De apartamenteros, oficinistas y ascensoristas

Cualquier coincidencia con la realidad es producto de la causalidad...

Por: Germán Vargas G.
junio 12, 2020
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De apartamenteros, oficinistas y ascensoristas
Foto: Pixabay

Aunque está de moda comentar distopías, recordemos historias que representaron con sentido crítico la antigua normalidad y dejaban entrever complicidad entre nuestro comportamiento socioeconómico y los catalizadores de la pandemia.

Primero, Albee retrató El Sueño Americano (1961), le atribuyó egoísmo, alienación, mediocridad y depresión, aunque aquella época no estuviese condicionada por alguna guerra, recesión o epidemia.

Segundo, Bartleby era un empleado ejemplar que terminó haciendo de la oficina su casa (Melville, 1853).

Tercero, la oficina invadió al hogar (El Apartamento, Wilder, 1960). Un ineficiente empleado lo cedió a sus tunantes e infieles "superiores", quienes lo sobornaban con una indefinida oportunidad para "ascender" y lo extorsionaban advirtiendo que debería “esperar el siguiente ascensor”.

Pernoctando en la calle, contrajo un "virus gripal". Accedía al rascacielos de la empresa acatando “un horario por piso, para evitar la congestión" y la "ascensorista" le compartió observaciones sobre la inequidad del "promedio" de contagios y las alteraciones circulatorias de quienes se dirigen hacia los pisos "más altos".

Arribistas, mientras él cree merecer progreso, ella se confiesa indigna. De hecho, rehúsa una "promoción", porque otras hicieron "cola" antes que ella; además, un espejo roto “refleja cómo se siente” tras haberse involucrado en una relación furtiva con un alto directivo, siendo sujeto de recriminación por “hacerse la inocente”.

El presidente de la "aseguradora", una de las cinco mejores, aboga por su "reputación"; previniendo riesgos y orgulloso de que el protagonista solo haya albergado 4 manzanas podridas, entre 31.259 empleados, valora beneficiarse de la exclusividad de dicho club (“todos para uno y uno para todos”).

La corrupción de la meritocracia vive en aquel apartamento y viaja en "ascensor"; está tan garantizada como retroalimentada, porque “si le da la llave a uno, no puede negársela a otro”; además, evite “que malinterpreten cómo se enteró”, pues, aunque los nativos parezcan amigables, realizan “sacrificios humanos”.

Cuarto, Office Space (Judge, 1999) parece exordio del "error del milenio". En el campus de una tecnológica, todos los días padecían el "síndrome del lunes"; el oscuro laberinto de cubículos hacinados escondía, tras el fallo Y2K, originado por "ahorrar espacio", otro error de 'programación' y la pérdida de tiempo de trabajo, cuyo énfasis era la estética de los recurrentes y demandantes informes.

Contrataron consultores expertos en eficiencia, para recortar personal; su procedimiento consistía en rápidas entrevistas laborales, sin realizar pruebas que minimizaran los falsos positivos/negativos. Sin vocación ni motivación, los empleados actuaban de manera solapada y descarada, temiendo un despido, porque no podrían pagar cuentas y terminarían viviendo como animales callejeros; preferían seguir refugiados en aquel zoológico, cuyo supervisor estimaba que el compromiso se reforzaba con disfraces hawaianos.

Pasando del ámbito empresarial hacia el gubernamental, sabemos que la "la llave" de la Casa de Nariño está escondida bajo la alfombra; ahora, con gradualidad, quizá la alcaldesa recupere la del Palacio Liévano, pues está perdida. Cualquier coincidencia de las historias antedichas con la realidad es producto de la causalidad.

Colofón para esta época de trabajo en casa, ahora el ministro de Vivienda copia un modelo de hipoteca inversa.

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