Cómo vive Olga Libia después de ser atacada con ácido

Cuenta su experiencia: 'Lo más duro fue ver a mi hija a los ojos'

Por: Jamir Mina Quiñónez
noviembre 26, 2015
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Cómo vive Olga Libia después de ser atacada con ácido
Foto: subida por autor

Caminó varios pasos por la sala de su casa, entre sombras visualizó la silueta de un hombre que se abalanzó sobre ella y la arrojó de cara contra el piso de madera, pateó su rostro varias veces, luego sacó un cuchillo y se dispuso a degollarla; en ese momento, Olga Libia despierta y estalla en llanto.

Pesadillas como esa son repetitivas cada noche desde hace un año, cuando su existencia dio un giro impensado. Por varios días, Olga figuró en los noticieros del país, y no precisamente por hechos positivos, su vida se convirtió en una cifra más de una sociedad indolente; para muchos solo fue otra mujer atacada con ácido.

Cuando habla de su experiencia siempre evoca momentos en Policarpa, un municipio al noroccidente de Nariño, donde nació, creció, procreó y vivió feliz hasta que el destino le arrebató casi todo lo que tenía y la dejó sola con su hija Blanca Ruth de nueve años; en su pueblo, Olga vivía con tranquilidad y regocijo, tanto así que la vocería de la comunidad -como presidenta de la Junta de Acción Comuna- estaba en sus palabras.

Ahora no hay amigos ni familia, tampoco presidencia y mucho menos tranquilidad, todo quedó sepultado cuando una madrugada sintió unos pasos en su casa; aunque dormía en la misma cama con su hija, no la quiso levantar. No sospechó de la maldad que la rodeaba y caminó varios pasos por la sala, hasta que sintió cómo alguien le arrojaba, con rabia depravada, una sustancia que le quemó la cara, el cuello y parte de sus brazos; cayó tendida en el suelo de madera y allí el ardor no la dejó reacionar.

Los vecinos de Olga se dieron cuenta por sus desesperados gritos y salieron a su auxilio, la comunidad no es tan grande, y tanto era el grado de confianza que había entre ellos, que las casas no tienen puertas, ni ventanas.

“En ese momento no pensé en lo grave que podía ser, solo sentía los quemones insoportables, mi familia me trasladó a Pasto y allí me vendaron la cara y casi todo el cuerpo; llegaron muchos medios de comunicación, me tomaban fotos y me hacían entrevistas, por unos días salí por todos los canales”, recuerda Olga.

El dictamen médico indicó quemaduras de tercer y segundo grado en brazos, cuello y cara. Al salir del hospital el miedo no la dejaba siquiera caminar, no quiso regresar al pueblo y empacó las pocas cosas que tenía, agarró a su hija y, con su rostro y cuello tapados por un chal que la acompaña donde vaya, se embarcó en el primer bus con dirección a Cali.

“Lo más duro fue ver a mi hija a los ojos, yo tenía la cara vendada y ella me preguntó: ‘mami, qué te pasó, quién te hizo eso’, yo no supe qué responderle y me puse a llorar”, relata.

Haber quedado con el rostro irreconocible no fue lo más duro; al llegar a Cali, el problema era conseguir dónde vivir con su hija. Una vieja amiga le brindó posada por unos días, pero luego argumentó problemas económicos y le pidió que abandonara su morada.

Con los pocos ahorros que tenía alquiló un cuarto en un barrio marginado  y cuando sus heridas le permitieron salir consiguió un trabajo, pero la paranoia trazó su destino.

Desde el día del ataque, Olga no pudo volver a caminar sola por la calle; sus miedos la llevan a un colapso emocional que por lo regular siempre terminan con una hospitalización de varios días.

“En las noches me levanto casi veinte veces a mirar si está bien cerrada la puerta, escondo las llaves y en cada levantada cambio el escondite”, comenta Olga, quien no volvió a caminar en las calles con su hija por temor a ser atacada en presencia de la menor.

El atacante no solo le arrojó ácido aquella noche, sino que terminó con su vida, la alejó de sus familiares, la desplazó de su territorio, la invadió de miedo y le clausuró los momentos felices con su pequeña, su gran motor de vida.

La sicóloga Claudia Lorena Tovar afirma que las víctimas de este tipo de ataques desarrollan síntomas de estrés postraumático que las lleva a alejarse de sus seres queridos y repugnar a la sociedad, con una desestabilización emocional que las puede conducir incluso al suicidio.

Afortunadamente, Olga no contempla entre sus pensamientos acabar con su vida, pero sí siente rechazo por muchas cosas que antes la apasionaban, ahora su transcurrir se resume en el chal que tapa sus partes afectadas; no sale de día, y de noche duerme por minutos, los que dura la repetitiva pesadilla que la despierta más de veinte veces: vive entre las sombras del pasado, el infortunio del presente y la desilusión del futuro.

“Cuando me ve llorar, mi hija me dice: mami, no te preocupes, no llores, que yo cuando sea grande voy a trabajar muy duro para que te puedas operar y ya no tengas eso en la cara”.

Según Olga, un ataque con ácido es el arma más letal contra un ser humano, le corta las esperanzas y le cambia la vida hasta el punto de relegarlo a una pelea difícil de ganar: la disputa contra el mismo ser, una lucha interna que en la mayoría de los casos termina en pérdida total.

A pesar de su tragedia, Olga sigue luchando; ahora trabaja en una cafetería, aunque se asusta cada vez que alguien la sorprende distraída y su sistema nervioso empieza actuar de manera negativa.

Las ganas de superarse por el bienestar de su hija la han llevado a pelear contra ella misma para buscar un futuro mejor, su deseo es poder vivir tranquila y en paz, que los atemorizantes recuerdos del pasado cesen y poder disfrutar de la vida como lo hacía antes.

Aunque en el último examen médico realizado unos tumores cancerígenos aparecieron en su matriz, nada de eso borra la sonrisa gigante que le regala a aquel que logre por unos segundos sacarla de su realidad.

 

Facebook: Jamir Mina
Twitter: @jamir_mina

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