Comprar y consumir no es únicamente nefasto en Navidad

Una crítica al consumismo navideño o al problema de cómo hombres, mujeres y duendes fabrican para nuestro disfrute, lo cual apunta a producir de una forma distinta

Por: Jan Hadza
diciembre 20, 2017
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Comprar y consumir no es únicamente nefasto en Navidad
Foto: Abelardo Fonseca

Entre las luces de colores, los pegajosos villancicos y el cálido ambiente familiar navideño, ya era costumbre, desde mi posición, marcadamente anticapitalista, criticar con vehemencia y rabia el consumismo exacerbado de esta época del año. Y es que las calles convulsionadas del centro de la ciudad y los pasillos de los centros comerciales atestados de personas, comprando sin control al ritmo del sonido ensordecedor de las cajas registradoras, siempre me han generado una variada cantidad de sensaciones que van desde la rabia hasta el desconsuelo.

¿Cómo no quedar anonadado al ver a cientos de personas que se pisan unas a otras tratando de alcanzar un TV de última gama o un celular con descuento en el Black Friday? ¿Cómo no indignarse al ver la cara de muchos niños agotados y aburridos tras largas jornadas de compras navideñas? ¿Cómo no llenarse de rabia con los empujones y pisotones de las hordas que se agolpan en todas partes para comprar, comprar y comprar? ¿Cómo no sentir tristeza con las caras de sufrimiento y los gestos casi suicidas de los vendedores de almacenes y tiendas de cadena que desean con todas sus ansias que se termine la jornada? ¿Cómo no querer llorar con la frustración que millones sienten al no poder comprar absolutamente nada en esta época y tener que conformarse con ver con ojos brillantes las vitrinas repletas? ¿Cómo no quedar acongojado con el villancico del niño que le pregunta a su mamá dónde están los juguetes, y con la voz de la madre que le responde tristemente que el niño Jesús no le trajo nada de aguinaldo? ¡Qué cabrón es el niño Jesús!

Con esas escenas, muchos nos decimos en silencio: ¡Mierda! ¡Sí que estamos mal! Este consumismo decembrino es deshumanizaste.

Estos susurros silenciosos recogen los sentimientos de indignación de muchos que no ven con buenos ojos al capitalismo, pero también de muchos hippies posmodernos… ¡Perdón! Quise decir: buenos ciudadanos con hábitos responsables de vida que se preocupan por el planeta. Sin embargo, después de un largo tiempo de reflexión, llegué a la conclusión de que el rechazo enardecido al consumismo navideño no parece representar una posición decididamente crítica de lo existente, es más, sustancialmente no tendría nada de crítica, o bueno, al menos no en el sentido crítico que se aleja sin miramientos de posiciones “tibias” respecto al régimen productor de mercancías. Y aclaro, no quiere decir entonces que piense que el consumismo no es un problema, no, ni más faltaba.

Se me preguntará entonces ¿cuál sería una posición realmente crítica al respecto? Ante esto, podría empezar afirmando que la crítica simplona que ve el problema central en el hecho de que pobres y ricos se entreguen de forma desenfrenada al consumo casi dionisíaco de mercancías durante los días del último mes del año, nos puede llevar a pensar que el error está en que las personas compran demasiado y terminan endeudadas hasta el cuello (claro, esto último le sucede más a los pobres).

Lo anterior, nos dejaría ante un “individuo” irresponsable que no regula su comportamiento. Hasta aquí, en apariencia, el problema quedaría resuelto: hay que abandonar los hábitos y la mentalidad consumista. ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Pero si ya los Beatles lo había dicho: “It’s easy. All you need is love”.  Sin embargo, si lo dejamos así, todo queda reducido a un asunto meramente subjetivo. ¿Y bueno, cuál es el problema de que sea un asunto simplemente subjetivo? ¿Cuál es el problema con la subjetividad? ¿Dónde está el problema de creer que si somos más responsables con el consumo lograremos un equilibrio con la naturaleza y con nuestro ser interior? Pues bueno, si lo reducimos a lo subjetivo, pensado que, la solución pasa por cambiar de mentalidad, tenemos un problema gigante, pues estaríamos ignorando que el consumo de productos en cualquiera de sus formas es sólo una pequeña parte del complejo y amplio proceso por medio del cual funciona la economía capitalista. No está de más aclarar que esto no es un invento mío. Dicho proceso ya había sido analizado a profundidad por un desprestigiado pensador alemán en el siglo XIX, cuyo nombre, hasta nuestros días, sigue incomodando y levantando ampollas, si señores, Karl Marx.

El barbudo de Tréveris (barbudo como Santa Claus, otro experto en mercancías) nos mostraba cómo el sistema capitalista está determinado, primordialmente, por un elemento bastante objetivo que escapa y supera, en la mayoría de los casos, cualquier subjetividad: la producción.

¡Un momento! Pero si empezamos hablando de villancicos, centros comerciales, largas filas en almacenes de cadena, ambiente familiar y consumismo, entonces… ¿qué tiene que ver la producción en todo esto? Pues lo tiene que ver todo.

De tras del proceso de producción de mercancías (baratas, suntuosas, feas, caras, de mala calidad, chinas, indias, colombianas o marroquíes, da igual), hay varios sucesos problemáticos que nos pueden hacer entender porqué el consumismo no responde a un simple fenómeno subjetivo, sino que hace parte de la lógica estructural de las relaciones sociales capitalistas de producción.

Al igual que en el polo norte, donde las mercancías son creadas por pequeños duendes esclavizados que trabajan horas y horas sin parar, con una sonrisa de oreja a oreja, frente a bandas transportadoras y maquinas complejas, en el resto del mundo, hombres y mujeres, desposeídos de las herramientas y medios necesarios para solventar sus necesidades más humanas, trabajan horas y horas sin parar, produciendo infinidad de productos a cambio de un salario que exclusivamente evita que se mueran de hambre. ¡Sí! De la misma forma en que sucedía en el siglo XIX. Este simple proceso oculta muchísimos aspectos que no son perceptibles de forma simple por nuestros sentidos, sin embargo, todos son nefastos y brutales.

En medio de las jornadas laborales asfixiantes los hombres y mujeres, que fabrican mercancías, se convierten así mismos en una mercancía más, la cual, el dueño de las herramientas y maquinas ha comprado y utiliza como mejor le parece. La disfruta tanto que la exprime hasta la última gota. Lo peor de todo es que esta mercancía (la fuerza de trabajo de hombres y mujeres) no es como el celular que usamos hasta que se daña o las medias feas que usamos hasta que se rompen. Dicha mercancía humana tiene la capacidad de engendrar más y más mercancías, cosa que ninguna otra puede hacer, y es que para rematar, las mercancías que se producen a diario con ella, son mucho más de las que se necesitan para cubrir el costo de los salarios de los trabajadores que la poseen y la venden. No obstante, las mercancías sobrantes, que no son pocas, se las apropia aquel que tiene el título de propiedad sobre las maquinas y las herramientas.

Por otro lado, sin ser menos nefasto, en el proceso de crear productos, poco importa que los trabajos o actividades que realizan los hombres y mujeres sean diversos y distintos, todos quedan reducidos a simple fuerza de trabajo. Las actividades de los productores se homogeneizan a través de una medida: el tiempo medio de trabajo que a nivel social se necesita para crear los productos. Es decir, no importan si es un celular, un videojuego, un vestido o unas deliciosas galletas, y menos si el hombre, mujer o duende que los creo sabe de circuitos electrónicos, de costuras o de mezclar harina y huevos. No importa para que se utilizaran dichos productos sino como se podrán cambiar en el mercado. Lo que ya el barbudo alemán nos decía se cumple: la imposición de un valor de cambio a los valores de uso. De nuevo, esta forma de imposición es definida por la cantidad, en tiempo, de la fuerza de trabajo consumida para crear las mercancías.

En síntesis, lo más curioso de todo lo anterior, es que los productos creados no poseen en sí mismos dicho valor de cambio. El valor no es algo que se pueda tocar o ver en el producto, al contrario, ese valor es una mera objetivación social que se cristaliza en todo el entramado de las relaciones capitalistas de producción. En otras palabras, el valor de los objetos se determina de dicha forma no porque sea algo tangible que los hombres y mujeres, o los duendes, le pongan a cada juguete, vestido, o celular, sino, porque independientemente de las subjetividades o la opinión de cualquier persona, independientemente de que nos guste o no, el proceso de producir más mercancías de las que se necesitan (y que otro que no las produce se quede con ellas), y el hecho de reducir la diversidad de las actividades creativas al simple gasto de fuerza de trabajo y medirlo en tiempo, se impone a través de las relaciones sociales que hombres, mujeres y duendes establecieron, y que hoy, escapan a su control. En últimas, la asignación de valor de cambio a los productos, sucede y se impone, y sucede independientemente de que nos parezca inmoral, bueno, horrible o lamentable.

El proceso de objetivación de valor es tan objetivo y brutal, que importa poco si la mercancía esta rodando en una carreta en el centro de la ciudad o si está exhibida en la vitrina más brillante del mejor centro comercial. Esa mercancía, indistintamente del lugar donde haya sido producida, donde se venda y quien la compre, es la brutal cristalización de la explotación de seres humanos, y de la naturaleza que nos permite la existencia.

Hasta aquí todo muy bien, pero… ¿y el consumismo? No se me ha olvidado. El anterior proceso de producción, donde se impone a los valores de uso valores de cambio, se concreta en el momento en que vamos con nuestro dinero y compramos cualquier mercancía en cualquier lugar. Dicha compra es la que permite que el proceso se complete de forma exitosa y vuelva a iniciar de forma infinita, al punto tal que, se ha convertido en un proceso completamente cotidiano y normal, casi natural. Finalmente, como aquellos hombres y mujeres productores, después de su ardua labor reciben una cantidad de dinero como pago,  no les queda más camino que ir corriendo, como cualquiera de nosotros, a comprar los productos o mercancías que necesitan para poder seguir viviendo, y con esto, terminan por cristalizar la explotación de otros. Se trata de una especie de círculo vicioso. Por tanto, es un poco más claro porqué el consumismo es una consecuencia propia de la forma —estructural— en que se da la producción de mercancías en la sociedad capitalista, pues, para satisfacer las necesidades más básicas, pero también los deseos más absurdos, es necesario concretar la explotación de hombres, mujeres y duendes a través de la compra y consumo de productos.

Queda claro que, bajo la sociedad capitalista, productora de mercancías y objetivadora de valores de cambio, es inevitable, repito, inevitable, comprar y consumir mercancías, pues como todo buen engranaje necesita de cada uno de sus piñones funcionando coordinadamente para poder cumplir su función esencial. En ese sentido, es comprensible que, de manera general (salvo contadas excepciones donde el contexto coyuntural económico genera caídas parciales en el consumo de bienes), la dinámica de la compra y venta de mercancías tienda a agudizarse con la producción de las mismas, en la medida en que, por un lado, el desarrollo de las herramientas de producción se mantiene sin pausa, y por otro, elementos subjetivos e ideológicos entran en escena para impulsar el consumo desenfrenado. Tal como lo decía Marx en sus manuscritos del 44: “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas”.

En últimas, poco a poco comprendí que, comprar y consumir no es únicamente nefasto en Navidad; que no importa si consumo en mayo o en diciembre; que poco importa si compro en el baratillo del centro o en el más exclusivo almacén de la ciudad; que no importa si compro gaseosa con sabor a tamarindo o Coca-Cola; o si la camiseta que voy a estrenar es made in Bolivia o Bangladesh, pues, más allá del mes o del lugar o de la marca, todos los días y en cualquier lugar, dinamizamos y cristalizamos las relaciones de explotación capitalistas, es decir, la extracción de plusvalía, la reducción de los trabajos concretos a simple trabajo abstracto, la objetivación social del valor, la desconexión brutal entre el hombre y la naturaleza, etc, etc, etc. Por tanto, pienso que el problema de raíz no es consumir (¡Sí! ¡El problema del consumo también es importante), como tampoco considero que la solución sea convertirnos en hippies o ermitaños. Aquí lo realmente determinante es cómo hombres, mujeres y duendes fabrican lo que fabrican para nuestro disfrute, y por tanto, como la solución a tan terribles consecuencias debe, inevitablemente, pasar por pensar y apuntar a producir de una forma radicalmente distinta a como lo hacemos desde hace varios siglos hasta el día hoy.

Así que, de poco o nada sirve asumir el papel de Grinch anti-capitalista y mucho menos de hippie responsable y consciente, lo único que podría servir (¡Seguro que sirve!) es apostar por un mundo radicalmente distinto.

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