Cuando Maradona se puso la camiseta del Tolima

Carlos Augusto intentó reiteradamente conocer al astro del fútbol. Lo buscó en La Habana y en Buenos Aires hasta que en el momento más inesperado lo logró

Por: Carlos Augusto Rojas
diciembre 24, 2020
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Cuando Maradona se puso la camiseta del Tolima

En Colombia, el país de la coca, las ananás y la amapola, se consiguen en la era de la pandemia pasajes a Miami; pero es imposible conseguir un vuelo a Buenos Aires para ir a acompañar al Diego. La dictadura uribista tiene prohibidos los vuelos a Buenos Aires y los helados de Baskin Robins, y la Coca Cola Zero empieza a escasear.

Esta historia comienza en un aeropuerto. El taxista que me llevó del José Martí en La Habana a la escuela de cine en San Antonio de los Baños traía un viejo palo de golf. Pensé que era para defenderse de los atracadores, como lo hacen los taxistas en Bogotá o en Ibagué, que portan un machete para protegerse cuando no se dejan robar. Pero no, este hombre cargaba el palo de golf para jugar golf.

Pronto empezamos a hablar de golf con el taxista y de lo putamente elitista que era ese deporte en Colombia. Le conté que en mi casa tenía dos afiches: uno del Che Guevara jugando golf  con el uniforme del ejército cubano y otro de Diego Maradona anotándole un gol a los putos ingleses imperialistas de mierda.

Y así fue que me enteré de que Diego estaba en La Habana, y que todos los martes, jueves y sábados, cuando se le daba la puta gana, jugaba al golf. De día o de noche le abrían el campo para que lo hiciese tranquilamente.

Todos los taxistas en Cuba son miembros del ejército cubano, hacen parte del servicio secreto cubano y son agentes activos. Así que ese taxista me dio dos o tres contactos valiosos de gente firme con la revolución, de rojos puros, no rosaditos escuálidos, ni gusanos come mierda pro-Miami.

Así fue como llegué a un productor de cine cubano. Vivía en una gran mansión y odiaba el golf, pero amaba los rodeos y la revolución. En su casa tenía una pista para hacer rodeos. Los vaqueros de La Habana se subían a sus toros y saltaban hasta romperse el cuello. “Así que quieres ir al club de golf a donde va el Diego”, me dijo. Le respondí que sí, luego de que una vaquilla me tirase al piso, me arrastrara por la arena roja cubana y me rompiera el culo.

Cuando Fidel y el Che desembarcaron en Cuba a bordo del Granma para iniciar la gesta libertadora, el hoy productor de cine era un niño campesino que se ganaba la vida arriando mulas y amansando caballos para los hacendados gringos en la Sierra Maestra.

Ese niño se encontró con el Che y con Fidel sudando frío en las montañas cubanas y le dijo… chico a pata no vas a llegar a ningún lado, y ese niño le dio su caballo y su mula a Fidel y al Che para que recorriesen la Sierra, se autoproclamó guerrillero y se dedicó a proveer de mulas y caballos a los 86 héroes que venían en el Granma a liberar a Cuba de la tiranía.

Los jóvenes guerrilleros se movieron como salmón en acuario por las montañas de la Sierra Maestra, gracias a los caballos y mulas que ese niño les conseguía vencieron al ejército de Batista, el Uribe de los cubanos, y de no ser por ese chico Fidel todavía estaría caminando por las montañas de la Sierra Maestra con las patas ampolladas y el Che hubiese muerto de asma intentando subir una lomita.

Cuando Fidel, el Che, Camilo y todos los héroes de la revolución cubana entraron a La Habana llegaron en caballos blancos que ese niño campesino arriador de mulas les consiguió, la foto es icónica: Fidel y el Che entrando no en un tanque de guerra, no en un Cadillac, no en una narcoToyota blindada, sino en caballo, en unos hermosos y maravillosos corceles blancos que le consiguió ese chico que arriaba mulas en la sierra.

Y todos los martes, jueves y sábados salíamos en la cuatro por cuatro Mitsubishi original japonesa del productor de cine rumbo al club de golf a buscar a Maradona, a tomarnos una foto con el Diego y a entregarle la camiseta del Tolima. Mil veces ensayé mis líneas igual a un buen actor: "hola Diego, soy Carlitos Carlitos Carlitos del Tolima solo Tolima y aunque nunca jugaste con el Tolima quiero que tengas la camiseta del Toli, la camiseta de 1280 almas con el puño de la revolución arriba".

Me pasé medio año de mi vida esperando a Maradona en La Habana. Todos los martes, jueves y sábados iba al club de golf, esperaba a Maradona, ya distinguía su Ferrari de los otros que había parqueados en el estacionamiento.

En el Tolima cuando un atleta se gana una medalla, el gobierno les promete una casita que nunca le entrega. En la isla cuando un cubano gana una medalla de oro en los olímpicos, el gobierno le entrega su Ferrari. Así que ya distinguía los del club de golf: ese rojo es el del campeón del mundo de boxeo; ese amarillo, de un atleta de salto largo; ese, del entrenador de pesas... y estaba el Ferrari negro del Diego.

Nunca en mi miserable vida de latino tercermundista había visto un Ferrari y en esa época en Colombia solo habían dos, el de Gacha y el de Escobar, el resto del país andaba en Renault 4 y en Simcas, en las películas los Ferraris se ven grandes y brillantes, en la vida real son pequeños, muy paticorticos para ir pegados al piso y andar altas velocidades, son iguales a Maradona cruzando la cancha para marcarles un gol con la mano a los ingleses.

Nunca vi a Maradona y nunca le pude entregar la camiseta del Tolima, a veces llegaba y se acaba de ir o estaba jugando golf, o se metía a una cabaña que tenía junto al club a tomar whisky, veía su Ferrari pero nunca vi al Diego, lo confieso perdí seis meses de mi vida jugando golf y fumando habanos esperando al Diego que nunca llegó.

Que Diego jugaba golf era un secreto de estado, hacia parte de su terapia para calmar la ansiedad por la coca. Los psiquiatras cubanos le recetaron golf, habanos y ferraris para que dejara de consumir coca. En Colombia lo hubieran molido a palos en una estación de policía, le hubieran metido un comparendo policial para que se enderezara, fuera un buen muchacho y dejara el perico.

El Diego se curó de su ansiedad por la coca momentáneamente y se regresó a Argentina, no habiendo nada más que hacer en La Habana viajé a Buenos Aires en busca de Maradona; pero si no me lo encontré en seis meses en La Habana, ni en el club de golf, las esperanzas de encontrármelo en Buenos Aires era mínimas. Seamos realistas, soñemos lo imposible.

El taxista que me llevo de Exeiza a la estación de Constitución me confirmó que el Diego estaba en Buenos Aires, que nadie sabía dónde estaba, así que cambié los Cohiba por las empanadas de queso, los alfajores capitán del espacio y la pizzaUggi, el club de golf lo remplacé por la bombonera con tal de ver a Maradona.

En la bombonera pregunte por el Diego, un capo de la 12, la barra brava de Boca Juniors me llevó a Cocodrilos, nadie sabe dónde vive Maradonam pero yo sé a dónde va Maradona todas las noches, y así fue como todas las noches durante seis meses de mi vida me dediqué a ir puntualmente a Cocodrilos.

La primera noche que llegué a Cocodrilos, el patovica de la puerta indagó por mi procedencia. Mi amigo de la 12 le dijo que era un colombiano que venía desde Cuba para hacer una película sobre Maradona y entregarle la camiseta del Tolima. El patovica de la puerta me miró de arriba abajo, pero me dejó entrar a pesar de ir en pantalonetas.

Y si Cuba es el paraíso del golf, de los habanos y del festival del nuevo cine latinoamericano, Cocodrilos en Buenos Aires es el paraíso de mujeres torcídesnudas bailando y haciendo piruetas en tubo que lo hacían brillar con sus tetas aceitadas.

Ver esas chicas haciendo maromas en un tubo fue como ver ferraris en la Habana o como ver al Diego metiéndole la mano por el culo a la reina de Inglaterra en ese famoso uno cero, o cómo tocar la bandera que le robaron los del chacharita a los hooligans, algo que nunca olvidas.

De Cocodrilos salí con novia portuguesa teibolera pero sin ver al Diego, el patovica de la puerta al verme salir a las seis de la mañana, sintió pena ajena, tuviste mala suerte, el Diego siempre viene y justo hoy no vino, pero ven mañana que fijo viene el Diego.

A la otro día fui y me senté a esperar al Diego, el tipo de la barra pregunto porque había un tipo en pantalonetas, con una remera amarilla y tomando Coca Cola sin azúcar en un lugar donde todo mundo toma whisky, el patovica le explicó que yo era un colombiano amigo de los cubanos y del Diego que viene a hacer una película con Maradona, dile que suba.

Así que subió al segundo piso de Cocodrilos, y si Cuba y Cocodrilos eran el paraíso del Diego, el segundo piso de Cocodrilos era el cielo maradoniano. Las chicas en el primer piso bailaban torcídesnudas y arriba, en el segundo piso, caminaban como Maradona las trajo al mundo y calentaban sus cuerpos para salir a bailar alrededor del tubo. Hay una pizzería y te podés comer gratis toda la pizza del mundo, además de un dispensador de Coca Cola Zero gratiniana. Estaba en el cielo maradoniano.

Las paredes del segundo piso están rodeadas de recuerdos del Diego, recuerdos que él mismo traía y ponía allí. Era el museo privado del Diego, no hay una foto de d10s abrazado a la portuguesa, pero está la foto de Maradona en su casa de campo y al lado están las chanclas con las que el Diego sale en la foto, está la foto de Diego bajándose de un avión y está el tiquete del vuelo que hizo Diego para llevarle a Fidel la camiseta con la que  fue campeón del mundo en el mundial.

El Diego siempre va al segundo piso, no va al primer piso. Ya estaba cerca a Maradona, ya olía su sudor a campeón del mundo y el aroma a gasolina quemada de su Ferrari, y ya podía escuchar su grito de gol frente a los ingleses, pero no. Me gasté seis meses esperando a Maradona en el segundo piso de un prostíbulo, comiendo pizza y portuguesas gratis, y el Diego nunca llegó.

Todas las noches asistía puntualmente a Cocodrilos, y pronto pasé de ser el colombiano que venía de Cuba y quería hacer una película con el Diego, a ser el colombiano amigo del Diego que viene todas las noches a esperar al Diego. Empecé a sentir algo de culpa por comer pizzas y portuguesas por cuenta del Diego.

A veces cobardemente me preguntaba, ¿y si llega el Diego y no me reconoce?... En fin, pero seguía asistiendo todas las noches a esa iglesia maradoniana que es el segundo piso de Cocodrilos hasta que llegó la fatídica noche del partido Argentina vs Ecuador en cancha de Núñez, en el monumental como el culo de la portuguesa.

No todo era fútbol, terminé viviendo en el piso de la portuguesa, asistía a cine del Bafici, al malva y al rojas gracias a una carta de la revista El Salmón que decía que era corresponsal cultural enviado en misión secreta a Buenos Aires; pero la carta de la revista El salmón no me sirvió para conseguir entradas para el partido de la selección Argentina, los de la AFA son unos tacaños de mierda.

Así que para el partido Argentina Ecuador le pedí a mis amigos de la 12 que me consiguieran una entrada para ir a ver a la selección Argentina. "No te preocupés por la boleta, llegás y vas entrando sin saludar. Si el patovica te pregunta por tu ticket, le dices que hoy juega Argentina y que sos argentino y que tenes derecho a ver a selección Argentina", me dijeron que dijera.

Y así me fui, inocentes que somos los de Ibagué... me fui con la camiseta del Tolima, la misma que tenía en La Habana para regalársela al Diego, y en el primer cordón de seguridad les dije: "soy argentino, juega Argentina y voy para adentro". Y ahí me quedé esperando una hora, dos horas, tres horas y nada que mi argumento funcionaba con el Esmad argentino, que es igual de gonorrea que el colombiano (pero los de allá si se tomaron la sopita, y miden 3 metros gracias a su ascendencia italiana, los asados y la pasta).

Estaba en la impenetrable anillo de seguridad esperando un milagro, y de repente se detuvo una camioneta blanca, vidrios oscuros y no puede pasar. Ita y los patovicas del Esmad argentino se hacen los maricas, miran para otro lado. De repente se baja la ventanilla y es Diego, el mismo Diego que le metió la mano por el culo a la reina de Inglaterra y con esa mano les ganó la guerra de las Malvinas a los ingleses.

Y dios me habla, me dice "Carlitos, ayúdame a entrar que soy argentino y juega Argentina". Y lo que no pasó en seis meses en el club de golf, ni el segundo piso de Cocodrilos en otros seis meses, ocurrió en 30 segundos. Me quité la camiseta del Tolima, se la di al Diego y le dije: 2sos d10s y esa es la camiseta del Toli". Vi la sonrisa del Diego y una lágrima se me salió. Cobarde y llorón que es uno.

Y acto seguido, de un patadón tumbé la valla que no dejaba pasar la camioneta del Diego. Los cobardes a veces tenemos ataques de valentia y le dije al Diego: "seguí que estás en tu casa". Alcancé a cantar marado marado marado, cuando una multitud saltó y todos entramos tumbando vallas y patovicas. De algo sirve haber ido a la cancha del Murillo Toro toda la vida.

Entramos rodeando la camioneta blanca de dos puertas, la gente que había entrado tres horas antes se salía del estadio para ver a Maradona, el Diego en su camioneta blanca era Fidel entrando en caballo blanco victorioso a La Habana, en el caballo que le regaló un niño arriero de mulas y yo me sentí un poco ese niño.

Era la primera aparición en público de Maradona, llevaba varios años de exilio, volvía a la Argentina después de su terapia de golf, habanos y ferraris. Volvía a la cancha a ver un partido de la selección Argentina, la gente saltaba y saltaba, y la tierra temblaba igual a cuando Fidel entró victorioso en la Habana.

Esa noche vi el partido sin camisa, tomé el tren de regreso a la estación de Constitución sin camisa, fui a Cocodrilos sin camisa, me dormí en brazos de la portuguesa sin camisa, y nunca olvidaré la sonrisa de Maradona de ver a un gordo colombiano quitarse su remera y decirle "sos dios y solo te falta ponerte la camiseta del Tolima".

Se fue el Diego, se fue en su Ferrari negro, se fue a jugar golf con el Che Guevara y Fidel.

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