De dictaduras, petroleo y "humanitarismo"

Para entender lo que ocurre en Venezuela, hay que remontarse a la llegada de Chávez al poder y a cómo funcionan las economías de los países latinoamericanos

Por: Martin Zamudio Espinel
febrero 26, 2019
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De dictaduras, petroleo y
Foto: Flickr Dilma Rousseff - CC BY-SA 2.0 / Pixabay

Hoy en día la disputa entre oficialistas y opositores en Venezuela está más álgida que nunca. Después de los problemas que se vivieron en la frontera colombo-venezolana, fruto de los camiones de ayuda “humanitaria” y de los conciertos que tuvieron lugar el pasado viernes, el clima de tensión se ha incrementado notablemente. El problema aquí es que, sin mayor reflexión, los medios han optado por tomar partido en esta disputa y la derecha latinoamericana ha utilizado esta problemática para sacar beneficios y protagonismo político.

El problema venezolano es mucho más complejo de lo que puede caber en un artículo y, por ende, mucho más complejo de lo que puede decir un tuit del presidente Duque o de Nicolás Maduro. Para comprenderlo deberíamos remontarnos hasta antes de la llegada de Hugo Chávez al poder de la hermana república y repasar cosas básicas sobre la economía de los países latinoamericanos (como sus fetichismo monoexportador y su dependencia a lo internacional).

Para resumir podríamos decir que desde que Chávez llegó al poder en Venezuela pasaron dos cosas: primero, se empezó a vivir una gran dependencia a la exportación de crudo seguida por un despilfarro social de la bonanza económica que ello produjo y, segundo, que a Estados Unidos, en efecto, le empezó a fastidiar la presencia de este pseudo-comunista que hablaba del socialismo del siglo XXI en su “patio trasero”, sobre todo cuando este se asentaba en la reserva de petróleo más grande de la región y una de las más grandes mundo.

Sería un error pensar que detrás de todo este lío no hay intereses reales sobre el crudo venezolano (y esto también incluye a otros actores internacionales como Rusia y China). Si Estados Unidos fuera una potencia tan “humanitaria” como dice serlo debería estar ayudando a los países de Centroamérica, países sumidos en grandes depresiones sociales políticas y económicas debido a la corrupción y a las mafias, en vez de andar construyendo un muro de 15.000 millones de dólares para evitar su ingreso a sus territorios. Un ejemplo de esto es Haití, una de las repúblicas más importantes que tuvo nuestro continente en la época de la independencia y que hoy en día está sumida en una guerra civil sin precedentes, donde muere la gente debido a la hambruna y las medidas autoritarias del gobierno de turno. Creo que es válido preguntarse ¿Por qué no hay ayudas allí?

La verdad es que Estados Unidos nunca ha estado interesado en las causas humanitarias a menos que estas deban darse sobre un territorio rico en recursos naturales, pero para ello es importante que la comunidad internacional apruebe la intervención. Es por eso que desde el año 2015 (gobierno Obama) se iniciaron diferentes medidas de austeridad para hacer presión al gobierno venezolano las cuales consistieron, en resumidas cuentas, en hacer un cerco económico para generar así pánico e inestabilidad interna. Si en Venezuela en algún momento empezó a escasear la comida y los medicamentos fue debido a la intervención norteamericana, tal como pasó con Cuba durante poco más de 50 años.

El siguiente paso dentro de la estrategia era el cubrimiento mediático del “desabastecimiento” y de la “dictadura”, para generar un clima de pánico todavía más fuerte que resonara directamente sobre los oídos de la opinión pública internacional. Para ello era de suma importancia el apoyo interno de la oposición. Es ahí cuando empezamos a ver a diestra y siniestra como en Venezuela los estantes estaban vacíos, como se peleaban por una libra de arroz, y como la gente se “moría de hambre”. Seguramente que en Venezuela habrá alguien que se muera de hambre, pero no más que en cualquier otro país del cono sur —véase, por ejemplo, la tasa de niños muertos en la guajira o en el Chocó—.

Pero claro, la diferencia entre —por ejemplo— Colombia y Venezuela va más allá, y es que en Venezuela hay una dictadura que se roba las elecciones, cierra canales de televisión, coopta todos los poderes del estado, persigue a la oposición y reprime a su pueblo solo por mantenerse en el poder. Bueno, pues veamos qué tan cierto es eso: en Colombia, el sistema electoral es mucho más inseguro que el sistema que se maneja en el vecino país, en donde se requiere de la huella dactilar para poder validar el voto y el conteo se realiza a través de un medio virtual, no como aquí que seguimos usando un sistema arcaico y que se presta para todo tipo de irregularidades y fraudes. El gobierno colombiano y la bancada que lo apoya han sido constantemente criticados por perseguir la libertad de prensa y la libertad de cátedra y por intentar censurar a los medios críticos e independientes. En Colombia, el presidente tiene en su poder el ejecutivo, su bancada el legislativo y la corrupción clientelar llena de mermelada al judicial —sin hablar de órganos autónomos como la Fiscalía que han demostrado un apoyo incondicional a todas las peticiones del gobierno—. Y finalmente, aquí en Colombia existe represión constante contra la población la cual es perseguida y gaseada por querer proteger los árboles, vender empanadas y por hacer plantones solidarios o de oposición. Las garantías de la protesta social se han visto disminuidas y la persecución a la oposición es una realidad que se vive cuando, por ejemplo, se le niega la personería jurídica al partido de oposición o se busca como generar impedimentos a sus líderes para participen en política. Dictadura se le podría decir a cualquier gobierno latinoamericano si así se quiere pero, por alguna razón, el único que hay que perseguir es el venezolano. Por ejemplo, así Bolsonaro diga abiertamente que quiere acabar con los indígenas de la amazonia, el único indígena muerto que importa es aquel asesinado por la guardia venezolana. Esto, hasta donde sé, se llama doble moral (o moral selectiva).

El conflicto que se desarrolla en Venezuela es mucho más profundo de lo que parece y nos muestra cómo funciona hoy en día el aparataje internacional en la región el cual está sin duda alguna dirigido por Estados Unidos. Este es a su vez ejecutado y secundado por gobiernos derechistas como el de Duque, Piñera y Bolsonaro y, obviamente, fortalecido a nivel discursivo por los medios (controlados por familias ricas y banqueros). No podemos creer todo lo que vemos por ahí sin antes hacer un debido análisis y una investigación. Aquí no se niega que el pueblo Venezolano necesita una redención y el cambio es la mejor opción para lograrlo. Aquí lo que se pone en cuestión es: ¿qué tanto pueden estar perdiendo los venezolanos por creer en el discurso “humanitario” del país que los sumió en la pobreza e infló su moneda a punta de especulaciones y boicot económico?, ¿qué tan mejor podrán estar a largo plazo si venden su soberanía al gran hegemón de región?

Lo mejor que se puede hacer es darle una salida dialogada (gobierno- oposición) a este conflicto, sin intervenciones de terceros; con una agenda creada por ellos y para ellos. Solo así se va a garantizar la soberanía, no solo de Venezuela, sino de toda la región latinoamericana tan cansada ya de tener que obedecer siempre a las presiones provenientes del norte del continente.

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