Crónicas desde una cáscara de huevo (III)

Historias en tiempos de coronavirus: los zánganos de la pandemia

Por: Alexander Ortega Marin
abril 09, 2020
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Crónicas desde una cáscara de huevo (III)
Foto: Pexels

Es la tercera semana de confinamiento. Lo peor del encierro en París es sentirse como aquella película donde te levantas diez mil veces en la misma mañana, en la misma cama, vestido con la misma ropa, y la angustia de no saber cuál será tu estado de ánimo. De repente, siento un golpe en la ventana. En el vidrio se escurre la mierda grisácea de uno de los miles de pájaros que viven en el bosque de Vincennes cerca de mi casa. Abro la ventana. Huele a hierba fresca, a mierda de pájaro. El olor metálico y asfixiante de la polución de la ciudad ha desaparecido. Soñoliento, en la cocina, veo el desorden de la cena de la noche anterior. Preparo una taza de café. Antes del confinamiento, mi rutina comenzaba mirando desde la ventana de la cocina aquel telón de fondo para el aburrimiento: las calles de París. ¿Quién era yo hace tres semana atrás? Preocupaciones burocráticas para llenar papeles, pagar facturas, pérdida de tiempo en el teléfono, evasión total de mis verdaderos intereses y mucha pornografía antes de acostarme. Hoy soy otra preocupación, la más terrible: una llamada telefónica para decirme que alguien en la familia se ha muerto. Impotencia de viajar. Desde mi ventana, observo a una anciana mostrando las flores de su jardín a una mujer más joven. Estos son los detalles de la vida que no entiendo. Nos encierran en nuestras casas y los dos presidentes más poderosos de Europa nos dicen que este virus solo tiene un antecedente: la Segunda Guerra Mundial. Pero allá hay una mujer anciana que todavía quiere mostrar sus flores.

Ver: Crónicas desde una cáscara de huevo (II)

Me pregunto, ¿qué oscura idea tendrá esa mujer para matar a esa abuela con el arma biológica de su aliento?, ¿sus joyas? Esta escena matutina me recuerda los dos bandos iniciales que veo en Facebook: los histéricos, que como yo, no queremos matar a nadie con nuestra saliva, y los otros, aquellos que les importa un comino salir a la calle. Sin embargo, estoy casi seguro de que poco a poco la incertidumbre se ha vuelto la misma que aquella que siente cualquier preso encerrado en su celda y se pregunta cómo matar el tiempo antes de volver a mi libertad. Los que estamos confortables en nuestra casas con la comodidad de no preocuparnos de nuestro salario, vivimos el seudodrama de esclavos que se creen burgueses por la ilusión de tener un trabajo donde nos pagan por el tiempo de vida que nos roban. ¿El trabajo es una bendición? En Auschwitz los prisioneros eran recibidos por una reja de hierro con un letrero en alemán arbeit macht frei, “el trabajo los hará libre”.

Aquellos que viven en un cuarto con tres personas más. ¿Cuáles serán sus preguntas? Para hacerme una idea, me acuerdo de la Barranquilla, de los años noventa o como dice mi papá, de antes de Álvaro Uribe: en mi casa vivíamos seis personas, y solo contábamos con el aleatorio salario de mi papá. Ahora mis padres viven solos en una bonita casa de tres pisos que parece un pudin de matrimonio. Las preguntas de mis padres son muy distintas a las mías: mi mamá está muy preocupada por el alma de sus hijos. A mí solo me preocupa la cancelación de la cita para renovar mi visa en Francia. La anciana se inclina hacia un rosal como una mariposa, y a cada aleteo de aquel ser humano cansado, me pregunto si no sería mejor sacrificar la vida de numerosas personas ancianas y procurar la supervivencia económica de muchos jóvenes volviendo a reactivar el sistema lo más rápido posible. Mi egoísmo me hace cerrar la ventana, y me arrepiento de este tipo de preguntas, pero más me arrepiento de no haber comprado un televisor. Le tengo miedo a mi aburrimiento. Solo me han quedado las tres ventanas de mi apartamento y la vieja versión de un iPhone de pantalla quebrada.

¿Dónde están las coordenadas de la semana pasada?, me pregunto observando el fondo vacío de una lata de azúcar. Ya no hay azúcar, ni tampoco el horario, ni la voz de un jefe, ni tampoco la ruta de transporte. Ha desaparecido la ilusión del descanso del fin de semana. El algoritmo en Facebook ha sido reconfigurado.

¿Tomé una ducha ayer?, me pregunto avanzando hacia mi habitación. A cada paso sobre el suelo ajedrezado de mi apartamento, soñoliento, me pregunto para qué servimos, en momentos de crisis sanitarias, esas personas que hemos consagrado nuestra vida a carreras universitarias realmente improductivas. ¿Se sentirán inútiles también como yo?, ¿qué preguntas se harán? Soy profesor de español y literatura, con una vocación de periodista frustrada, pero no me hecho mentiras: mandar correos con verbos para conjugar lo puede hacer una máquina. ¡Vaya ironía!, mi título universitario y mis abrigos comprados en Zara son la misma “cosa”: vanidad inservible colgada en un perchero.

¿El talento de un cajero de supermercado tiene más valor que un diploma universitario de la Sorbona?

Ayer mi vecino, el banquero que vive justo enfrente de la ventana mi habitación, pidió un plato de comida por Uber. Imagino que es banquero por el lujo y lo inmenso de su apartamento. Siempre está solo y todas las noches, antes de acostarse, mira una serie en Netflix. Antes del confinamiento era divertido mirarlo recibir a sus amantes y verlo mirar con insistencia frente al espejo. Ahora pasa mucho tiempo frente a su computador con muchas carpetas sobre la mesa, hace ejercicios, se mira el abdomen al espejo compulsivamente. Mira su teléfono en el sofá y espera la noche para ver televisión. Ayer, el chico del domicilio puso en la puerta del edificio la comida en una bolsa. Mi vecino la recogió con un palo de escoba, y luego, lanzó el dinero en una bolsa. Kapuscinski, el periodista polaco, cuenta en uno de sus libros sobre aquellos trueques milenarios hechos en el desierto del Sahara. Las personas de tribus nómadas dejan un objeto sobre una piedra por días, incluso meses. Luego, si otra persona necesita el objeto, lo toma y deja a cambio otro objeto. Códigos comerciales basados en la confianza. Sin embargo, la escena de ayer se asemeja, tal vez, a la relación parasitaria entre el tiburón y el pez rémora. El pez rémora en vez de buscar su propio alimento, prefiere adherirse a tiburones grandes, alimentarse de los restos de la comida que salen de la boca. El pez rémora no se desgasta. Tampoco invierte energía cazando. Siempre está bien alimentado. El pez rémora y el tiburón viven en armonía.

Pero mi vecino no dijo gracias. Como muchas personas de mi edificio, los zánganos de la pandemia, es decir, los que podemos trabajar desde nuestra casa, coexistimos en una relación más injusta que la parasitaria con las personas que nos sirven. Está basada en la jerarquía social de nuestros salarios y la miserable utilidad social de choferes, mensajeros y cajeros de supermercados. Somos iguales ante la ley, pero ante el código laboral los ciudadanos no somos iguales. Parecería que solo existimos por nuestra utilidad hacia el sistema. Los vencedores de la mundialización, los que pueden ahorrar, viajar, pagar internet y confinarse en la soledad de sus apartamentos, están matando el aburrimiento en Netflix y cervezas frías en la nevera. Hace dos semanas atrás, el debate en Francia era la reformas pensionales pero resulta que el pánico hacia el virus le ha dado un rostro, una voz, a aquellos que protestaban. Nosotros, los esclavos burgueses que aplaudimos a las ocho de la noche, una vez acabada la amenaza del contagio, no saldremos, de la noche a la mañana, a defender a los más desfavorecidos. Y lo peor: los que nos hemos escudado en la trampa del intelecto para, desde nuestros computadores, analizar la situación, volveremos a nuestros cursos de yogas, con un profesor que recibí siete euros la hora.

Ahora que lo pienso, veo claramente la hipocresía de mis análisis al prepararme el desayuno. Hay un principio budista que dice: un gramo de acción es más efectivo que una tonelada de reflexión. A nosotros los zánganos, los privilegiados-deprimidos, ¿quién nos enseña a ser solidarios?

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