De la inexistencia del centro

El pasado 20 de noviembre, Mauricio García Villegas publicó una columna en El Espectador sobre el tema. Una respuesta a su texto

Por: Camilo Vargas Guevara
noviembre 23, 2020
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De la inexistencia del centro
Foto: Pixabay

El pasado 20 de noviembre el profesor García Villegas publicó en El Espectador una columna titulada Sobre la inexistencia del centro[1], en ella intentaba probar que el centro político no solo efectivamente existe, sino que además “obedece a una tradición ideológica incluso más rica, más profunda y más elaborada que aquella que nutre a la derecha o la izquierda”[2]. Desafortunadamente, aquella tesis tan arriesgada no pudo ser probada, García Villegas se limitó a hacer una muy vaga lista de personalidades intelectuales supuestamente de centro. En ella tenían cabida personas tan distintas, ideológica y políticamente, como Alexis de Tocqueville, Albert Camus o Barack Obama.

El autor de dicho artículo omitió deliberadamente señalar qué es lo que hace que los individuos de su lista sean todos de centro y, lo que es más grave aún, no presentó ni una sola categoría o concepto elaborado por aquella tradición supuestamente tan rica. Además del anterior olvido, otro de los argumentos que usa el profesor García Villegas para probar la existencia del centro político es una situación al parecer hipotética, pero que en Colombia de hecho no lo es, al respecto de las posiciones políticas que se pueden tener sobre la necesidad de una reforma agraria y de la “inequidad en el campo”[3]. Ante dicha situación habría tres posiciones, que corresponderían a la izquierda, el centro y la derecha respectivamente, aquellas serían: “los que abogan por una revolución campesina, los que prefieren una reforma agraria y los que justifican el statu quo”[4]. Este ejemplo termina de demostrar las dificultades que tiene un experto en teoría política para probar la existencia del centro ¿Alguien en Colombia duda que la primera y la segunda posición son posiciones defendidas históricamente por la izquierda colombiana y que la tercera es defendida a muerte por la derecha más conservadora?

Finalmente, antes de terminar su escrito, el profesor García Villegas da otro argumento para intentar definir la esencia del centro político, nos dice que “los políticos de centro (…) reconocen la complejidad de la realidad”[5], en contraposición a los políticos de los extremos que supuestamente no lo harían, este argumento es tan débil que basta simplemente señalar que cualquier político medianamente exitoso es alguien que no solo reconoce la complejidad de la realidad, sino que sabe cabalgar las contradicciones que aquella le presente, esto aplica tanto para la izquierda como para la derecha.

Ante la demanda que lanzaba la semana pasada Armando Benedetti a Daniel Samper, pidiendo que le fuera citado algún teórico que definirá en detalle la ideología de centro, el silencio teórico de García Villegas es más que sintomático. ¿Por qué un estudioso de la teoría política tiene tantos problemas para definir teóricamente el centro político, su ideología o las bases esenciales de un partido de centro? Tal vez una respuesta preliminar pueda ser que el centro, en realidad, no ha existido desde el mismo momento en que se inventó la democracia griega, pasando por la invención moderna de la distinción izquierda-derecha, y contando hasta nuestros días.

A continuación, intentaré probar la inexistencia del centro como una tercera posición política a partir de la lectura que hace el filósofo franco-argelino Jacques Rancière de algunos enunciados que provienen del viejo Aristóteles.

Es bien sabido que tanto Platón como su discípulo Aristóteles plantean modelos políticos normativos en los cuales dicen como debe ser la ciudad o la comunidad política. Para Aristóteles, las partes y los títulos de la comunidad no son más que tres (o eso parece inicialmente): “la riqueza de los pocos (los oligoi); la virtud o la excelencia que da su nombre a los mejores (aristoi); y la libertad que pertenece al pueblo (demos)”[6]. Tres partes de la comunidad, tres títulos e incluso tres formas de gobierno: “la oligarquía de los ricos, la aristocracia de la gente de bien o la democracia del pueblo”[7]. En este momento alguien podría preguntarse si la segunda parte de aquella comunidad, los aristoi, no serían tal vez el origen griego del centro político actual, pregunta ante la cual Rancière respondería sin titubear que los aristoi no son “otra cosa que el otro nombre de los oligoi, es decir lisa y llanamente los ricos”[8]. Al parecer en el Libro IV de la Política Aristóteles habría confesado “sin misterio” que “la ciudad no tiene más que dos partes, los ricos y los pobres”[9], esto sucede luego de que el filósofo griego no lograra probar la consistencia objetiva de los aristoi.

Sabemos muy bien que la distinción entre derecha e izquierda es un invento muy reciente, y mucho más aún aquel que ve entre aquellas dos posiciones otra tercera llamada centro. Pero lo que buscamos al citar el origen griego de la democracia y de la política es hacer notar que en el corazón de esta extraña configuración se encuentra una división ineludible entre dos partes, una reconocida como la parte legitima de la comunidad (los ricos) y la otra no reconocida como tal, siempre incontada (los pobres, el pueblo, las mujeres, demos). Esta división es propia de toda comunidad político-democrática y por ello sigue estando presente en las sociedades modernas y contemporáneas. La propuesta que hacemos aquí es que en tanto solo hay dos “partidos” posibles, el lugar lógico del centro político se presenta como una imposibilidad. Y si en busca de algún recurso retórico algún teórico del centro político intentara señalar que el centro es precisamente una imposibilidad posible de la política, el mismo Rancière respondería que las demostraciones posibles de lo supuestamente imposible solamente pueden ser llevadas a cabo por el pueblo, es decir, por los y las incontadas.

Vale la pena aclarar que, si bien Rancière fue alguna vez experto en teoría marxista, su teoría política de los incontados no se refiere simplemente a los pobres del mundo griego o al proletariado del mundo moderno. Los incontados, o la parte que no tiene parte de alguna comunidad política particular, puede ser encarnada por cualquier cuerpo individual o colectivo que salga del silencio, al cual lo había condenado la parte legítima de aquella comunidad, para demostrar que es capaz de lo que se suponía que era incapaz, para demostrar que su palabra es útil para referirse a los problemas comunes, en última instancia, para demostrar que comparte un mismo mundo con la parte de la comunidad que lo negaba. Este proceso de subjetivación política puede ser llevado a cabo por mujeres, inmigrantes, pobres, refugiados, trabajadores, etc.

Entonces, desde el origen mismo de la comunidad política occidental, el litigio político siempre se dará entre dos únicas partes “irreductibles”, los ricos y los pobres, la parte contada de una comunidad y su exceso incontado. Para Rancière, los primeros han constituido siempre la negación de la política, su consigna ha sido siempre: “no hay parte para los que no tienen parte”[10], es decir, aquel pueblo no contado no debe ser nunca contado como teniendo parte del mundo compartido. Así las cosas, al demos no le queda otra opción que encarnar la política misma, demostrando su existencia como cuerpos que deben ser contados y que pueden tomar parte en el mundo compartido que los ricos le niegan. Esta dualidad entre el partido de los ricos y partido de los pobres ha tomado innumerables nombres en los últimos dos milenios y seguramente otros más se le irán agregando en los años venideros, tal vez aquí esté el secreto de la dificultad que tienen los teóricos del centro político para probar la existencia de aquella tercera posición política que supuestamente no toma partido ni por los ricos ni por los pobres, ni por ninguna de sus formas actuales.

[1] Mauricio García Villegas. Sobre la inexistencia del centro.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Jacques Rancière, El Desacuerdo, pp.19.

[7] Ibid.

[8] Ibid.

[9] Ibid.

[10] Ibid.

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