Opinión

Cómo suceden los cambios… y cómo no

¿Cómo es posible que un acuerdo que ha salvado miles de vidas no tenga el apoyo de millones de colombianos? Los cambios son impulsados por movimientos, Crutchfield plantea varias condiciones

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junio 24, 2019
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Cómo suceden los cambios… y cómo no
Cambiar los corazones, las actitudes, creencias, es el medio supremo para lograr los objetivos. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

Cómo sucede el cambio es el título de un libro escrito por Leslie Crutchfield. Examina por qué algunas causas impulsadas por movimientos sociales salen adelante y otras fracasan.

Un profundo cambio es el que, se supone, produciría el acuerdo de paz en la sociedad colombiana. No obstante, los asesinatos de centenares de líderes y desmovilizados, en alza, van en contravía.

Acerca de cambios exitosos en Estados Unidos, Crutchfiled recuerda cómo, hasta bien entrados los 80, fumar era posible en restaurantes, aulas universitarias, aeronaves y muchos lugares públicos. La publicidad de Marlboro, la del hombre envidiable con música de Bonanza de fondo, era pan de cada día en todos los medios.

Sin embargo, el movimiento contra el consumo de cigarrillos, con numerosas vertientes, consiguió convertir el tabaco en un medio de consumo peligroso, desacreditado y, finalmente, arrinconado a lugares excepcionales para fumadores. Un triunfo en favor de la salud pública.

Paradójicamente, en los Estados Unidos, otra campaña, letal, ha sido también exitosa: la de la Asociación Nacional del Rifle. Armas y municiones están a la venta al público y las periódicas masacres en universidades, discotecas, colegios, iglesias, mezquitas, a la orden del día.

La aceptación del matrimonio gay en algunos países, la asimilación de la realidad del cambio climático y, por ende, la necesidad de enfrentarlo, son otras campañas de relativo éxito impulsadas por la convergencia de distintos movimientos.

Hay una campaña en Colombia, de crucial importancia, la de poner en marcha el acuerdo de paz, que no ha sido exitosa, que marcha sobre el filo de la navaja. O, en otra perspectiva, el movimiento de dificultar el proceso de paz o, en términos suaves, de ajustarlo o, en la versión extrema, “de hacerlo trizas”, cuenta con millones de adeptos.

¿Cómo es posible que un acuerdo que ha salvado miles de vidas no tenga el apoyo de millones de colombianos, así en el exterior goce, aún, de sólido apoyo?

Parte de la respuesta está en ambos lados de la moneda: lo que los gestores de paz dejaron de hacer, por un lado, y lo que los detractores del proceso sí realizaron en forma diligente. Una consecuencia: una espiral de violencia sin que la sociedad reaccione para evitarlo. La reconciliación está muy lejos.

¿Qué hace que cambios en la sociedad sean posibles? Los cambios son impulsados por movimientos y Crutchfield plantea varias condiciones:

Trabajo intenso en las bases: A Trump le importa un pepino que élites liberales de San Francisco o Nueva York, incluidos medios de comunicación, por prestigiosos que sean, le critiquen, generalmente, con razón, siempre y cuando él esté articulado a su electortado principal. No importa si miente, si ha sido acosador, si es una falacia que mexicanos humildes les estén quitando los puestos a los obreros gringos. El público son esas decenas de millones de trabajadores venidos a menos en las siderúrgicas, las fábricas automotrices, las extractoras de carbón, en fin, aquellos desplazados por la tecnología y la globalización y que no fueron atendidos a tiempo. 60 millones de seguidores en twitter, con quienes se comunica en forma directa, están atentos, a diario, de Trump.

En forma correspondiente, por acá, es difícil encontrar un líder de la talla de Álvaro Uribe, la cabeza de la oposición a los términos del acuerdo de paz. Su capacidad de comunicación con su base, fuera en los consejos comunitarios de sus gobiernos, o a través, hoy, de sus diarios trinos, es inobjetable. Su dominio sobre el presidente Duque y sobre congresistas del CD, como lo sabemos y lo resalta The Economist, es una realidad. Poco importa que personas de su entorno inmediato, ministros, familiares, estén detenidos. Aunque por ahora la Corte Suprema de Justicia no se ha pronunciado sobre su propio caso, Uribe habla a su base a diario, que lo escucha atentamente y espera sus orientaciones, sin que interese si nos molesta a algunos su tesis del estado de opinión.

Y, claro, no podría haber mayor contraste con las limitaciones comunicacionales de J.M. Santos, así muchos estemos de acuerdo con el proceso de paz.

Contar con estrategias del orden nacional y regional: ningún ejemplo mejor que la campaña del “No”, una estrategia, como dijo Vélez, el gerente de la misma, basada en buscar que “la gente saliera a votar verraca” y que lo obligó a tomar un avión 35 veces para ir a las regiones y juntar el rompecabezas. Contó cómo, en Apartadó “un concejal me pasó una imagen de Santos y Timochenko con un mensaje de por qué se le iba a dar dinero a los guerrilleros si el país estaba en la olla. Yo la publiqué en mi facebook y al sábado… tenía 130.000 compartidos con un alcance de seis millones de personas…”

El contraste con la campaña del “Sí” no pudo ser mayor. Estuvimos convencidos, los partidarios, de que el triunfo iba a ser automático, como de 70 – 30, tendencia ratificada por las encuestas previas. Con tal sobradez…

Conseguir aliados para la causa, particularmente aquellos que, por distintas razones, pueden ser problemáticos. Un gran ejemplo es la relación de Uribe y el CD con algunas Iglesias cristianas, poderosas movilizadoras de sus ideas, a las cuales había que abrirles espacios que, sin ser novedosos, parecían relegados por la supuesta independencia del estado frente a los poderes eclesiásticos. El auge en las referencias a Dios y la omisión, cuando se precisa, sobre la Virgen, la campaña contra la población LGTB, forman parte de una narrativa que descalifica el proceso de paz.

Cambiar los corazones, las actitudes, creencias: es, por supuesto, el medio supremo para lograr los objetivos propuestos, una vía que se articula con las observaciones anteriores. Muchos creen, en realidad, que Santos es castrochavista, que el proceso de paz equivale a la impunidad, que quienes apoyan la JEP son narcotraficantes, como lo dice una señora senadora, entre otros prejuicios. Hay, por supuesto, un correlato: la violencia de las Farc en su época armada y las innumerables víctimas, que no se sienten resarcidas. Y su falta de humildad para pedir perdón.

Lo anterior podría ser útil para emprender acciones que puedan hacer que el acuerdo de paz se cumpla.

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