Opinión

Daniel Samper Ospina, el Pachito Santos del sarcasmo colombiano

Su éxito evidencia el obvio y soso sentido del humor de este país

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mayo 05, 2016
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Aprendí a leer con el papá. Me emocionaban sus Postre de notas en Carrusel, el suplemento light de El Tiempo, y la compilación de columnas en libros como Déjemonos de vainas. Era tan buen escritor que su brillo le ha alcanzado para que su hijo se cubra en él.

No encuentro otro mérito en Daniel Samper Ospina que el de ser hijo de nuestro santafereño preferido. La recopilación de trinos mal hilvanados con los que escribe sus columnas nunca me han hecho reír. Su éxito evidencia el obvio y soso sentido del humor colombiano. Cualquier cosa que suene altisonante y vulgar, como decir que José Obdulio y Roy Barreras se encontraron en una frijolada en la casa del peluquero Norberto, despierta risas histéricas de todos aquellos que se creen muy contestatarios porque las leen.

No entiendo a quienes lo defienden, a quienes lo consideran una versión criolla de Hugh Hefner. Mientras estuvo al frente de Soho intentó en vano ocultar lo que siempre fue esa revista: una versión más cara y pretenciosa que la rosada Vea de los años 80. Creyó, ingenuamente, que “plumas” tan virtuosas como las de Santiago Gamboa, Jorge Franco o Andrés Felipe Solano podrían darle prestigio literario. Claro, los estudiantes de la Javeriana y de los Andes celebraban cada diatriba sosa, como la que le hicieron a Iván Mejía Álvarez, y se creían muy malditos porque se solazaban con las tetas de Yidis Medina.

Ahora debuta como youtuber utilizando los chascarrillos
que ha aprendido en los 4 millones de cocteles a los que ha ido,
y Mamá estoy triunfando, y Santafecito lindo, y el examen de próstata…

Ahora debuta como youtuber utilizando los chascarrillos que ha aprendido en los 4 millones de cocteles a los que ha ido, y Mamá estoy triunfando, y Santafecito lindo, y el examen de próstata y que todos los jóvenes no son más que una partida de bobos con b de burro. Un poco más de lo mismo pero esta vez de manera audiovisual. El mismo revuelto ya indigesto, la misma ausencia de gracia.

Él es nuestro satírico preferido, el pensador punzante, los irreverentes de este país. Otros delfines periodísticos, como Antonio Caballero o Enrique Santos, intentaron en el fragor rojo de los setenta hacerle contrapeso, desde la revista Alternativa, a un sistema infame, atreviéndose incluso a coquetear peligrosamente con el M-19 cuando éste era un grupo subversivo.

Lo de Daniel Samper Ospina es tan inofensivo, así él se crea muy contestatario por haberse metido con la señora Cabal en su homenaje rococó a Cien años de soledad, que hasta premios le dan. Nadie lo odia, todos lo quieren, qué sería de la libertad de prensa en Colombia si a un incendiario como “Ramoncito” no fuera homenajeado constantemente por el establecimiento.

Tiene tanto prestigio el exdirector de Soho entre las editoriales colombianas que está próximo a ser el récord Guinnes del columnista con más libros recopilatorios. No hay oficio más efímero y ruin que el de ser columnista. Ni siquiera las de Klim, las de Antonio Caballero, las de Luis Alberto Álvarez, han podido soportarse en el tiempo. Imaginen lo rapidez con la que se pudren las de este aspirante a humorista.

Ahora se dedicará a darle vida a su serie Las aventuras de Pachito, dándole rienda suelta a su desangelada obsesión humorística por el ex vicepresidente. Viéndolo bien es entendible ese interés: Daniel Samper Ospina es el Francisco Santos del sarcasmo colombiano.

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