Opinión

Cultura y desarrollo

Por:
diciembre 09, 2013
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Con lentitud nos arrastramos por la Avenida Ardiente, como la punta de una raíz que busca resquicios para respirar en el pavimento. El taxi se abre paso a los codazos entre enjambres de motos y bultos de buses, mientras el conductor, abstraído de toda norma de conducción responsable,  le sube el volumen a un pastor que ora en frecuencia modulada. Pasamos frente al mercado; extrañamente, no se respira una atmósfera de frescura y abundancia, sino de podredumbre y pobreza.

Gira el dial y se topa con una emisora popular, la reina cariñosa. Hay que subirle otra vez al volumen para que retumben los profundos bajos del locutor: la policía atrapó aun par de presuntos violadores que en pocas horas serán remitidos a la cárcel. El locutor entra en comunicación telefónica con un interno y tras saludos muy cordiales le pregunta si ya todos allá dentro están enterados del hecho. El interno responde que sí, que no se preocupen, que los presos ya les tienen preparado al par de presuntos violadores el recibimiento que se merecen. Felicitaciones y más música.

Cae la tarde. No quiero entrar en las arduas negociaciones causadas por la inexplicable inexistencia de taxímetros en la ciudad. Tomo un microbús.

El microbús es una caja de metal incandescente que lleva un ruidoso y asfixiante motor dentro de la cabina de pasajeros, anda a cien mil kilómetros por hora y frena espectacularmente en seco, sin detenerse nunca por completo, sobre cualquier punto de la Avenida, excepto frente a alguno de los pocos paraderos. El conductor, desenfrenado, simulando un acto un tanto erótico, mantiene su dedo pegado a un botoncito con el que activa una sirena cuidadosamente afinada en la frecuencia más aguda que puede soportar el oído humano. Así le anuncia su paso, no sin algo de redundancia, a quienes lo esperan desde hace rato.

Uno, dos, tres cuerpos tendidos en la calle más adelante, una señora de avanzada edad desciende del microbús que medio se detiene en un lugar fortuito del feroz torrente de vehículos, sus ojos resignados al terror del raudal. Una lujosa cuatro por cuatro de vidrios polarizados, altiva y desafiante, pasa peligrosamente a su lado; a bordo viajan cómodamente los contratistas de todas las obras públicas eternamente inconclusas, preservados en aire acondicionado.

Todo lo examino desde el rabillo del ojo, oculto tras la lectura del diario local, que alardea estérilmente de ser lo contrario.  Me atrapa su editorial. Intento desentrañar el argumento con el que defiende la última idea del mandatario de turno: militarizar los barrios donde pululan las temibles pandillas que supuestamente asolan la ciudad. A mi lado alguien ojea el diario popular. Desde el rabillo del ojo solo alcanzo a atisbar cuerpos de hombres mutilados y cuerpos de mujeres desnudas. Desisto del intento, he llegado a mi destino.

Ya es de noche, y para llegar a donde vivo debo caminar por la calle, porque los andenes del barrio están ocupados por las mesas de los restaurantes más elegantes de la ciudad; esos que venden mero pese a la veda. Me arrincono lo más que puedo para dejar pasar a una pareja de jóvenes turistas que, asustados, apresuran su paso empujando con cara de espanto un carrito de bebé, porque ahí viene pasando de nuevo la cuatro por cuatro que no sabe frenar cuando ve a un ser humano.

Frente a los restaurantes que ocupan el andén, un camión marcha con una malévola parsimonia casi ceremonial tras un agresivo grupo de policías y funcionarios que portan chalecos de la oficina de protección del espacio público. Van recogiendo las pocas mercancías —frutas, jugos, verduras, patacón con queso— que está prohibido vender en las humildes carretillas de la informalidad. Y mientras otros policías charlan alegremente, al son de un atronador picó, con los tipos que todas las noches me ofrecen niñas y perico, sus colegas disipan una congregación de hippies argentinos que interpretan una milonga en sus guitarras destrozadas.

Por fin, llego a mi casa, extenuado, sin ideas ni inspiración para preparar mi clase sobre cultura y desarrollo. Una gaita y unos tambores se entretejen desde la distancia con el sonido de las olas y las cigarras. Mañana será otro día.

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