De Coronell, Semana y los Gilinski

Una opinión a propósito del tema que no solo sacudió al mundo del periodismo sino a casi toda la sociedad colombiana

Por: Alejandro Mojocó Ramirez
junio 07, 2019
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
De Coronell, Semana y los Gilinski

Si un antiguo empleado osa cuestionar públicamente los comportamientos o las directrices de sus jefes, y si todo ocurre como es normal en el mundo real, es dable decir que habrá un desempleado más. ¿Pero qué pasa cuando hablamos de un empleado que a su vez es director de una cadena televisiva? ¿Qué pasa cuando ese empleado es con mucho el mejor de los que tiene la empresa? No será el empleado quien pierda (estimulante paradoja), sino la empresa que orgullosa —o quizá peor, ideológica— canceló su contrato.

Es el caso de revista Semana. El medio más importante del periodismo escrito del país tuvo la osadía de cancelar la columna de Daniel Coronell, su periodista estrella, cuando este se atrevió (según María Jimena Duzán[1] y Antonio Caballero[2] de manera soberbia y arrogante, según mi criterio de la única manera posible) a preguntarle a sus superiores por qué una de las investigaciones más relevantes de los últimos tiempos para Colombia —la posibilidad del retorno de los falsos positivos— había sido pospuesta y quizá, en el peor de los casos, engavetada por conveniencia política[3].

Daniel Coronell reconoce el peligro que representa para la verdad la connivencia entre poder político y prensa. Ya se preguntaba con respecto a RCN y a un embajador: “¿Tendrá la audiencia de esos importantes medios, la posibilidad de conocer informaciones que no resulten favorables al embajador y al gobierno que representa?”[4]. Coronell percibió algo extraño en la dilación de una publicación que increparía al alto gobierno y a los militares. Una duda razonable. Por eso tras haber meditado por días se atrevió a escribir esa columna éticamente desafiante. Su ética periodística lo llevó a ello, no su soberbia. Desde luego él habrá medido consecuencias, sabía que se arriesgaba a recibir duras respuestas. La respuesta de Semana fue despedirlo.

No creo en la inocencia de que el dinero no influye en la información de los grandes medios de comunicación. ¿O acaso permitirán sus multimillonarios dueños publicaciones contra sí mismos o contra sus cercanos? ¿Permitirán que la opinión pública se entere de asuntos que los desprestigian si está en sus manos decidir si se publica o no esa información? Creeré eso el día en que El Espectador hable contra el grupo Santo Domingo o RCN le haga una crítica a Sarmiento Angulo o al uribismo.

Y luego sale Semana a decir que no hubo conveniencia política, que todo se trató de una serie de errores[5]. El primer error, dicen, fue no haber publicado la información (que ya era publicable) porque necesitaban profundizar más. Comprensible pero, siendo una investigación tan relevante, podrían haber publicado lo obtenido y seguir publicando después más datos. No lo hicieron. ¿Por qué? ¿Por qué si al New York Times le bastó tan solo una semana para confirmar las fuentes a Semana no le bastaron tres meses? Porque errare humanum est… Pues aunque Felipe López, fundador y medio dueño ahora de la revista, diga que la información del NYT era distinta[6], en realidad no era muy distinta[7]. El segundo error, dicen, fue haber llamado al exsecretario general de la presidencia, Jorge Mario Eastman, para averiguar si esa directriz militar de duplicar los muertos en combate, las desmovilizaciones y capturas, con apenas 60% de certeza sobre el enemigo[8], provenía del alto gobierno. Perfectamente pudieron contactar al ministro de defensa, quien a pesar de cínico[9] habría sido una fuente más fiable si de guerra se trataba. El señor Eastman los convenció de posponer la publicación hasta que no hubiera más certeza[10]. El señor Eastman, ex asesor presidencial de Uribe, tan cercano ahora a Iván Duque[11]… El tercer error fue haber demorado la publicación, molestia para algunas fuentes que, desde luego, buscaron la manera de publicar su información[12].

Y está bien, revista Semana, se trató de una serie de errores en cómo se manejó la información, pero esos errores deben tener una causa. No se trata de un yerro esporádico.

Pensemos en enero del presente año. Jaime Gilinski, el segundo hombre más rico de Colombia, el único de entre los multimillonarios que no tenía un medio de comunicación, adquiere el 50% de revista Semana[13]. Pocos meses después Vicky Dávila —que ya pidió en una columna extraditar a Santrich[14], como lo grita todo el partido gobernante— ingresa al grupo de columnistas. Y poco después despiden a Coronell en lugar de responder a su columna y construir confianza afianzando la libertad de prensa.

El prestigioso New York Times (calificado por el uribismo como pro-Farc) crítico con el gobierno colombiano y al tanto del país más que muchos medios nacionales, no tuvo reparos y decidió publicar la investigación escrita por Nick Casey en la portada de la edición impresa de un domingo. De nada le sirvió a Semana retrasar la publicación. Hasta quizá fue mejor así, un golpe doble: el gobierno quedó cuestionado en el plano internacional y quedó en tela de juicio la independencia de revista Semana. ¿Pero por qué una revista tan rigurosa, adalid en investigaciones como el proceso 8.000, la Yidispolítica, las chuzadas del DAS, la Parapolítica, de repente decide no publicar una investigación que podría – como quedó demostrado – alterar las directrices del ejército y alertar a la opinión pública sobre los fantasmas del pasado que retornan[15]?

En 2007, en una entrevista dada a El Tiempo[16], Isaac Gilinski, padre de Jaime Gilinski, preguntado sobre si le interesa la política, dice: “Sí. Me gustaría ser Presidente de la República. Algunas personas me han dicho eso: pero me lanzo cuando gane el pleito (un pleito bancario de entonces) y los medios me ayuden. No sé por qué nunca me han llamado los gobiernos para que los asesore. Me gustaría, por ejemplo, que el presidente Uribe me invitara a desayunar una vez cada dos meses para darle mis ideas”. Tras lo cual se le pregunta qué piensa del presidente Uribe: “Que tiene buena voluntad, que es inteligente. Pero pienso que algunas de las personas que lo rodean no son las mejores”. Desde luego, señor Gilinski, la mayoría de quienes lo rodean y han rodeado están, o bien presos, o bien prófugos e investigados.

Sin embargo, entiendo que la realidad no cabe en un silogismo. La afinidad ideológica de Isaac Gilinski con el presidente y senador Álvaro Uribe no implica cambios radicales en el periodismo crítico de Semana. No es que su hijo piense muy distinto, sino que no basta con tener el 50% de las acciones pues queda luchar contra “el director, los editores, los periodistas y el resto del equipo de Semana” que —como han recalcado ellos mismos— seguirán “trabajando sin desfallecer para estar a la altura”[17] del desafío de mantener vivo el espíritu independiente de la revista. Y aunque creo que en este caso la influencia de los Gilinski no fue determinante (no descarto un comentario aislado de los dueños de la revista pidiendo mesura en la publicación mientras almorzaban con Felipe López), el retraso en la publicación sí demuestra que hubo una suerte de “miedo político” por parte del equipo periodístico ante la gravedad de la denuncia y las pruebas contra los altos mandos implicados[18] (además del innecesario consejo del señor Eastman).

Pero que quede claro: el hecho de que aún existan voces que se oponen al poder del Estado al interior de Semana, y de que los Gilinski hayan comprado la mitad de la revista solamente (claro…) para “impulsar los formatos digitales”[19], no significa de ninguna manera que los nuevos medios dueños (además de la intemperancia de Felipe López) no vayan a tener influencia en cómo y en cuándo se presenta cierta información. Pensar que habrá total independencia es una inocencia peligrosa. En la idea de defender el pasado (como lo hizo Duzán o Caballero), se puede caer en la miopía del presente, en un encubrimiento voluntario en el que se decide seguir confiando porque, de hacer lo contrario (es decir desconfiar y cuestionar, como hizo Coronell), habría que aceptar la idea terrible que significa siempre la caída de un ídolo. En este caso el ídolo sigue en pie, todavía se puede creer en él, pero comienzan a atisbarse ciertas grietas, una de las cuales vio pasar la investigación del germen de la guerra sucia en silencio, otra por la que salió Coronell despedido. El gesto más claro de Semana —a la manera de un acto inconsciente— para develar su culpa fue despedir a Coronell antes de responder a su columna. He aquí para la historia la causa de su despido: Daniel Coronell insistió en una explicación[20].

[1] La hora de Semana

[2] Cuatro errores

[3] La explicación pendiente, por Daniel Coronell

[4] No se han dado cuenta

[5] Lecciones aprendidas

[6] ¿Finalmente, por qué se fue Daniel Coronell de 'Semana'?

[7] Semana tenía la investigación del New York Times

[8] Un documento muestra que sí volvió el germen de los falsos positivos

[9] MinDefensa: "Si hubo un homicidio ha tenido que haber alguna motivación"

[10] Semana tenía la investigación del New York Times

[11] Sigep

[12] Las órdenes de letalidad del ejército colombiano ponen en riesgo a los civiles, según oficiales

[13] El Grupo Gilinski compró 50% de la participación accionaria de Semana

[14] ¡Extradítenlo!

[15] Las órdenes de letalidad del ejército colombiano ponen en riesgo a los civiles, según oficiales

[16] ‘Yo nunca pierdo, soy un guerrero’: Isaac Gilinski

[17] Lecciones aprendidas

[18] Los documentos que tienen en el ojo del huracán al comandante del Ejército

[19] Con la movida de Gilinski arrancó el nuevo modelo de Semana

[20] Daniel Coronell: El precio que pagué por preguntar

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