Cultura, crisis y COVID-19

"El mundo está en jaque pero la virtualidad parece dar la sensación de contacto permanente y cero aislamiento a pesar del encierro"

Por: Ismael Ortiz Medina
mayo 28, 2020
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Cultura, crisis y COVID-19
Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

Sea la calamidad pública la enfermedad o la guerra, en los grandes momentos de crisis de la humanidad, el deporte y la cultura han estado ahí para poner otro tono y hacerlas olvidar así lo haga fugazmente. Dicen que ahí está el origen de los juegos olímpicos; en una tregua en la guerra de Troya  según la Ilíada de Homero, juegos organizados por Aquiles en honor de su amigo Patroclo: Pugilato, lucha libre, carreras de velocidad, tiro al arco y el lanzamiento de jabalina hicieron olvidar momentáneamente la guerra.

Los relatos de “El Decameron” se escribieron por un grupo de jóvenes que trataban de  escapar de la Peste Negra; reunidos en las afueras de la ciudad cada noche  uno de los jóvenes narraba un cuento o novela corta. El “Diario del año de la Peste”, el mejor libro jamás escrito según García Márquez,  es un relato sobre Londres en tiempos de confinamiento y de epidemia; y sin ir más lejos, la Peste del Insomnio es combatida en Macondo con el eterno e inacabable cuento del Gallo Capón que es en el fondo un secreto homenaje a Daniel Defoe autor del Diario del año de la Peste.

Sí que es cierto, la música, el cine, el baile y el deporte han tenido un lugar amable en medio de  las crisis, epidemias y guerras. Hitler hacia treguas solo para los conciertos de Wagner y según se dice no fueron las armas sino las marchas hippies de “Paz, Musica y Amor” y los himnos de los Beatles  “The  Word” y “All You Need is love”  las que acabaron con la guerra de Vietnam. Nelson Mandela unió a Sur África en un Mundial de Rugby al darse cuenta que el deporte estaba más allá del color de la piel, como es narrado en la película “Invictus”, donde se hizo realidad el papel del deporte en la lucha contra el apartheid.

Otra peste, el COVID 19 tiene de nuevo en jaque al mundo y lo que parece esta vez hacerlo distinto es que el mundo virtual parece dar la sensación de contacto permanente y cero aislamiento a pesar del encierro. El mundo está hiperconectado, se pueden descargar películas y canciones en segundos, de cualquier género y época; el tiempo, el espacio, el idioma,  la edad, el lugar son irrelevantes; puedes entrar a un concierto de The Beatles de hace cuarenta años y luego saltar a ver una película clásica; si te aburres, cambias de género y te vas a cine acción,  y si te da hambre  puedes pausar mientras almuerzas.  Según datos de la plataforma de datos Live Stats existen 1,773,956,763 millones de Páginas Web en el mundo, la televisión hace rato fue superada en audiencias por canales virtuales, la prensa escrita está dando coletazos, libros de todo género están a la mano para descarga gratuita  y las oficinas de comunicaciones son ahora oficinas de redes.

A esto se añade que como medida para evitar el COVID hay un obligatorio llamado al cero contacto físico, a huirle a la aglomeración y al encuentro y a la reconversión; nos tocó vivir encerrados y tele trabajando. Pero el asunto es que el contacto y la aglomeración  son el soporte de las actividades artísticas; los conciertos en vivo no se comparan con ver videos, nadie baila solo. Normalmente se disfruta el cine en pareja y los lugares consagrados para disfrutar del arte plástico, el cine, la música, el juego son espacios de contactos físicos y de encuentros cara a cara: La sala, la galería, la pista de baile, la calle, la discoteca, el estadio, el museo y con ello los festivales, los performance, el teatro callejero, los encuentros, las charlas, las ferias, el circo, los toques, las lecturas, los talleres, los conversatorios. Todo alrededor del vínculo, el contacto, el encuentro.

Los experimentos de encuentros familiares y de amigos a través de Zoom, Meet o Skype solo dejan ver un pedazo del cuerpo en una reducida pantalla y están muy lejos los conciertos virtuales de dejar sentir el placer de  dos cuerpos fundidos al ritmo de  una salsa, una balada, un vallenato o un bolero. Sid Vicious debe estar preocupado en el mas allá imaginándose un concertó de Punk sin Pogo; ya lo dijo hace muchos años García Márquez con la novedad de la llegada de la tecnología a Macondo: El  gramófono, “Ese truco mecánico que no podía compararse con algo tan conmovedor, tan humano y tan lleno de verdad cotidiana como una banda de músicos.”

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