Con Hernando Santos por Sevilla

Aunque murió hace veinte años, la huella que dejó, tanto como persona como director de El Tiempo, no se borra. Una anécdota de alguien que lo conoció

Por: Francisco Henao
abril 24, 2019
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Con Hernando Santos por Sevilla
Foto: APA/Andrés Pastrana Arango

Con destreza lingüística, con la sutileza de los diplomáticos que saben ahorrar palabras que podrían causar incendios innecesarios, con la abnegación de deponer su juicio para perseguir fines más nobles como lo son el futuro de un país y el bienestar de una sociedad, con esa sapiencia que solo da el olfato para saber distinguir lo tumultuoso y que produce confusión, de lo admirable y fructífero que hay detrás de un planteamiento político, con una fina lealtad a los principios liberales que siempre han buscado robustecer un bien común y ampliar los horizontes de una nación que trata de encontrar su sitio en la comunidad internacional, con la dedicación, el sacrificio y la entrega —tan absorbente como la amante celosa que lo quiere todo— que exige la profesión del periodista, así condujo y dirigió, con valor estoico, Hernando Santos Castillo a El Tiempo, durante tantos decenios hasta convertirlo en una empresa formidable dentro del concierto periodístico nacional e internacional.

Tenía ese extraño e inmanejable don de conciliar posiciones encontradas, que es patrimonio de pocos y tan necesario a la hora de administrar y dirigir una empresa, en la que se manejan ideas, intereses, nociones políticas y egos opuestos, pero que es necesario acercarlos para hacerlos viables y en definitiva produzcan eso que se llama éxito, que es el objetivo final de toda empresa productiva si quiere mantenerse en la cúspide durante mucho tiempo. Ese arte de avenir tendencias disímiles era parte del secreto que atenazaba el savoir faire de don Hernando.

Yo lo conocí a comienzos de los años 70, cuando mi anhelo era convertirme en periodista. “Él es don Hernando Santos, el famoso Rehilete”, me dijo Manuel Piquero Pérez, Picas, a la sazón cronista taurino de El Tiempo y amigo mío, al presentármelo. Cuando escuché ese nombre, me temblaron las piernas. Para mí era algo así como un pontífice, el hombre que manejaba los hilos del país, en sus editoriales, precisos, claros, donde afirmaba si tenía que hacerlo, o negaba si era lo más conveniente. Luego me enteré que bajo Rehilete él firmaba sus noticias taurinas, que era uno de los amores de su vida. Aquel día que lo conocí estábamos en la ganadería de toros de lidia de Vistahermosa, de Antonio García, en un tentadero donde se probaba la bravura de las becerras. Si eran bravas, las seleccionaban como futuras madres de los toros destinados a luchar en las arenas de las plazas de toros. Al terminar la faena campera, en la casa del ganadero, que me recordaba los cortijos andaluces de toros bravos, hubo —desde luego— paella, queso manchego, jamón de Jabugo y vinos jerezanos. Antonio era generoso anfitrión y sabía de la prosapia de sus invitados. Ese día también conocí a Pepe Cáceres, uno de los grandes maestros del arte de Cúchares.

Yo suponía que estar frente a frente a don Hernando Santos —Hersán— era imposible. También lo suponía distante, ya que era una personalidad de hondos kilates en la vida periodística y política de Colombia. A veces las celebridades se aíslan en su fama. Brindamos por lo formidable que había sido el tentadero de las vaquillas y por el futuro encierro que Vistahermosa iba a lidiar en los días siguientes en la Santamaría. Y descubrí a un Hernando Santos cálido, cercano, asequible, multiforme, proteico, con un feeling en que la sensibilidad por lo humano primaba y se aquilataba porque sabía valorar lo que cuesta el esfuerzo de los hombres, comprometidos con un destino y unos ideales.

Otro día en casa de Picas, el día anterior a una corrida en la que se presentaba Paquirri en Bogotá, —el infortunado torero que pocos años después fue muerto por el toro ‘Avispado’ en Pozoblanco, por una cornada mortal—, don Hernando me contó de su amistad con el inmenso torero de Ronda, Antonio Ordóñez. Me dijo que había ido a la feria de Sevilla a verlo torear. Yo me emocioné dadas mis hondas raíces sevillanas y escuché ensimismado su relato:

“Al llegar a España, llamé a Ordónez. Nos citamos un miércoles, 5 días después de su actuación en Sevilla, en su casa de la calle Aires. Yo acudí a la Maestranza el día de la corrida. No olvido el cartel: Ordóñez, Diego Puerta y Curro Romero. Fue una corrida inolvidable. Ordóñez demostró que era insuperable, pero falló con el estoque y le dieron solo una oreja. Y Puerta armó la locura en los tendidos, cortó dos orejas y un rabo, fue grandioso.

Acudí a su casa el día señalado y me recibió con muestras de afecto. Hablamos de la corrida, y luego salimos a ver Sevilla. “Una ciudad con mucho embrujo”, me dijo. En la puerta de su casa el maestro tenía preparado un coche de caballos. Desde el coche me mostró Sevilla. Estuvimos en la Plaza de España. Llegamos a la Giralda, en la calle Mateos Gago, nos detuvimos, tomamos unos tintos de verano. Fuimos a la plaza de doña Elvira. Me habló de su padre, Cayetano, Niño de la Palma, que había toreado en Bogotá, en los años 30. Ordóñez era entrañable, a pesar de ser un figurón de postín. Aquellos días en Sevilla quedan para siempre en la memoria”.

Yo me fui para Augsburgo y Madrid a estudiar filología y no volví a ver a don Hernando, hasta hoy que lo recuerdo caminando por Sevilla —la ciudad de mis amores—, plácido, con su sonrisa velada que nunca lo abandonaba y los ojos de búho con que observaba el mundo, y llevando como cicerone a una de las máximas figuras que ha dado el toreo.

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