Crónica de recuerdos sociopolíticos que han hecho este presente

Como retribución a la memoria y a la honra de los líderes de ayer, un ciudadano mira atrás para reconocer el esfuerzo de aquellos que quisieron un país distinto

Por: HECTOR ARTURO
enero 14, 2022
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Crónica de recuerdos sociopolíticos que han hecho este presente
Foto: Pixabay

Luis Carlos Galán inauguró en Pasto la sede política del Grupo de Opinión Liberal (GOL), fundado con fervoroso entusiasmo con mi amigo, el abogado Jesús Alberto Solarte Benavides, quien me daba motivos para participar en esas elecciones de 1990, en las que, con grandes ilusiones y expectativas, aspirábamos por primera vez al Consejo Municipal de Pasto por esa corriente política, que pretendía encontrar la renovación, las alternativas, y la realización comunitaria, que todos, de una u otra forma esperaban y aplaudían.

El acontecimiento en el que se va difuminando la memoria, sucedió poco antes de la noche fatídica de Agosto del 89. La  inexistencia de internet y de los celulares, para ese momento, no permitieron las fotos  digitales, abundantes e inmediatas con las que ahora se cuenta, y escasean, o están refundidos en los cajones anónimos de algunos muebles de los seguidores, los registros fotográficos que dan cuenta de aquellos instantes de la historia sin retorno, con la que se alimentan las nostalgias y se trata de almacenar la volátil majestuosidad de los recuerdos.

Pero estoy seguro de que en algún lugar existen, mostrando la figura de un Galán sonriente, rodeado de quienes desataban la experiencia de competir primíparamente en unas elecciones, convencidos de que la única posibilidad de decidir, era participar en el desarrollo y evolución de la sociedad, y en consecuencia, hacer parte de la opinión y la contienda, de forma que se pudiera ser artífice directo de cualquier evolución y cambio, para lograr, con el esfuerzo y el trabajo de todos, la inclusión y el desarrollo de las anheladas y sentidas transformaciones públicas.

Pocos días antes, ejecutando unas actividades de Ingeniería por El Bordo (Cauca), vi a Luis Carlos Galán sentado en una banca del parque de esa población caucana. Estaba absolutamente solo. Lo distinguí por su figura emblemática, su ensortijada cabellera, propicia para cualquier campaña publicitaria que trascendiera el tiempo, y aquella camiseta roja con la que casi siempre aparecía en los eventos con las multitudes.

Aunque, en ese momento de la tranquilidad y de la calma, no ostentara el poderío de su brazo en alto, ni su boca abierta exclamara con toda la fuerza de la convicción:.. “¡ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que fuere menester, sea!”.

Mientras continuaba mi camino, concluí que, tal vez, se preparaba para algún mitin político a desarrollarse más tarde, seguramente en el mismo sitio, o para emprender con entusiasmo alguna de las actividades de su campaña proselitista, que de seguro lo llevaría a ocupar la Presidencia de la República en los primeros meses del siguiente año. Nunca lo supe con certeza, aunque por mis deducciones lo supuse.

Lo cierto es que, en aquella ocasión, para mí curiosidad y mi extrañeza, no vi a nadie más alrededor suyo; o al menos, nunca pude verlo.

Tras un lacónico saludo: el de dos personas que ni siquiera se conocen en persona, pero que, trayendo de la memoria y los recuerdos los perfiles de sus propias fisonomías para intentar reconocerse, como si en alguna parte de la vida ya se hubieran visto antes, y coartado por mí timidez e incapacidad para preguntarle algo, o al menos, para pedirle algún autógrafo, como sugirieron después unos amigos al contarles el suceso, costumbre que nunca practicó por encumbrado que sea el personaje.

Y teniendo en cuenta, además, mi natural prevención frente a las figuras de la política colombiana, a quienes hasta ahora nada debo, mientras continuaba los pasos me quedé cavilando en la desprotección que aquel hombre ostentaba en ese momento preciso, cuando se sabía que desafiaba las maquinarias y los cánceres sociales que lo amenazaban y perseguían, sin lograr explicarme cómo es que ahora aparecía de improviso ante mis ojos, así, de la nada, sin promoverlo ni esperarlo, desprevenido y tranquilo, como si tomara unos minutos de descanso en medio de la paz y la tibieza con la que despuntaba ese día, en aquel cálido rincón del populoso pueblo caucano, sin que en apariencia nadie lo cuidara, o sin que lo rodeara la parafernalia que ostentan o caracterizan a la generalidad de personajes de la vida pública, olvidados de que su importancia no está en la medida de cuántas personas le sirven, lo adulan, lo escoltan y rodean, sino en la magnitud y cantidad de personas a quienes de verdad sirven y otorgan sus capacidades y conocimientos.

Cuando buscan con ahínco la transformación de los comportamientos y el mejoramiento de la calidad de vida, al enrumbar los destinos de la patria,  y por supuesto los de su población completa. Y ante esa aparente soledad en la que se encontraba el personaje, resultado de mi perspectiva, me quedé pensando en lo desprotegido que parecía y en lo expuesto a un ataque inesperado, o talvez, mejor si así lo era, en la confianza que  seguramente sentía al pensar que nada malo podía sucederle, en tanto él se ocupara de los aspectos beneficiosos que su comportamiento personal y su política pública comprometían, no solo para satisfacción individual y el de su propia familia, sino para afectar en bien a la población, y en consecuencia a una nación entera.

Y mientras me sumía en todos estos pensamientos continué alejándome del lugar, en pos del compromiso laboral que ya aguardaba, y del hado feliz con el que se forja la volubilidad de la rutina.

Unas semanas después, mientras cumplía un compromiso especial en Latacunga (Ecuador), adonde había sido invitado alrededor de un evento que aglutinaba expositores variados de temas culturales, incluidos escritores, cantautores, poetas, pintores y músicos de varios países latinoamericanos, una voz desconocida me asaltó con la noticia, tras mi participación en medio de una de esas vistosas y originarias poblaciones indígenas que pueblan esa parte de la región andina, a la que nos habían llevado tras recorrer un serpenteante y empinado camino, que conducía a la majestuosidad de aquel refugio, y al oído ávido de los espectadores.

- ¡Héctor. Qué pasa en tu país! - me dijo exaltado.

- ¡Qué ocurrió! - le respondí con susto.

-¡Mataron a Luis Galán!- complementó.

Me parecía imposible. La falta del Carlos, en el nombre pronunciado por el informante para completar el del político, tal como siempre lo escuchábamos y al que nos habíamos acostumbrado, otorgaba la esperanza de que la víctima fuera quizá otra persona.

Alguien que por homónimo aparecía trágicamente en las noticias, causando el dolor derivado a su familia y a sus allegados más cercanos, pero sin el impacto que significaba eliminar la vida de un caudillo, situación que, a la velocidad del pensamiento y de confirmarse la noticia, nos colocaría ante la certeza de ser, de nuevo, otra generación similar a aquellas del pasado que vieron caer asesinada su esperanza, en el presente caso, a quien encarnaba la figura política más emblemática de la época, por su capacidad de incidir en la transformación del partido político tradicional de mayor impacto entre la ciudadanía, desde su fundación ya centenaria.

Lo que significaba vivir en carne propia ese sentimiento de dolor, de rabia y frustración que con seguridad sintieron las muchedumbres en el mediodía aciago del 9 de abril del 48, o ya en los inicios del siglo XX, cuando los hachazos cobardes y rastreros acabaron con la vida de aquel abogado liberal de origen antioqueño, cuya memoria deberá rescatarse hacia el futuro como simiente ejemplar de los verdaderos valores y conductas de esa raza y ese pueblo, para evitar cimentarla en las actuales distorsiones.

Militar y político del que Aureliano Buendía tomaría el modelo de su personalidad, para desarrollar la leyenda sin tiempo de la novela macondiana insigne, y quien, en ese trágico mediodía del 15 de octubre de 1914, mientras caminaba confiado por las cercanías del Capitolio, en la capital de la República, pensando quizá en la validez de sus propuestas y de su pensamiento, era destazado sin remordimientos ni misericordia por los calanchines cobardes e incapaces de cualquier meditación o análisis sobre sus propias actuaciones, limitados en su incapacidad moral e intelectual sólo a recibir los denarios de la traición, justificada por su  conciencia sin remordimientos, y a cumplir y obedecer las criminales órdenes de quienes, más arriba, eran, en el misterio de la criminalidad, los verdaderos titiriteros y ordenadores de tan aterrorizante fechoría.

Sin embargo, ahora las noticias se volvían contundentes, trayendo los detalles del mazazo cáustico en los que se convertía la evidencia: Luis Carlos Galán Sarmiento  había sido acribillado a tiros, por el sistema mafioso y corruptor que defiende sus propios intereses, temiéndole siempre a la renovación y al cambio; siendo, con seguridad, el mismo engranaje oscuro y melindroso que asesinó a Jorge Eliécer Gaitán y a Rafael Uribe Uribe, y que continúa persiguiendo y condenando a la ignominia o a la muerte, a quienes andan por la vida por rutas y comportamientos distintos a los fijados por la rigidez irracional del establecimiento, ahora arropado bajo otro disfraz, otras condiciones, otros cómplices oscuros y otra época, pero que, entre las brumas espantadas de esa noche de Agosto, volvía una vez más a acabar con la esperanza, y con la necesidad de modificar las costumbres y los desempeños arrastrados por la política y el comportamiento social tradicionales, con tal de no permitir la manifestación de nuevos pensamientos y actitudes, y en consecuencia, empecinado en limitar el acceso de la gente a las oportunidades de integración, de desarrollo y de progreso.

El regreso a Colombia me dejó percibir que ya toda la ruta del sur del país se hallaba militarizada tardíamente, estableciendo retenes y revisiones a vehículos y pasajeros, en procura de desmadejar las responsabilidades de los culpables y los asesinos.

Pero había soledad en el ambiente; y en muchos casos personales, la desolación mancomunada y convencida de que pasarían muchas décadas, antes de que apareciera de nuevo otro personaje que conllevara la misión en la que volviera a levantarse la esperanza.

El país, en su lenta pero continua caída hacia el abismo, siguió la racha de asesinatos de activistas, líderes políticos y candidatos presidenciales, que, en las últimas décadas del siglo XX, había iniciado con el del médico salubrista y educador Héctor Abad Gómez, al que siguió poco tiempo después el de Jaime Pardo Leal, como parte del plan de exterminio de los 3.000 o 4.000 seguidores de la Unión Patriótica, según datos que aún no logran certificarse en forma decisiva, continuando con José Antequera, en cuyo ataque delincuencial también resultó herido de gravedad el candidato presidencial por el liberalismo Ernesto Samper Pizano.

Luego, abaleando sin misericordia a Bernardo Jaramillo Ossa, Carlos Pizarro Leongómez, y pocos años después a Álvaro Gómez Hurtado, esto, sin contar con los centenares de civiles, policías, jueces y funcionarios acribillados por la guerra decretada entre el Estado y los narcotraficantes, y también entre ellos mismos, demostrando con ello la incapacidad mental e intelectual de crecer como país con proyectos productivos, honestos y de beneficio común, y no sólo con los provenientes de las telarañas oscuras tejidas por los traficantes de mirada torva y pistola al cinto, desarrollados en medio de las diferencias y las divergencias propias de la naturaleza humana y de la existencia en general, al fortalecer la mentalidad cuadriculada y asesina que solo ve la solución de los conflictos eliminando físicamente al contrario, por el único pecado de ser de izquierda o de derecha; de arriba o de abajo; de un lado o del otro; de un color de piel o de cualquiera muy distinto.

En fin, solo por pensar o actuar de manera diferente a la desarrollada por cada individuo, como si la condición natural del universo no fuera la del multiracismo, la variedad de especies, la diversidad de culturas y actitudes, y la diferencia de pensamientos o de ideas.

Y como si la tarea frente a la torre de Babel, milenaria y evidente, no fuera la de construir entendimientos, puentes y caminos que acerquen y determinen metas y propósitos comunes, sino la imbecilidad y el cretinismo de aniquilar y destruir al contradictor o al adversario, buscando imponer una sola hegemonía, o la de buscar el facilismo de obtener riqueza a costa del sacrificio de otros, o multiplicando las falanges de la actividad delincuencial, que produce el dinero mal habido con el que se lubrican las caletas enmarañadas de las mafias; lo que finalmente convierte en víctimas del propio invento a las mentalidades radicales y dogmáticas, las que, sin salirse de la solución final, plasmada en las desapariciones y el sacrificio inmisericorde de la vida, al buscar la meta desfigurada de su falaz victoria, terminan viviendo una existencia al borde del patíbulo, incierta, custodiada y perseguida al mismo tiempo, rodeada de temores y misterios, en la que, por una u otra razón, también pueden acabar de la misma forma como su incapacidad moral e intelectual propician, en seguimiento a la siembra y posterior cosecha de las diferentes violencias desatadas, y a la intolerancia cínica con la que conducen la segmentación de sus propósitos, revestidos de una justificación que solo su propia conciencia les permite disimular, tergiversar y hasta abolir, con tal de no aceptar su conexión con los hechos y protagonistas criminales, las acciones delincuenciales, y las masacres despiadadas y asesinas.

Para entonces, y como una olla de presión que intenta la sobriedad de su respiro, entre el vaivén inesperado de las actividades y las búsquedas de realización personal y profesional, en un remanso inusitado y tibio suscitado por la burbuja en la que habita la eterna validez de la palabra, para esos inicios de la década de los noventa, en medio de la crisis social que se vivía, en plena mitad del desencanto, se inventaron, entre otros muchos concursos.

El Primero Internacional de Grafitis, convocado desde Ibagué por el periódico cultural Prensa Nueva, que dirigía el escritor José Carbilio Valderrama, al que, entre otras muchas, llegaron las frases cáusticas que habíamos cavilado en varias noches de tertulia, de conversaciones y de música, siendo acogidas en una buena parte por el psicólogo y trashumante Gerson Ben David, para plasmarlos en algunos sitios estratégicos de nuestra somnolienta Villa, desatando entonces algunos editoriales y comentarios provechosos, en torno al humor y reflexión que aquellas sentencias picarescas despertaban, y que, al decir de uno de los directores de los periódicos locales, un ultraconservador adentrado en el arrabal de la opinión y del poder que manejaba los hilos de la burocracia estatal ya parcelada, dilucidaba en sus apreciaciones el origen de esta iniciativa como producto de personas de una especial inteligencia, interesantes y académicamente formadas, según su decir, con quienes, aseguraba, conversar así sea unos minutos y conocerlos en persona, debía ser, a la fija, mucho más llamativo y provechoso que hacerlo con el mismísimo presidente de la República, el entonces silencioso y enigmático Virgilio Barco Vargas.

Así decía ese comentario editorial que animaba esta creatividad y la ejecución de tan inocentes desahogos, hasta que, el rumor de las crecientes amenazas que ya rebuscaban los autores, y el rugiente pero seguro paso del peligro suspendió cualquier iniciativa, dejando para el recuerdo la obtención de la Primera Mención de Honor, concedida por el jurado calificador de aquel concurso, y el epitafio en vida que habría de identificar los rasgos de una personalidad en crecimiento, que, día a día, en medio del silencio y el anonimato meridiano, aprende, estudia, evoluciona y se construye.

- Soy un Ingeniero exiliado en la Poesía y un Poeta destinado a la Ingeniería - firmaba la identificación de aquella carta remisoria de los craneados grafitis ganadores, definición leída en Ibagué (Tolima) la noche de la premiación, descripción con la que intentaba reflejar, no solo el desempeño profesional y sus incidencias en la decisión y tejemanejes que determinaron participar en el concurso...

Sino también el viacrucis vivido por los profesionales de la arquitectura y la ingeniería  nacional, impedidos de acceder a los concursos de méritos y a las licitaciones públicas, porque participar en ellos de buena fe, no hacía sino legalizar la payasada que ratificaba al ganador direccionado de cualquier proceso, obtenido en contubernio con algun sagaz parlamentario y con varios agentes estatales, directivos de las entidades oficiales y en consecuencia ordenadores del gasto y por supuesto del contrato que permitía los ingresos anhelados y la correspondiente ejecución de la obra en curso, secuencia amparada bajo la falsa aureola de una nutrida y transparente participación en el proceso concursal, en razón a una cacareada pero falseada democracia, siendo además que aquellas expresiones con las que se remitían los enunciados, daban cuenta también de los artificios desplegados para hacerse a las pinturas sin levantar sospechas, con el argumento de la actividad constructiva desplegada, dando origen a los grafitis vivos, en tanto no los anulara el borroneo furibundo de quienes se sentían señalados o escogidos por el dardo feroz de aquel guante que se lanzaba al aire, para que quien se sintiera aludido se lo chante.

Con todo este marco de acción, cobraron sentido las frases consignadas y enviadas al concurso, destacándose entre otras las siguientes:

- Mi abuelita dijo no a la droga… y murió.

 - Obra de caridad: humanizar un médico.

 - Estamos llenos de vacíos.

 - Vendo risa y esperanza con experiencia:              

                                          Deme diecinueve.

 - Abajo la sotana; arriba la minifalda.

 - El amor es eterno mientras dura.

 - Pienso luego existo, sexo luego insisto.

 - Estas ganas de vivir, me están matando…

 - La letra con hambre……no entra.

 - Dios... se fue de vacaciones.

 - Caín no mató a Abel.

                      La Fiscalía.

 - Busco grupo político de extrema....pureza.

 - ¿VIVO EN COLOMBIA ?!

 - Somos sin ceros a la izquierda.

                                       Los Extraditables.

 - Voten! Voten!  Voten!.....

los politiqueros a la basura.

 - Amo la complicidad esporádica

De los amores eternos

- Robar no cuesta nada.

 Pero dado ese caótico ambiente de bombazos cotidianos, atentados, asaltos guerrilleros, atracos y secuestros, muerte de líderes y candidatos que se suponían fuertemente custodiados, y toda la demás parafernalia en la que caían bajo la lápida inclemente de la derrota final, los combatientes o las víctimas colaterales de uno u otro bando, esta tragedia nacional, cuyos capítulos de dolor se transmitían por todos los medios de comunicación, en los noticieros reciclados cada día, no hacía sino invocar la pronta terminación de la inmensa pesadilla, y la presencia determinante de un líder que pudiera canalizar el descontento, resarcir el tejido social, y convocar a la paz y a la cimentación de la justicia, de forma que la evolución de la novela cotidiana en la que todo el mundo se sentía involucrado, tuviera, a similitud de esas tramoyas consignadas en libretos, la presencia del protagonista bueno, que, a manera de héroe, resultara determinante en el rumbo correcto que deberían retomar los acontecimientos.

Al tiempo, y teniendo en mente la ironía de la trágica y reciente desaparición de aquel caudillo, que conllevaba la transformación de los alineamientos sociales y políticos, el grafiti consecuente nació de manera espontánea, conllevando el doble sentido en la ironía y desolación que su diversa interpretación causaba, siendo exaltado por su capacidad de interpretar la reciente realidad social, y la dualidad de no saber si se trataba de invocar el nombre del líder asesinado y a la vez el de un protagonista de novela, que resolviera de una vez por todas la problemática en la que el país se hundía, con su acendrada vocación de continuar sin salvavidas hacia el desolado camino del naufragio:

SE NECESITA GALAN PARA PROTAGONIZAR DRAMA NACIONAL

mencionaba la inscripción que ayudó a consolidar el premio ignoto alcanzado por mi nombre en esa mínima expresión de la literatura, a la que había sido convocado, siendo que, después, si las cosas no siguieron igual, como mínimo lograron empeorarse, dando la impresión de una desolación inminente en la que se sumía la indiferencia compartida de la gente, y la creciente sensación de desencanto.

La historia oficial no contada de la realidad social, hizo saber que las mafias del narcotráfico habían incidido, por no decir comprado, la Presidencia de la República para las siguientes elecciones; que en el consecuente período, ésta sería elegida con el apoyo de las guerrillas extremistas, bajo el sambenito de una paz cada vez más escurridiza e incipiente; enseguida, estaría soportada por los fantasmas energúmenos de la revancha y el paramilitarismo, atornillado en el poder por lustros enteros, salvo algunos amagos de oposición e independencia.

Todo esto, frente a la mirada impotente de los electores, que durante todos esos años nunca fueron testigos de la instauración en el poder, de las actitudes y comportamientos que representen la decencia, y entronice los valores y principios de respeto y dignidad que todo ser humano tiene por naturaleza, dando paso al reconocimiento espontáneo y natural que esa condición conlleva y necesita, para desarrollar a su alrededor los programas de gobierno, y la formación de una sociedad que tenga como meta actuar con honestidad y sentido de justicia social, a partir del individuo, base y fundamento para que reine la Paz verdadera, y se genere un entorno de creciente desarrollo y erradicación de la pobreza intelectual y física.

Nuestra campaña de ese tiempo también término en nada.

Siendo la primera vez que participábamos en la contienda electoral, que la Asamblea Constituyente de la época afianzaría proyectando en sus buenas intenciones la nueva Constitución Política que estrenaría la patria, avizorando novedosos horizontes, ante la terquedad y sociopatía enquistadas en un pueblo que no quiere reconocer sus debilidades y modificar el comportamiento nacido de sus estructuras mentales, y de sus inadecuados comportamientos y conductas, para avanzar de verdad hacia los caminos del desarrollo integral y del progreso, la visita a lejanas comunidades nos hicieron descubrir, en contra de nuestras raizales convicciones, que la compraventa de conciencias y de votos y la corrupción reinante, no solo se enquistaba en las altas esferas del desenvolvimiento público, sino también en las bases mismas de la población, a las que tales mañas ya habían permeado y conducido, al indicarnos que otros candidatos  habían pasado por allí anticipadamente, ofreciendo el caudal de sus prebendas para hacerse al condicionamiento oportunista y desleal de sus propias decisiones e intereses.

- Si nos dan más de lo que ofrecen otros que han venido, votamos por ustedes- nos dijeron

La decisión convencida de que solo el poder de la opinión sería el que debía acompañar nuestro emprendimiento electoral, sin recurrir a los cohechos y a las dádivas con las cuales se adquieren los sufragios, hizo que en aquella oportunidad, obtuviéramos novecientos de los mil votos requeridos para llegar a los escaños del Consejo, insuficientes en todo caso para cumplir con esas aspiraciones.

- Nos faltaron los cien votos que no quisimos comprar - me dijo resignado mi estimado amigo Chucho.

Entonces y para el futuro, supimos que era muy difícil transformar estas malas costumbres relacionadas con los afanes electorales, y que tal vez, de persistir en ello, solo debería esperarse el regalo de la vida, para comprobar si la luz volvería a aparecer al final del largo túnel; posibilidad que Jesús Alberto ya tampoco logró mirar a tiempo, porque sin que nadie, ni el mismo lo esperara, se lo llevó en sus garras una muerte prematura, promovida por una enfermedad de asalto que lo había sentenciado, sin que nadie, ni él mismo lo previera.

Treinta años después, empantanados en una cotidianidad en la que crece como flor silvestre la desesperanza, pareciera que en el horizonte, un tenue brillo de optimismo se aproxima, reviviendo la posibilidad de un nuevo encuentro con la añoranza de las expectativas y los sueños.

El reconocimiento de la personería jurídica a movimientos alternativos y a otros que parecían exterminados, incluido el Nuevo Liberalismo que fundara Luis Carlos Galán Sarmiento, dan pie a pensar que el rumbo de la patria está por comenzar a escribir las páginas de una nueva historia.

Y aunque todavía convive el monstruo inatajable del oportunismo, que compra presidencias y sufragios, jugando sin vergüenza con las necesidades básicas de la población para poder intercambiarlas; y aunque el gigante inacabable de la corrupción se revista cada vez con ropajes reciclables, ocultando entre los vericuetos de la impunidad aquellos desfalcos y torcidos con los cuales las noticias nos sorprenden cada día.

Y a pesar de que recirculan los nombres y las castas de siempre, buscando un poder al que se aferran centenariamente para continuar manipulando las conciencias, y mantener sin compasión el caudal  innominado de sus propios feudos.

Aunque todo esto se mantiene y permanece al parecer de manera inalterable, haciendo pensar que la posibilidad de renovación y direccionamiento adecuado del Estado será inmodificable a lo largo del tiempo, surge la sensación de que el pueblo, en general, está cansado de tanta subordinación e ignominia, y ha tomado conciencia, en una amplia mayoría, de la manipulación a la que ha sido sometido, y al desangre constante en el que un futuro promisorio les ha sido menguado y exprimido, para beneplácito de pocos y angustia y desorientación de muchos...

Que la gente, de a pocos, ha ido madurando la urgente transformación de la conducta personal, fundamento indescartable para lograr un cambio en los comportamientos colectivos, que acreditan la sentencia indicadora de que los pueblos tienen los gobernantes que merecen, de modo que elevar los índices de formación espiritual, de conocimiento, de educación y de cultura, haciendo de la historia el mecanismo que permite conocer los hechos para aprender de ellos sin volver a repetirlos; todo este conjunto complejo de situaciones y de logros, hará por fin que se escoja mejor a los líderes y representantes de la comunidad entera, de forma que se puedan exaltar y honrar sus capacidades intelectuales y morales, antes que el grosor de la billetera a la cual se supeditan las conciencias, cimiento fundamental para reorientar el destino de la patria hacia la concordia y la productividad, requeridas para lograr la armonía integral por la que viene el desarrollo.

Solo falta demostrar con evidencias contundentes que no se trata de revivir una ilusión, para encubrir afanes de nepotismo y figuración personal, al hacer que en apariencia todo cambie para que todo continúe lo mismo; que de verdad podrán tener oportunidad de ejercer su liderazgo, quienes demuestren sus méritos y los sostengan, sin recurrir a las mañas tradicionales que consiguen votos a cambio de prebendas, o que, una vez obtenidos los escaños en los que se apoltronan las canonjías del poder, los elegidos se olviden de la coherencia del discurso con el que casi siempre terminan embaucados los ingenuos, mientras, asegurados en la comodidad de sus curules, los elegidos actúan de espaldas a las cotidianas necesidades de la gente...

Se trata de verificar que se implemente la planeación y los presupuestos oficiales específicos y detallados para desarrollar obras, planes y proyectos, que tengan en cuenta el orden de las prioridades, y que no sirvan solamente para darse el vitrinazo estruendoso con el que se cortan las cintas de la inauguración, de obras muchas veces inconclusas, que se caen antes de entregarse al servicio, o que resultan mutiladas o inservibles, oculto todo esto en el devenir del bombazo maquillado de la inicial noticia, porque las garras sin alma de esa crueldad con la que se alimenta la codicia, resolvió apoderarse de los recursos que debían emplearse en la construcción de manera técnica, aún por encima de las necesidades y las aspiraciones de la gente, permitiendo el desvío de su ingreso al extracto escondido de sus propias cuentas.

Se trata de mostrar una acendrada y creciente vocación de servicio y una dosis reforzada de altruismo, para pensar prioritariamente y cada día en el bien común, antes que en el beneficio propio; se trata de devolver la fe en las instituciones y en la clase dirigente, para que el pueblo en general vuelva a confiar en ellos, al sentirse verdaderamente representados e inmersos en un ambiente de seguridad, de abundancia general, de orden, de respeto mutuo y de libertad para avanzar hacia el progreso mancomunadamente.

Se trata de que la justicia brille en cada acto personal y colectivo de la vida, para que la paz no sea solo aquella que se consigne en los tratados, sino la que se vive y se respira de forma perceptible en el ambiente; se trata de gobernar para conquistar con las actuaciones públicas a la masa inconforme de los apáticos y los indiferentes, porque se sienten tenidos en cuenta y son incluidos en la equidad de una nación pletórica de las oportunidades que se brindan; se trata de volver tangible la coherencia, de manera que todos se vean representados por una clase política y empresarial edificante y digna, con la que se trabaja de la mano para producir conjuntamente y en cada mañana la riqueza.

Porque solo cuando la nación, y todos los ciudadanos retornen la mirada a la sólida implementación de los valores y principios, de los cuales la inercia de la descomposición social nos ha alejado, se volverá a creer y a pensar que esta patria colombiana en la que nacimos y por la que luchamos decididamente, es la cuna permanente de la que podemos sentirnos orgullosos, porque nos devuelve con creces la siembra de amor, de dedicación, de trabajo, de esfuerzo y de constancia en la que todos nos empeñamos cada día, como retribución a la memoria y a la honra de los líderes de ayer, que, coherentes con sus pensamientos y emociones, sacrificaron su propia vida por tratar de construir una Colombia plena de armonía, de posibilidades de encuentro y desarrollo, de crecimiento personal y colectivo, donde el espíritu de cooperación y solidaridad permanente y mutuo, sea el compromiso que, de manera generalizada, nos conduzca a la realización y a la obtención integral del premio consolidado de la vida.

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