Cuando valía la pena pecar con Caracol

'Pecados Capitales' fue de las últimas producciones medianamente inteligentes que se hicieron en la televisión colombiana. La historia que sigue después es triste

Por: Julián Andrés Pastrana Cuéllar
marzo 12, 2019
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Cuando valía la pena pecar con Caracol

En marzo de 2004, es decir, hace ya 15 años, llegó a su fin la telenovela Pecados Capitales. Si mal no recuerdo, fue la última producción de la dupla García-Salamanca. Pues bien, su trama giraba en torno a un millonario, Evaristo Salinas, que resolvía heredar su fortuna a sus familiares con la condición de que estos convivieran durante un año en la elegante mansión del magnate. Como dato curioso, esa casa que sirvió de locación para las grabaciones de la telenovela fue la misma donde se desarrolló la trama de la exitosa serie de los ochentas Los Cuervos.

Siete de los parientes de Evaristo encarnaban a su vez los siete pecados capitales y de ahí el nombre de la telenovela. La soberbia estaba representada por Doris (Teresa Gutiérrez), la hermana de Evaristo, una mujer altiva y dominante que sufría una demencia senil que la hacía debatirse entre la lucidez y la locura. Alberto Salinas, sobrino del excéntrico millonario e interpretado por Juan Ángel, encarnaba la avaricia. Fue el gran antagonista de la serie. Además de maltratar a Libia (Martha Leal), su sumisa mujer, no tuvo empacho en apoderarse de las provisiones y alimentos de la familia para manipularlos a su antojo e incluso ideó el plan de declarar a Evaristo loco para quedarse con sus bienes sin necesidad de soportar estar encerrado un año en la mansión Salinas. Cuando Libia se rebeló y decidió separarse de su lado, Alberto llegó al extremo de intentar suicidarse con el fin de retenerla y manipularla, aunque la estrategia desesperada no le funcionó.

La hermana de Alberto, Hortensia (Constanza Duque), encarnaba a la ira. Este fue uno de mis personajes favoritos: se trataba de una mujer amargada por no haber podido estar con el amor de su vida y haber tenido que unirse a Aníbal (Fernando Arévalo), un tipo que ni siquiera la determinaba ni complacía sexualmente. Además enfrentaba una enfermedad que la dejaría paulatinamente ciega. La manera que encontraba para desfogar sus frustraciones era a través de ataques de rabia cargados de prejuicios clasistas que la llevaron a enfrentarse a varios personajes como Teresa (Claudia Liliana González), actriz frustrada y representante del ala pobre y bastarda de la familia Salinas, quien, además de representar a la envidia dentro de la trama, era madre de Milena, una chica rebelde y drogadicta que terminaría embarazada de Manuel, el hijo ejemplar y bien portado de Hortensia. Para no olvidar la escena en que esta última de manera airada le plantea a Teresa la posibilidad de que Milena interrumpa su embarazo. Al final la ira y la envidia terminan agarradas de las greñas.

Aníbal, por su parte, representaba en la trama a la pereza a través del personaje de un psiquiatra con escasa autoestima que intentaba darle credibilidad y legitimidad a sus propias teorías psicológicas atribuyéndolas a un gurú y teórico supuestamente brillante llamado Berghof, del cual en su momento se descubriría que no era otro que el alter ego del mismo Aníbal. Curiosamente Berghof es el nombre tanto de un lugar de descanso de Hitler como del hogar de tuberculosos donde se desarrolla la trama de la novela de Thomas Mann La Montaña Mágica.

La gula y la lujuria estaban encarnados en los personajes de Amadeo (Guillermo Olarte), el hijo de Doris, y Fabiana, interpretada por la actriz Marcela Carvajal. El primero era un ser pusilánime, fracasado en el amor, envidioso y dominado por su madre que trataba de calmar su ansiedad comiendo. En cuanto al personaje de Fabiana, la dupla Díaz-Salamanca se pudo ir por lo fácil representándola como una ninfómana que se llevaba a la cama a todos los hombres que se le atravesaran por delante. En cambio, los libretistas decidieron apostarle a una mujer con ciertos tintes feministas que hacía escuchar su voz, ejercía liderazgo, creía en la justicia y vivía su sexualidad con libertad. Fabiana terminaría envuelta en un triángulo amoroso entre los dos protagonistas de la historia: Esperanza (María José Martínez) y Philip (Patrick Delmas) y al final se convertiría en la gran ganadora del juego del tío Evaristo.

Mención aparte merece el esposo de Teresa, Gilberto Ramírez, 'el mago Kandú', representado por el actor Robinson Díaz. Sin negar la buena interpretación de Díaz y el hecho de que se convirtiera en uno de los personajes preferidos del público, a mí en lo personal su papel, al menos cuando vi la telenovela por primera vez, me hostigaba porque sentía que no solo le restaba protagonismo a los otros personajes, sino que eclipsaba el componente dramático de la trama en su conjunto. A fin de cuentas, a pesar de ser una comedia, Pecados Capitales también mezclaba en su historia elementos de drama que eran, al menos entonces, mis favoritos.

Hubo otros personajes importantes como Felicia (Chela del Río), una especie de voz de la conciencia para el soberbio Evaristo Salinas y Caridad (Patricia Castañeda), la hija de Felicia y mano derecha de Evaristo.

La historia se podría dividir en dos. Una primera parte que va desde la llegada de la familia a la mansión y su asistencia al falso sepelio de Evaristo, hasta el fallido plan de Alberto y Hortensia de intentar declarar al tío rico loco para quedarse con sus bienes por una vía exprés, lo que provoca la ira del anciano y su decisión de expulsar a su parentela de la casa y del juego sin que reciban un peso. Varios deciden atrincherarse en la mansión para no dejarse sacar, parodiando cómicamente al extinto M19, pero al final se deben ir con el rabo entre las patas. La segunda parte inicia cuando a Evaristo se le ablanda el corazón y accede a dejar regresar a sus familiares a la casa. Es aquí cuando la historia pierde ritmo. Los libretistas acuden al recurso que tanto explotaron en Padres e hijos: meter más personajes dentro de la casa. Primero a Silvana, la enamorada de toda la vida de Evaristo; luego a Eloísa, una enfermera que debe cuidar a Cándido, el jardinero de la mansión, y que no es otro que una falsa identidad que se inventa el magnate para involucrarse más directamente con sus parientes, aprovechándose de que ellos, a excepción de la loca Doris, no conocieron en vida a ese tío rico que los tiene encerrados como ratas de laboratorio; y finalmente aparecen en escena Adán, el hijo bastardo de Evaristo, quien entra a la mansión acompañado de su media hermana Eva.

Pecados Capitales fue de las últimas producciones medianamente inteligentes que se hicieron en la televisión colombiana. La historia que sigue después es triste: primero se intentaron adaptar los melodramas nacionales al gusto de la audiencia latina en EUA. Se les impuso a los actores hablar con acento neutro —eufemismo de acento mexicano— para gustar al público extranjero. De allí salieron bazofias como La Tormenta, Así es la vida y Decisiones. Luego la televisión se traquetizó e inundó con novelas y series que romantizaban el narcotráfico y lo mostraban como un mundo de personajes malos, pero chistosos y carismáticos. Y ahora la apuesta es hacerle bionovelas a cuanto cantante o personaje medianamente famoso —sea por verdaderos méritos o no— haya habido en Colombia. No demoran en hacerle bionovela a doña Gloria, la del Metrocable, o a la mujer que en los noventas fingió estar embarazada de nonillizos que al final resultaron ser puros trapos.

Hace falta que la televisión colombiana vuelva a pecar con producciones medianamente ingeniosas como Pecados Capitales.

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