Crónica de un viaje en medio de la pandemia

Por asuntos laborales, este hombre tuvo que salir de la ciudad y embarcarse en una travesía hacia los llanos orientales. Relato

Por: JOSE CARLOS COELHO DE OLIVEIRA
julio 06, 2020
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Crónica de un viaje en medio de la pandemia

No puedo dejar de reconocer que cuando mi amigo Juan Manuel me confió la ejecución de su programa de inseminación artificial en su finca me surgieron sentimientos encontrados. Por un lado, la satisfacción de poder tener una excusa legal para escapar al encierro provocado por la pandemia, ya que me encuentro dentro de las cuarenta y tantas excepciones del aislamiento obligatorio, y la posibilidad de volver a una región que siempre me atrajo, como son los llanos orientales colombianos, lo que conlleva siempre un sabor de aventura y más aún en temporada de lluvias. Por otro lado, los temores que genera salir de la casa y abandonar la aparente seguridad de estar protegido del posible contagio en estos tiempos tan extraños. Luego de convencerme de que iba a viajar a una zona de mínima circulación viral, temprano, empecé a recorrer los 380 km que separan mi casa de la finca Buenavista.

El recorrido entre Bogotá y Villavicencio se realiza en aproximadamente tres horas y así lo recorrí a ritmo de noticias y música, en una carretera con poco tránsito, y tres o cuatro controles policiales donde había personal en uno solo y no me pararon. Había posibilidades de desayuno pero solo para llevar, por lo que opté por continuar con mate y agregar dos arepas boyacenses que compré en Puente Quetame. La carretera al llano es muy dinámica… desde que la conozco está en construcción y siempre genera aquella incertidumbre de saber cuándo se sale pero nunca cuando se llega, debido a que los cortes están a la orden del día debido a los constantes derrumbes sobre todo en época de invierno.

Sin embargo, llegué sin novedad y atravesé una extraña Villavicencio de norte a sur… extraña porque me encontré con una ciudad amable, ordenada, limpia, con poca gente y tráfico en las calles, lo que me permitió apreciarla en sí, sin tener que lidiar con el típico caos que muestra normalmente la capital del Meta.

Desde allí hasta Puerto Gaitán hay 220 km. La cinta asfáltica es recta y plana, permitiendo mantener un buen promedio. Primero aparece Puerto López, muy cambiado para bien en infraestructura, y donde percibí lo mismo que en Villavicencio. Allí regía el pico y cédula para entrar a los comercios, la gente en la calle usaba tapabocas y mantenía el distanciamiento social. A la entrada recargué gasolina en una estación Terpel, nuevita y con muy buen precio, donde me atendieron con tapabocas. De paso, descubrí en el centro un D1 con protocolo de control de cédula, uso de tapabocas y alcohol gel en el ingreso, que estaba cumpliendo 15 días de inaugurado, donde me abastecí de agua y de mayonesa. Con eso completé mi almuerzo, el cual había previsto llevando unas milanesas caseras, pan, lechuga y tomate, de manera de no tener que comprar comida en el camino, disminuyendo así las probabilidades de contagio.

En el trayecto llanero se empezaba a ver gente almorzando en algunos pequeños restaurantes de carretera, eso sí, sentados muy separados entre sí, pero fiel a mi consigna continué esperando el mejor momento para almorzar, lo que se dio antes de llegar a Gaitán, a la vera del camino, bajo un frondoso árbol.

Puerto Gaitán me recibió con un retén policial en el peaje Yucao, donde muy amablemente me pidieron que estacionara el auto para fumigarlo y mientras me dirigiera a una carpa de la Secretaría de Salud donde llené un formulario en el cual dejaba constancia de dónde venía, a dónde iba, para qué y mis datos de contacto. No siendo más, volví a la camioneta no sin percibir un fuerte olor a hipoclorito, lo que me llevó a preguntar al funcionario si la habían bañado con ese producto… muy feliz me dijo que sí y yo empecé a calcular cuánta vida le había quitado a la pintura de origen…

Puerto Gaitán también estaba muy ordenado y limpio, con su espléndido malecón sobre el Manacacías. Saliendo de Gaitán se cruza el río y en una transición inaparente se entra en lo que algunos denominan “llano adentro”, es decir, iniciamos el camino hacia las vastas soledades del sureste de Colombia. Luego de unos 10 km de asfalto, de repente aparece el camino de tierra gredosa, el cual si bien es transitable todo el año, se hace más o menos confiable dependiendo de las lluvias.

Ese 8 de junio estaba bastante oreado por lo que me propuse viajar suave esquivando huecos y piedras, disfrutando del paisaje y la estridulación de las cigarras con 30 grados centígrados a esa hora. Los 70 km los recorrí en unas dos horas hasta que finalmente divisé la antena de San Pedro de Arimena, que se encuentra a la izquierda, desviándose unos 2 km. hacia el río Meta. Continuando hacia el sur, unos 3 km más adelante, se atraviesa otro poblado más pequeño, Puente Arimena, y de allí a mi destino final solo faltarían cinco minutos. Luego de diez horas y bien al atardecer llegué a la finca sin inconvenientes, acompañado de un cielo espectacularmente plomizo por el sur, presagiando tormenta.

Comprobé una vez más lo hermoso de esa tierra y me llevé una imagen de positiva de sus centros poblados y de su gente, la cual en su gran mayoría está acatando las normas de aislamiento social. Lo anterior me lleva a concluir que no es que las ciudades y los pueblos sean feos o caóticos sino que el problema es la cantidad de gente que los habita… con el número de personas en la calle que permite este estado de aislamiento no hay duda que mejora la calidad de vida.

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