Confundida en un mundo de pandemia

"Mi mente sigue en marzo. Aún no entiendo qué sentí, qué siento y qué sienten los demás después de detener el mundo y aislarse de él"

Por: Natalia Farías Clavijo
octubre 20, 2020
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Confundida en un mundo de pandemia
Foto: Pixabay

Ya llevamos ocho meses de cuarentena y cada día es diferente, pero, igual, no existe un único sentimiento que pueda explicar este encierro porque ha significado distintas cosas en distintos momentos. En marzo la sensación de que se paraba el mundo fue caótica, un choque enorme en todos los aspectos. Las ruidosas calles de Bogotá fueron reemplazadas por aceras de cemento vacías, sin ningún manto de carros o personas que las tapara, y la noche del viernes se convirtió en un constante silencio frívolo y angustiante.

El primer mes fue un sentimiento difícil de describir, en realidad no sé bien qué sentía. A veces era, por llamarlo de alguna manera, “aventurero” salir de lo cotidiano. Intentaba mantenerme ocupada la mayor parte de tiempo para evitar caer en mi muy querida amiga, la depresión, aunque no funcionó.

Aun así, empecé a hacer cosas que antes no: saqué un lazo viejo del garaje y mi mamá me enseñó a saltar la cuerda, hice pan con mi papá, aprendí a cocinar maní, abrí Tinder, comí todo lo que pude, dormí, dormí, dormí y después no pude cerrar los ojos con tanta facilidad. Perdí la cuenta de los días porque todos parecían festivo, no un sábado, ni un viernes, era más un domingo porque daba esa expectativa de estar a punto de comenzar una nueva jornada.

Entonces se me acabó la energía. Ver las noticias empezaba a ser agobiante. Empecé a sentir que allá fuera había una vida y yo no la estaba viviendo. Todas esas cosas que antes tenían un significado para mí, ya no estaban. Mi cama se convirtió en un refugio y mi nevera también. Vi dos novelas de amor turcas y me enamoré del protagonista, también vi The Good Doctor con mi familia en una cama doble. Discutí con mi abuelita de 93 años porque no cree que exista el COVID-19, dejé de mirar por la ventana porque una persona ansiosa como yo no puede con la soledad de las calles, ni procesar la tranquilidad tormentosa sin que la cabeza lo bombardee con pensamientos incontrolables.

Salí a la calle posapocalipsis por primera vez en mucho tiempo. El tapabocas me estaba ahogando después de cinco cuadras... cinco cuadras tristes, tres droguerías sin alcohol, cuatro casas con una tela desgastada de color rojo que me aturde y me hace pensar en la realidad de mi país, filas y filas y filas y filas en el super. Mis manos resecas, me alejo de las personas, llego a casa, me lleno de amonio porque no encontré alcohol, me lavo las manos y la cara, me cambio la ropa y no tengo más nada que hacer.

Voy al trabajo, me asusto cuando veo a todas las personas cubiertas como si hubiera un virus letal... como en las películas. Ocho meses después y mi mente sigue en marzo. Aún no entiendo qué sentí, qué siento y qué sienten los demás después de detener el mundo y aislarse de él.

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