¿Cómo piensa y siente un autista?

La salud mental y la inclusión son temas que están en boca de todo mundo, pero en la práctica, se ignora sistemáticamente a los autistas. Un acercamiento

Por: Nicolás René Gil Sánchez
agosto 05, 2021
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¿Cómo piensa y siente un autista?

El autismo es a la vez conocido y desconocido por todos. Se sabe su existencia, que ronda ahí por el mundo, pero se desconoce su funcionamiento, sus implicaciones y, lo más importante, el sentir de la persona autista, que está marcado por una profunda tristeza y por una intensa melancolía. El autismo no es uniforme, es un espectro; todas las personas autistas comparten un núcleo autista, pero la intensidad de sus síntomas varía en cada uno, siendo algunos de bajo funcionamiento, y otros, de alto funcionamiento.

El síndrome de Asperger se encuentra dentro de los trastornos del espectro autista (TEA), y las personas asperger autistas son de alto funcionamiento. ¿Pero qué es lo que caracteriza a todos los autistas? ¿Cuál es ese núcleo autista? Hipersensibilidad, incapacidad y dificultades para comunicarse, entender y relacionarse con los demás, torpeza motora, aficiones e intereses reducidos y obsesivos, conductas obsesivas-compulsivas, incapacidad para entender el lenguaje no verbal y para comprender el significado de lo social, entre otros síntomas. En resumen, el autista se mueve por el mundo de una manera distinta, es diferente a un neurotípico en su estructura. En su ser está configurado de manera diferente, por lo que piensa y actúa de manera distinta.

El autista no entiende los sentimientos de la misma forma, no entiende el lenguaje no verbal y las convenciones sociales; el autista siempre se interesa por los demás, pero no los comprende, y falla constantemente en su intento de relacionarse. No entiende las miradas, los gestos, los coqueteos, las expresiones. Los sonidos y las sensaciones las filtra de manera distinta; un ruido que para un neurotípico es normal para un autista puede resultar abrumador y estruendoso.

El calor o el frío pueden resultar tremendamente incómodos; el roce de la ropa puede resultar molesto; el cariño, los abrazos y los besos pueden ser impresionantemente vitales para él, pero también tremendamente molestos y punzantes. El autista quiere y desea profundamente, pero no sabe cómo actuar ni expresarse, demuestra su amor y su pasión de maneras atípicas, y en ocasiones su incapacidad lo hace parecer apático. El autista ve el mundo de una manera distinta y pragmática, es un racionalista por excelencia, chocando con los sentimientos y la cultura, con los extremos y los dogmatismos.

El autista siempre va en contra de la corriente, de la sociedad y la cultura; es un filósofo magistral y es por naturaleza un revolucionario y un objetor de conciencia: ¿por qué hay que vestirse así? ¿Por qué tengo que hablar así? ¿Por qué tengo que comportarme de determinada forma? ¿Por qué tengo que ser social? ¿Por qué tengo que ser normal? ¿Por qué hay que amar así? ¿Por qué hay que pensar así? ¿Por qué la sociedad es así? ¿Por qué existen estás normas? ¿Cuál es su sentido y su lógica? ¿No serían mejor otras?

La inmensa dificultad que tiene el autista para relacionarse con lo demás lo lleva a ser tachado como raro a lo largo de su vida. El autista conoce de primera mano la exclusión, y vive día tras día con la soledad y la pérdida. Es por esto que el autismo está íntimamente ligado con la ansiedad y la depresión, casi como si fueran síntomas mismos del autismo.

Estadísticamente, las personas autistas presentan en mayor medida trastornos de ansiedad y depresión, junto con trastornos obsesivos compulsivos e intentos e ideaciones suicidas. Ansiedad y depresión, profunda tristeza y melancolía, producto no solo de ser excluido a diario, de sentirse constantemente solos y raros, sino también de vivir en un mundo hostil y extenuante.

El autista es excluido, pero trata todo el tiempo de integrarse, lográndolo en ocasiones, pero a costa de un sobreesfuerzo desgastante. Cada encuentro con el otro es un desafío agotador. El autista no se siente parte de este mundo, no encuentra refugio en ningún lugar, se siente desamparado. ¿Cómo querer vivir en un mundo que constantemente te rechaza? En resumen, el autista vive desde el principio con una profunda tristeza y una intensa melancolía. La angustia lo acecha desde que tiene memoria y vive cansado. En todo momento se siente distinto, incapacitado y raro, y se victimiza por ello, pero él sabe que el problema está en el mundo y no en él. El problema son los demás que no se esfuerzan por comprenderlo.

El autista es asocial, tímido y callado. Es un rostro robótico, inexpresivo. Pero detrás de ese silencio el autista grita todos los días: grita con el cuerpo, con taquicardias, con fasciculaciones, con migrañas, con malestares gástricos, con comportamientos obsesivos, con ataques de pánico e ira, con llantos en las noches, con uñas mordidas, con intentos de relacionarse, con trastornos de ansiedad y depresión. El autista desea ayuda, pero no sabe cómo pedirla. Ante un mundo hostigante, la retirada parece la mejor salida, pero no lo es. El autista parece estar feliz solo, pero la soledad y el aislamiento solo son una reacción a la exclusión, al dolor y a la desesperación.

Los autistas son seres excepcionales y maravillosos, pero profundamente ignorados, excluidos y estigmatizados. La salud mental aparece hoy en el discurso, pero en la práctica se ignora sistemáticamente a los autistas y su sentir. En los colegios, en las universidades, en las familias y en la sociedad en general se hace la vista gorda y se ignora y rechaza al distinto. Desde mi experiencia personal como autista y asperger, en mi familia, en el colegio y en la universidad nunca se habló del autismo, como si no existiera, y siendo el apoyo inexistente.

La exclusión y la soledad han sido la norma, y junto a esto, la tristeza. A nadie le importa el autista, el raro, y menos aún cuándo se normaliza el creer que el autista está mejor solo en su mundo, alejado de los demás. Como el autista es asocial, es mejor dejarlo solo, ¿no? No hay refugio para el autista en ningún lugar, ni en el hogar ni en la universidad, ni en compañía ni en soledad. A nadie le interesa leer, informarse y comprender al autista.

A la sociedad no le interesa adecuar espacios y esforzarse por el distinto. Supongo que su destino es nacer triste, vivir triste y morir triste. La psicología y el psicoanálisis coinciden en que el autismo es de por vida, “incurable”, siendo imposible escapar de ese núcleo autista. Asociabilidad o retirada del lenguaje y del otro; trastorno neurológico o posición subjetiva; enfermo o distinto, ambas concepciones profetizan el mismo destino.

Debería ser hora de que las instituciones educativas tomen cartas en el asunto. Existe un más allá de los denominados trastornos comunes. Existen otras personas que aún no son escuchadas y tenidas en cuenta, lo cual es especialmente relevante dada la íntima relación entre autismo y depresión, entre autismo y suicidio. Los autistas tienen dificultades en el ámbito educativo y laboral, ¿hay que dejarlos a su suerte? Debería ser hora de que a este mundo le importe el distinto. Debería ser hora de que las personas que se jactan de defender la salud mental se interesaran realmente por los autistas; de que las personas que dicen estar del lado de los oprimidos se interesaran por uno de los grupos mas excluidos, en vez de techarlos de apáticos y egoístas.

¿Este mundo es solo para los neurotípicos? Porque día a día me convenzo de que es así. A fin de cuentas, el autista es un sujeto libre; está liberado del lenguaje y del otro. El autista no se deja significar, no se deja agujerear por la lengua ni se permite ser objeto de deseo del otro, sino que se distancia de ese otro.

El autista está libre del desamparo originario, de la angustia y del trauma; pero, paradójicamente, es angustiado y traumatizado por ello. El autista es pura libertad, puro libre ser, pura singularidad, puro goce y deseo, lo que lo hace el revolucionario por excelencia. ¿Cómo más explicar la angustia y la depresión del autista? ¡El autista sufre porque es en un mundo donde no es posible ser! ¡El autista grita contra un mundo que le impide ser! ¡El autista resiste día tras día! ¿No está el autista adelantado a su época, sea cual sea? ¿No es el autista lo que todos buscan ser? ¿No es el autista lo que toda teoría de la justicia anhela? ¿No es el autista el ejemplo vivo de la libertad? ¿No resuelve el autista la paradoja del lenguaje?

¿Cómo es posible que el autista, que está libre de toda atadura y tiene plena posibilidad de ser feliz, viva constantemente infeliz?

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