Mark Carney, el primer ministro de Canadá, tomó la palabra en la reunión del Foro Económico Mundial celebrada la semana pasada en Davos, para dejar meridianamente claro que su país ya no acepta más la hegemonía planetaria de Estados Unidos. En ningún momento mencionó por su nombre a Donald Trump, pero se refirió de una manera tan directa al núcleo de su estrategia económica y política que resultaba imposible disociar dichas críticas de quien las lidera actualmente. El discurso se ha hecho célebre por su vibrante inicio en el que Carney afirmó que “estamos ante una ruptura no ante una transición”. Para explicar a renglón seguido que lo que ya está roto es el “orden internacional basado en reglas”, defendido con fervor misionero por Anthony Blinken, secretario de estado de Joe Biden. Creíamos en él – continuó- pese a que en no pocas ocasiones nos saltábamos las reglas, porque esa “ficción nos resultaba útil”. Pero ya no lo es.
Cierto, estas denuncias no son nuevas, se han escuchado y se escuchan en todas partes, porque denuncian lo que es evidente para quien quiera ver y no está tan enceguecido o intimidado por la forma brutal como Donald Trump utiliza la fuerza o la amenaza de emplearla para alcanzar sus objetivos, que no quiere verlo. Lo importante en este caso es que lo haya dicho un primer ministro de Canadá y en un foro tan importante como es el foro de Davos, que reúne a la cúpula empresarial del Occidente colectivo. La respuesta sin embargo no puede ser el aislamiento y la fragmentación, añadió Carney. La respuesta es el regreso a la globalización, tal y como quedó definida a partir del Consenso de Washington de 1989, aunque sometida a unas reformas importantes. La primera es que no va a ser Estados Unidos quien la dirija. Y no tanto porque alguna potencia hostil le haya arrebatado esa primacía, sino porque la propia estrategia económica y política puesta en práctica por Trump le impide conservarla. Lo que ha ocurrido podría resumirse en esta sentencia: Estados Unidos se ha derrotado a sí mismo.
¿Cuál es entonces la alternativa? ¿Quién va a reemplazar a Washington en el papel de líder de la globalización? Carney afirma que lo va a hacer una dirección colegiada, que incluirá a “las potencias medias” y en la que Canad quiere ejercer un papel protagónico. Anunció que va a firmar una alianza estratégica con la Unión Europea y destacó la importancia de la participación de su país en la Coalición de los dispuestos, la coalición de los países encabezados por el eje Londres- Paris- Berlín, que pretenden actuar dentro de la OTAN sin acatar obligatoriamente las órdenes de Washington. ¿ Estados Unidos como un par entre pares?
De hecho, reivindicó explícitamente el artículo 5 de los estatutos de esta organización militar transnacional, que obliga a sus países miembros a respaldar a cualquiera de sus miembros si este es atacado. Que sería el caso si Trump se decidiera invadir a Groenlandia para anexarla, como tantas veces lo ha dicho. Carney reiteró además el compromiso de Canadá con la defensa de la soberanía y la integridad territorial de Ucrania, en el mismo momento en el que delegados de Estados Unidos, Ucrania y Rusia se reúnen en Abu Dabi para avanzar en el camino de una solución política al conflicto ucraniano, y a sabiendas de que Washington se muestra favorable a que Kiev acepte ceder a Rusia los territorios ruso parlantes del este de Ucrania.
Otro cambio significativo en la propuesta de relanzar la globalización formulada por Carney es que se abandona o se relativiza notablemente el papel de la ideología liberal en la definición de amigos y adversarios, de aliados y socios. Y en la formulación de los términos de los acuerdos económicos y comerciales. Citó a Alexander Stubb, el presidente de Finlandia, para definir este cambio como una conjugación del realismo y el pragmatismo con la “defensa de nuestros valores”. Seguiremos defendiendo la libertad y los derechos humanos, sin esperar que nuestros eventuales socios los defienden o respeten como nosotros lo hacemos - vino a decir Carney. Es decir, enunció en términos conceptuales lo que él mismo venia de poner en práctica cuatro días antes de pronunciar su discurso en Davos. Cuando se reunió con Xi Jingpig en Beijing, celebró la reunión como verdaderamente estratégica y firmó con el gigante asiático seis acuerdos de cooperación económica, que incluyen una rebaja importante de los aranceles impuestos a los productos de importación de ambos países. ¡Qué lejos parece aquel 1 de diciembre de 2018, cuando Meng Wanzhou, directora de Huawei, fue detenida durante una escala en Vancouver, por petición de Washington! El primer ministro de entonces, era Justin Trudeau, del partido liberal.
Aplicando esta nueva orientación, Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y Narendra Modi, primer ministro de India, han firmado hoy en Nueva Delhi un acuerdo de libre comercio que ambos han calificado de “histórico”, porque crea un mercado unificado de 2.000 millones de personas, el más grande del mundo. Quedan completamente en el olvido los días en los que la prensa hegemónica del Occidente colectivo criticaba al unísono el “autoritarismo” y el “racismo” del Modi. A este logro mayúsculo de la política de la UE hay que sumar la reciente aprobación del tratado con Mercosur, que genera otra área de libre comercio de 700 millones de consumidores. Las capitales europeas están eufóricas y con motivo.
Han bastado pocas semanas para que la arrogancia imperial de Donald Trump se dé de bruces con la realidad de la política y la economía mundiales
Como era previsible, Trump criticó los acuerdos de cooperación suscritos por Carney con Xi Jinping y apelando a los excesos verbales a los que nos tiene acostumbrados los calificó de los “peores de la historia” y pronosticó que “destruirían a Canadá” E incluso llego a amenazar con imponer aranceles del 100% a los productos canadienses. Pero no tardo en desdecirse. La economía estadounidense no puede darse el lujo de encarecer aún más el petróleo, incrementando de tal manera los aranceles a los 6, 2 millones de barriles que importa diariamente de su vecino del norte. Y menos cuando el prometido incremento espectacular de la producción de petróleo venezolano es todavía eso, una promesa. Que todavía el socialismo bolivariano sigue en el poder en Caracas. Y cuando la posible reanudación de la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán cerraría los golfos Pérsico y de Omán, la principal vía de exportación de petróleo del mundo, poniendo los precios del crudo por las nubes. Para beneficio de Rusia, obviamente.
La verdad es que han bastado pocas semanas para que la arrogancia imperial de Donald Trump se dé de bruces con la realidad de la política y la economía mundiales, poniendo al descubierto que Estados Unidos ya no es más el amo del universo. Su poder es aún muy grande, pero ha quedado demostrado que tiene límites y que estos pueden hacerse todavía más insuperable si persiste en la política de intentar imponer por la fuerza su voluntad. A Trump lo eligieron para restaurar al Imperio Americano y va a terminar siendo su sepulturero.
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