Opinión

Daños colaterales

No hay gobierno que sobreviva a una recesión como la que vendrá en Colombia y el mundo. Duque puede salir más o menos bien librado, pero es el fin del uribismo en el poder

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mayo 05, 2020
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Daños colaterales
El juicio político de responsabilidades va a ser terrible. Incluyendo a quienes han pasado de agache, que es buena parte del mundo político. Foto: Presidencia

Nadie en el poder va a salir bien librado de las consecuencias de la crisis del coronavirus. Lo cual es solo una extensión del hecho conocido de que es la mala situación económica la que derrumba a los partidos en el poder. Pueden ser bien intencionadas todas las medidas que el Gobierno ha tomado para conjurar la extensión de la pandemia, un mucho desproporcionadas puesto que afortunadamente en Colombia parece ser un fenómeno reducido, localizado en las grandes ciudades, que no ha congestionado los servicios de salud y mucho menos los cementerios.

Tocó entregarles las decisiones de política pública a los epidemiólogos y sus extrañas curvas exponenciales, matemáticas basadas en incertidumbres, para curarse en salud. Se ha encerrado a millones de personas sanas hoy improductivas, para que se contagien luego y en cantidades manejables cuando el sistema de salud esté preparado para atenderlas (¿lo estará algún día?), en vez de aislar a los enfermos que es como han funcionado las cuarentenas desde que el mundo es mundo. Allá ellos, pero lo que no es incierto son las consecuencias económicas de la cuarentena nacional, una calamidad mucho peor.

No hay gobierno que sobreviva a una recesión económica, que es lo que va a suceder en Colombia y alrededor del mundo. Lo sabe muy bien Donald Trump porque coincide el efecto económico de la pandemia en Estados Unidos con su campaña de reelección.  Su desespero por abrir la economía que lo ha enfrentado con los gobernadores de los Estados de la Unión y lo ha llevado a comportamientos erráticos que hacen dudar de su equilibrio emocional, no tiene otra explicación.

Aquí, el presidente Duque mejora su imagen porque ha tenido un manejo sereno y responsable de la crisis, pero existe una distancia abismal entre las medidas que toma y su ejecución, de modo que el balance previsto por los propios funcionarios de su gobierno, por los analistas económicos y por el sentido común, va a ser un crecimiento, ese si exponencial, del desempleo y la pobreza, y un deterioro del frágil tejido empresarial que tomara tiempo restaurar. El presidente Duque puede salir más o menos de bien librado, pero es el fin del uribismo en el poder.

Entre otras cosas, porque es tal la concentración del ingreso en Colombia que todas las medidas, distintas de las puramente asistencialistas, están hechas de tal manera que solo el sector formal de la economía de algún tamaño puede beneficiarse de ellas porque tiene las garantías bancarias, la organización, y el músculo financiero para acceder a las ayudas y para cumplir con los requerimientos de bioseguridad que le permitan echar a andar de nuevo. Para ejemplo el escándalo de la asignación de créditos al sector agropecuario, que hacen ver a sus protagonistas como los Borbones españoles, que ni aprenden ni olvidan.

El juicio político de responsabilidades va a ser terrible. Incluyendo a quienes han pasado de agache, que es buena parte del mundo político, y por supuesto a quienes han querido pescar en el río revuelto de las miserias ajenas. La Constitución ordena en su artículo 215 que diez días después de finalizado el Estado de Emergencia, que duró 30 días y terminó el 17 de abril, el Congreso debe pronunciarse en el término de un mes sobre la conveniencia y oportunidad de las medidas adoptadas. Ese debate aún no se ha iniciado (¿Virtual?), pero promete ser jugoso porque en el van a jugar todos los intereses creados sobre la elección presidencial de 2022.

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Son las clases medias las principales víctimas no de la pandemia sino del encierro y lo que van a desear es una voz de aliento que les de confianza para recuperar lo perdido

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No parece tampoco que el populismo vaya a ser uno de los beneficiarios de la crisis, excluyendo tal vez el apoyo de las capas más pobres de la población que esperaban más dádivas de la emergencia, pero que no forman una base electoral sustancial para producir un cambio político radical.  Ese vuelco electoral lo van a protagonizar el agobiado ciudadano corriente, el pequeño propietario embargado, el microempresario que perdió su empresa, el trabajador lleno de deudas que perdió su empleo, el prestador de servicios que se quedó sin clientela, el estudiante que no pudo seguir en la universidad, el jubilado que perdió sus ahorros. Son las clases medias las principales víctimas no de la pandemia sino del encierro y lo que van a desear es una voz de aliento que les de confianza para recuperar lo perdido.

Para allá va la política. Antes de la crisis el gran debate nacional era la inequidad, la sensación de que el aparato estatal estaba más al servicio de los poderosos que de los ciudadanos, que los alivios tributarios favorecían a las grandes empresas y gravaban las rentas de trabajo y los ingresos medios, que la corrupción pública era imparable, como ha seguido demostrándose en medio de las urgencias de la hora. Y el reclamo no era la revolución social, ni la expropiación de la propiedad privada, ni la nacionalización de empresas, solamente que un país de exclusión se convirtiera en un país de oportunidades. Las consecuencias del encierro solo aceleran ese debate que ya estaba prendiendo motores.

Los caídos en el campo van a ser los gobiernos en ejercicio, cualquiera sea su tendencia política, porque lo sucedido es un fenómeno imposible de administrar con éxito. Pero también los dirigentes de la oposición que no estuvieron por su mezquindad a la altura de las circunstancias, donde lo que había que hace era ayudar.   Daños colaterales producidos por la guerra contra un enemigo microscópico que se trató de matar usando toda la Armada Invencible.

 

 

 

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