Opinión

Cuando Satoko Tamura en Barranquilla

Noticias de la otra orilla

Por:
febrero 01, 2020
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Cuando Satoko Tamura en Barranquilla
Satoko Tamura fue la traductora japonesa de García Márquez, y una poeta y ensayista consagrada. Foto: con la escultura de García Márquez/El Universal

Hace unos días nos enteramos por los medios de comunicación de la muerte de la hispanista japonesa, investigadora y poeta, Satoko Tamura, uno de esos personajes realmente graciosos y enigmáticos, muy propios de su cultura, que viajan por el mundo interesados en las cosas más insospechadas. Y que terminan ciertamente aplicando esa mirada prodigiosa que tienen a su objeto de interés para extraer de él lo que muchos otros seguramente no habían podido ver. En el caso de la profesora Tamura ya había estado varias veces en Colombia siguiendo los pasos de García Márquez, de quien era amiga y traductora de algunos textos no dados a conocer editorialmente.

En 2009, no recuerdo bien si antes o después de estar en Cartagena, en Sucre (Sucre) y Aracataca, precisamente haciendo las diferentes "rutas de Macondo", que ya son un atractivo turístico en el Caribe colombiano, estuvo también en Barranquilla en donde tuve la oportunidad de atenderla y guiarla en la Ruta de Gabo en la ciudad, a petición de mi amigo Heriberto Fiorillo, que era a quien ella había llegado buscando en La Arenosa atraída desde luego por el atractivo de La Cueva y sus fantasmas macondianos.

Ya yo la había conocido en 1994 cuando coincidimos como invitados en el Festival Internacional de Poesía de Medellín de ese año. La recuerdo bien en la gala inaugural del festival en el teatro Pablo Tobón Uribe, vestida de geisha, envuelta en un precioso kimono rojo y subida a sus okobos, para leernos estos versos suyos que aún recuerdo: "...Tu sueño nunca se caerá / porque lo sostengo con brazos de madre. / Madre e hijo / nos calentamos con la frescura / y el calor de la vida y vamos subrepticiamente / por las noches en que vienen los diablos."

Fue una gran alegría reencontrarme con ella en Barranquilla y descubrir que era experta en García Márquez. Que lo conocía. Que lo había leído. Y que con los conocimientos de su literatura y la amistad cercana con este autor y su familia había logrado atesorar un universo humano y literario que quizá otros expertos gabólogos hubieran tener. Satoko Tamura hablaba muy bien el español y conocía la historia y los procesos de la literatura hispanoamericana. La recuerdo queriendo escudriñar con paciente entrega  en cada uno de los nueve hitos urbanos de la ruta que recorríamos, como queriendo hallar signos y huellas de una vida y una obra seguramente perdidos ya irremediablemente en el tiempo, el olvido y la desidia. De tal manera que la cosa consistía en hacer un relato de esos pedazos de la vida de Gabo que estaban unidos real o literariamente a su vida en Barranquilla: la Escuela Cartagena de Indias, donde estudió de niño; la casa del Barrio Abajo, donde dicen que también vivió Joe Arroyo; el Colegio de San José, donde se dice que despertó su talento; la vieja sede de El Heraldo, donde escribió sus brillantes Jirafas; el hotelucho El Rascacielo, donde hospedó su pobreza; La calle de San Blas, la arteria de los libros, los amigos y los tragos; la iglesia del Perpetuo Socorro, donde se casó con Mercedes; La Tiendecita, donde iban a restaurarse míticas parrandas, y donde Satoko, emocionada, miraba la colección de fotos de la parranda en Aracataca donde nació el Festival Vallenato; y La Cueva, donde se dice que nunca estuvo Gabo, pero que hoy es el único sitio que juega musealmente con una memoria interesante y atractiva.

 

Satoko Tamura en el poetamóvil del festival poesía de Salamanca, Nicaragua. Foto:Jacqueline Alencar

 

Todavía debo tener en alguna gaveta un pañuelo japonés que me regaló como agradecimiento a mi guianza. Yo le correspondí con un ejemplar de la revista víacuarenta dedicado a Ibarra Merlano y con una copia de mi libro Segundas intenciones. Recuerdo su gesto amable y sorpresivo cuando desató el pañuelo rojo de su cuello para ponerlo en el mío con una gran sonrisa y una reverencia japonesa que yo le agradecí.

En 2009 ya era una mujer de 62 años y tenía aún las huellas de su belleza y atractivo juveniles. Recuerdo bien que al final de aquel sábado, luego de más de siete horas de recorrido por los nueve sitios que conforman esa ruta de Gabo en Barranquilla, Satoko Tamura seguía interesada en todo lo que veía y tenía intactas las ganas de seguir explorando todo lo que tuviera que ver con Gabo y con su historia.

Con los días perdí su contacto y nunca cumplí la promesa de mantenernos conectados para seguir hablando de la poesía de Héctor Rojas Herazo y de Ibarra Merlano de cuyas vidas y obras quedó supremamente impactada. Y para que viniera alguna vez a PoeMaRío. Me reprocho el descuido de no responder a sus mensajes en algún momento.

Con su muerte se me reactualiza su recuerdo. Hay que agradecerle ese vivo interés que tenía por nuestra lengua y nuestra cultura a través de la obra de García Márquez.

 

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