Es posible que Trump persiga en este conflicto objetivos que pasamos por alto

 - ¿Cuáles son los verdaderos objetivos de la guerra contra Irán?

Hoy es común entre los analistas políticos internacionales más objetivos e independientes la creencia de que Donald Trump, instigado por Benjamín Netanyahu, reinicio la guerra contra Irán sin estar verdaderamente preparados para librarla hasta el final. No creía que fuera necesario hacerlo, porque estaban convencidos de que sería una guerra que duraría una o dos semanas, creyendo que bastaría una operación de decapitación del régimen, como la realizada en enero pasado en Venezuela, para que el régimen de los ayatolas se viniera abajo en pocos días. Las protestas populares de febrero en Irán, manipuladas hábilmente por el Mossad, junto la confianza en que los kurdos iraníes, instigados por la CIA, se levantaran en armas contra Teherán, alimentaron esas expectativas. Ese error de cálculo. 

Hoy, cumplidos tres semanas largas de devastadores ataques mutuos, está claro que el régimen de los ayatolás resiste y que, en contra de todos los múltiples partes de victoria de Trump, Irán resiste. Y que está suficientemente preparado para librar la guerra durante más tiempo del que Trump podrá soportar. A menos que decidiera, como propone Pete Hegseth, su secretario de guerra, declarar la guerra total, imponer el servicio militar obligatorio, poner armar a tres millones de jóvenes y comprometer todo el formidable poder de fuego de sus poderosas fuerzas armadas en la guerra contra Irán. Con excepción de las armas nucleares, porque el contragolpe iraní al bombardeo de la central nuclear israelí de Dimona, convertiría en inhabitable el territorio de Israel. Irán puede sobrevivir a un ataque nuclear, Israel no.

Estos son los análisis y estas las razones por las que se suele declarar que la guerra contra Irán está perdida. No ha conseguido y difícilmente podrá conseguir su objetivo de derrocar al régimen iraní. Y menos aún el de “destruir Irán”, que es con lo que lo amenazó el presidente Trump sino “abría en 48 horas el Estrecho de Ormuz”. Yo mismo he suscrito estos análisis y estas conclusiones en otros artículos.

Creo, sin embargo, que es posible intentar otra lectura de estos acontecimientos si los inscribimos en la estrategia geopolítica de larga duración,  de la que el presidente Trump es actualmente el principal agente. Su objetivo de convertir a “América grande otra vez”, se pretende alcanzar tanto excluyendo a China del mercado mundial, como debilitando también la economía de sus aliados más fieles. Que son precisamente los que antes que China desafiaron con su formidable desarrollo económico: Alemania y Japón. Los países que les han resultado ambos indispensables para contar con un entorno económico inmediato favorable: Corea del Sur y el sudeste europeo en el caso de Japón y los países de la Unión Europea en el caso de Alemania.

Cierto: el milagro protagonizado por quienes fueron los más temibles adversarios de Estados Unidos no hubiera sido posible si los mismos Estados Unidos no lo hubiera permitido y estimulado. Como igualmente permitiría más tarde el milagro chino. Pero si lo hizo, no fue por generosidad o desinterés. Lo hizo porque estaba en su interés que se fortalecieran al máximo las economías de los países claves en su lucha mortal, de vida o muerte, con la Unión Soviética.

Permitiría más tarde el milagro chino. Pero si lo hizo, no fue por generosidad o desinterés

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética lo cambió todo. La fortaleza económica de Alemania y Japón comenzó a percibirse como molesta, los que hasta entonces se consideraban aliados indispensables comenzaron a ser considerados competidores indeseables. El llamado Acuerdo del Plaza, suscrito en 1985 en Nueva York, anticipó este decisivo viraje estratégico. Su principal objetivo fue devaluar el dolor con respecto al marco y al yen para encarecer las importaciones estadounidenses de los productos alemanes y japoneses y abaratar sus exportaciones a ambas potencias, en beneficio de los productores estadounidenses. A ambas les impusieron, además, la obligación de invertir en bonos del Tesoro los dólares excedentes obtenidos por sus exportaciones al mercado norteamericano. Y a todos aquellos mercados dependientes del dólar. La posibilidad de imponer este Acuerdo fue abierta por los informes de la CIA que anticipaban que la Unión Soviética terminaría perdiendo la guerra de Afganistán todavía en curso y que esta derrota estratégica precipitaría su disolución. Como efectivamente ocurrió. Había que comenzar en cintura a los poderosos aliados. 

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No es este evidentemente el lugar para intentar la más mínima  reconstrucción de la cadena de acontecimientos geopolíticos que ocurrieron desde entonces. La emergencia de China, la fundación de una Unión Europea liderada económicamente por Alemania, la creación del euro, la financiarización y desindustrialización relativa de Estados Unidos, etcétera. Lo que sí puedo es afirmar que a la luz de esta historia y de la estrategia de Hacer América grande otra vez, entiende mejor o por lo menos de otra manera lo que está pasando actualmente en la guerra de Irán.

Los analistas se preguntan cómo es posible que a la hora de ordenar el ataque contra Irán, Trump hubiera desestimado las advertencias de los altos mandos del Pentágono de que en respuesta Irán podía cerrar el Estrecho de Ormuz. El estrecho por donde circula el 20% de los hidrocarburos del mundo, tan fácil de bloquear como imposible de desbloquear a la fuerza. Pero ¿si Trump no desoyó estas advertencias sino, que por el contrario,  las tomó muy en cuenta? Si lograba, mediante una operación de decapitación, sumada a una rebelión popular y un levantamiento armado de los kurdos, el desplome fulminante del régimen, miel sobre hojuelas. Sumaría el control del petróleo de Irán al que ya ha obtenido de Venezuela, incrementado exponencialmente el control que tiene del petróleo de Arabia Saudí y de las petromonarquías del Golfo Pérsico.

Pero si no lo lograba sucedería es lo que de hecho está sucediendo. La prolongación de la guerra contra Irán ha cortado o reducido al mínimo el flujo de petróleo de Arabia, el Golfo Pérsico y la propia Irán, causando una subida vertiginosa de su precio. Que afecta a todo el mundo, como suele decirse. Pero especialmente a Alemania, cuyo poderío industrial está en abierto declive desde que se privó del acceso al gas y el petróleo baratos procedentes de Rusia desde la voladura de los gasoductos del NordStream I y II y la imposición de contraproducentes sanciones económicas a dicha potencia. E igual le ocurre a Japón, cuya industria depende enteramente de las importaciones de hidrocarburos de Medio Oriente. Y con China, cuya dependencia de dichas importaciones es muchísimo menor que la que experimenta Japón, dado la exitosa diversificación de sus propias fuentes de energía y sus acuerdos estratégicos con Rusia. Pero que sin duda sufrirá el impacto negativo de la subida del petróleo en la economía de países tan importantes para su comercio exterior como Vietnam, Myanmar, Tailandia o Indonesia.   Y no podemos olvidar a India, cuyo desafiante desarrollo económico se ve ahora seriamente amenazado por la espectacular subida de precios de los hidrocarburos.  

Muchos críticos se han burlado de las contradictorias declaraciones a lo largo de las semanas pasadas sobre el Estrecho de Ormuz: “Está abierto”, “ya lo abrí”, “si Irán no lo abre en 48 horas la voy a destruir”. Por lo que no tomaron en serio su afirmación, referido a sus aliados europeos y asiáticos, de que el cierre del Estrecho de Ormuz es un problema vuestro y no mío. Solo el 1% de nuestro petróleo pasa por él”. Es una exageración desde luego. El futuro ahora en debate del estatuto del dólar como moneda de reserva y su primacía en el comercio y las finanzas mundiales depende de cómo se resuelva finalmente la guerra en el Golfo Pérsico. Pero dichas declaraciones delatan los propósitos subyacentes de la guerra de Trump contra Irán: arruinar a Alemania y a Japón, inhibir el desarrollo económico de India e infringir un daño significativo a la economía China. Confiando, además, en que la economía de Estados Unidos podrá capear mejor que sus oponentes y rivales la tormenta perfecta generada por la prolongación sine die de la guerra en el Golfo, gracias al control de su propio petróleo y del petróleo de Venezuela y de México.

Es evidentemente una apuesta muy arriesgada, apuesta de jugador de póker que pretende ganar la partida sin tener realmente las mejores cartas. Él no cuenta con el hecho de que hay muchas variables fuera de control en el juego. Y que tampoco parece contar que entre sus poderosos adversarios destaca un jugador de ajedrez tan avezado como Vladimir Putin, quien ahora mismo es el directo beneficiario de la subida desaforada de los precios del petróleo, del gas y de los fertilizantes.  

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