Crónica de un veintitrés de noviembre

Un relato de cómo se vivió el tercer día de manifestaciones, en el marco del paro nacional, en Bogotá

Por: Absalón Cabrera
diciembre 09, 2019
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Crónica de un veintitrés de noviembre
Foto: Las2orillas

Mientras el Esmad desocupaba la Plaza de Bolívar a punta de bombas de gas pimienta, entre las tres y cuatro de la tarde de ese sábado, después de dos días de marchas, diferentes grupos de estudiantes caminaban la ciudad como forma de protesta en el marco del paro nacional. Se respira un ambiente festivo. Los carros ondean banderas de Colombia, banderas blancas, y carteles en apoyo al paro. Sus ocupantes se asoman con cacerolas, pitos y vuvuzelas en respuesta a las arengas para alentar a los marchistas.

Un grupo de doscientos cincuenta jóvenes aproximadamente va por la carrera séptima con treinta y cuatro hacia el sur, con tambores, pitos y carteles en mano haciendo múltiples denuncias. Se detienen al frente del Museo Nacional ocupando dos de los tres carriles, para permitir el paso de los buses, taxis y motos, los cuales responden con pito y aplausos. Pasaron unos diez minutos y retoman la marcha por la carrera séptima hasta la calle diecinueve, camino en el que se fueron sumando personas con carteles en denuncia del asesinato de líderes sociales, críticas al gobierno, vivas al paro, entre otros.

Los agentes del Esmad estaban apostados en el Parque de los Periodistas y hacían sonar sus sirenas de vez en cuando, mientras se escuchaba el llamado de los marchistas a los que se encontraban en las empresas y edificios aplaudiendo la acción. Los estudiantes subieron hasta la carrera quinta con el aplauso y a la vista de todos los vecinos que, asomados por los balcones con pitos y las tradicionales cacerolas, expresan apoyo al paro nacional convocado por diferentes sectores sociales.

Los agentes del Esmad los reciben con gases lacrimógenos intentando dispersar la multitud, como lo han estado haciendo desde que desocuparon la Plaza de Bolívar. Evitando el enfrentamiento, los estudiantes cruzan por la carrera quinta hasta llegar a la calle dieciocho, donde los esperan más integrantes del Esmad que interrumpen la marcha. Frente a la imposibilidad de pasar, bajan por esa calle hasta la carrera sexta donde nuevamente son recibidos con gases.

Ahí salen heridos algunos de los participantes que son atendidos por integrantes de grupos de derechos humanos debidamente identificados y algunos vecinos solidarios. El gas lo disparan de manera frontal y se escuchan impactos de balín en las paredes. Para esos momentos el intento de disuasión de los manifestantes es evidente y la orden de no dejar que lleguen a la plaza es cada vez más clara. Con las manos levantadas los manifestantes gritan la consigna que se ha repetido a lo largo y ancho de Bogotá, ¡sin violencia, sin violencia!

En forma represiva, disparos de manera frontal y apuntando a la cabeza, los manifestantes son agredidos por los uniformados cercenando el derecho a la protesta pacífica. El grupo ya disminuido por efecto de los gases y heridos, llegan nuevamente a la séptima para tomar aliento y agruparse. Caminan hacia la calle diecinueve gritando: ¡no más Esmad! Pasan algunos minutos mientras se limpian el rostro por el gas pimienta recibido y se quedan en medio de la calle unos cien manifestantes que gritan: ¡fuera Duque!

En adelante es confuso. Los integrantes de derechos humanos presentes en el lugar indican que el Esmad va a proceder y sugieren que corran hacia las paredes. Los estudiantes, firmes en su derecho manifestar de manera pacífica, avanzan por la calle diecinueve hasta que los agentes comienzan a disparar a discreción sin seguir los procedimientos establecidos por el Derecho Internacional Humanitario, con disparos hacia la humanidad de los estudiantes en lugar de disparos parabólicos en el caso del gas pimienta.

Mientras se intenta resguardar la vida, algunos se alejan hacia las paredes y otros corren por la calle diecinueve. En medio de la confusión se escuchaban voces como "dele a cualquiera, pero dele". Pasan algunos metros huyendo de los disparos de diferentes proyectiles, bombas de aturdimiento; en ese momento un agente, con el arma apoyada sobre el brazo izquierdo y sosteniendo el arma con la derecha, disminuye el paso, inclina su rostro y dispara. A menos de diez metros cae un joven de donde no vuelve a levantarse.

Los minutos pasan y la incertidumbre colectiva exacerba los ánimos. Con valor y coraje los estudiantes se toman de la mano y rodean el cuerpo del compañero caído. Indolentes y sonrientes los integrantes del Esmad contemplan a los manifestantes y al joven herido durante unos veinte minutos, hasta que poco a poco se van retirando. Pasa media hora aproximadamente hasta que llega la ambulancia, acomodan el cuerpo en una camilla y lo transportan al hospital San Ignacio.

Muchos compañeros del joven están llorando y otros que presenciaron las acciones están indignados. Asomados por los balcones, los vecinos apoyan con consignas a los manifestantes que, con mayores ánimos, reanudan la marcha y caminan por la séptima en dirección a la plaza, donde nuevamente son agredidos por agentes del Esmad.

En un nuevo intento, a eso de las siete de la noche, los estudiantes insisten en ingresar a la plaza y esta vez el Esmad decide ya no atacarlos. Cientos se concentran en la plaza de manera pacífica mientras se preguntan: ¿por qué nos asesinan?

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