompañarla de una letra suya, a lo cual asintió el hermoso ser humano. Pero el grueso de su obra musical es suyo. Ahora, y si fueran de su madre sus canciones, ¿qué?

Un oligarca de la ciudad vallenata inspirado poeta y autor de hermosas creaciones del cancionero sucumbió también al influjo de la toma de canciones ajenas y de adjuntarlas a su copioso catálogo. Mírame, una obra musical de origen español engrosó de manera subrepticia el listado de Tobías Enrique Pumarejo y se paseó por el territorio patrio muy ufana y galana y su espurio autor, así mismo, muy ufano y galano. El muy querido por todos, criticado por ninguno en el universo musical, tuvo varios accesos de toma indebida de canciones sin que eso significara menoscabo de su grandeza. A finales de los cuarenta llegó a Coyongal y allí coincidió con quien sería el cocoroyó de los acordeoneros, Luis Enrique Martínez y su hermano Chema y Esteban Montaño.

Alejo partió hacia El Alto del Rosario, donde tuvo una estada de varios meses y fue coronado por primera vez rey del acordeón. De su permanencia y salida de allí nació el son de título homónimo. La felicidad hubiera sido mayor e impoluta si no hubiera sido porque la melodía la había tomado de una composición del padre del son vallenato, Pacho Rada, denominada Los guayabos de Manuela. Al pasar del tiempo los dos juglares se encontraron y en medio de la alegría por el acontecimiento Rada reclamó a Alejo por el hurto, a lo cual este respondió con la frescura y tranquilidad de quien se siente satisfecho de haber construido una obra de arte: “¿Tú crees, Pacho, que yo me había dado cuenta de que me había trepado en esa melodía tuya?”.

Abel Antonio Villa, también celebrado por el futuro Nobel en sus Jirafas heráldicas, no presenta mejor hoja de vida en estos asuntos. A mano armada, con alevosía y premeditación asaltó a Leandro y lo despojó de La loba ceniza para ponerla bajo su custodia con el nombre de La camaleona. Otro tanto ocurrió a Isabel Martínez, canción cuyo autor es de apellido Llerena y que Villa registró como suya. Los hermanos Zuleta la grabaron como si los derechos de autor correspondieran a José Antonio Serna. El pariente Luis Enrique Martínez supo también incursionar en el rapto de las Sabinas y fue más de una la canción que bautizó, registró y confirmó como de él sin serlo. Una de ellas es Zunilda, de su hermano el Negro Martínez.

¿De qué nos quejamos? Homero no existió, Shakespeare tampoco, George Sand y George Elliot resultaron ser mujeres, GGM plagió a Balzac y Asturias, de eso hablan las leyendas negras y las blancas también. ¡Abajo la originalidad!

La eclosión se produjo transcurridos los primeros cuatro años de la década setentera, después de que en los carnavales del cuarto un armónico conjunto, en el que brillaban con luz propia acordeonero y cantante, resultó declarado fuera de concurso en la competición que por entonces comenzaba a realizarse en el coliseo de boxeo. Las restantes agrupaciones del género vieron llegado el momento propicio para incursionar en la ciudad y lo hicieron. Las parrandas amenizadas por los conjuntos en las casas y haciendas cercanas compradas a precios prohibitivos, las uniones y desuniones entre estos, los saludos en las grabaciones musicales y las composiciones dedicadas a los jefes del negocio que se movían entre la ciudad y su tierra natal y la aparición en cada vez más emisoras radiales de programas de los aires vallenatos, hicieron posible la toma definitiva.

A lo anterior debe agregarse que varios de los integrantes de los conjuntos musicales decidieron radicarse en esa nueva versión de la tierra prometida. El matrimonio músico vallenata-negocio de la droga ilícita se consumó. Los jefes de este pagaban considerables sumas de dinero por los toques efectuados de manera cumplida, otras veces lo hacían en especie con ganado y carros último modelo. La parte del león correspondía casi siempre al vocalista, este había sufrido una metamorfosis que lo separaba de la ejecución del acordeón. Antes eran uno y otro al mismo tiempo. Había nacido el vistoso y exclusivo cantante. El juglar clásico era casi ya una pieza de museo, un espécimen al borde de la desaparición.

El imán en que se convirtió esta manifestación del folclor musical caribe ya no solo en la ciudad, sino en la región, atrajo a personalidades de diversas actividades. Empresarios, dirigentes del deporte, de la política, de la televisión, artes, periodistas, sucumbieron ante los encantos de la nueva bandera de la identidad nacional. Comandantes insurgentes se daban sus escapadas y hacían amenizar sus parrandas con renombrados conjuntos del género. El vocalista de uno de ellos en una presentación musical que hacía mencionó al máximo dirigente de una agrupación insurgente, después de que este resultó muerto en un accidente de aviación cuando se dirigía a un país vecino a iniciar tratativas de paz, al final de una estrofa de una canción que decía: “pero estuvo de mala el general, se cayó en un avión sobre la selva”. “Como le pasó a mi compadre…”, completó el cantante.

* Este es un aparte de un relato mayor.

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