Colombia no está polarizada

“Esta es una narrativa utilizada electoralmente para excluir a las nuevas ciudadanías” 

Por: Iván Jairt Guarín Muñoz
octubre 22, 2020
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Colombia no está polarizada
Foto Nelson Cárdenas

En los últimos años se han puesto de moda los análisis que asumen la polarización como un hecho político, en particular, aquellos que se refieren a las elecciones presidenciales en distintos países. Sin embargo, aunque la polarización en apariencia es un fenómeno evidente, en realidad se trata de una sensación, una idea creada y promovida con intenciones electorales.

La polarización tiene su origen en los modelos de análisis dicotómicos que dividen los fenómenos en dos elementos generalmente antagónicos[1] (blanco-negro) y se caracterizan por: a) eliminar las gradaciones (los grises), b) desconocer otras posibilidades alternativas (otros colores) y c) evitar el análisis de contextos (combinación de colores). Entre las  explicaciones de relaciones dicotómicas del mundo se destacan: Estado-mercado, público-privado, desarrollo-subdesarrollo, centro-periferia, izquierda-derecha, ciencia-arte.

Una de las formas del análisis dicotómico de los procesos políticos es el enfoque de la polarización, que concentra la mirada en las dos tradiciones ideológicas heredadas de la guerra fría, izquierda–derecha, y desconoce la gran variedad de corrientes ideológicas de las nuevas ciudadanías y sus contextos.

El origen de esta división se ubica en el momento posterior a la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo se dividió en dos grandes bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética, que mantuvieron las hostilidades y una feroz competencia ideológica, tecnológica, económica y hasta deportiva, durante por lo menos 50 años. Este periodo llamado la Guerra Fría termina con la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética en la década de los 80, en el siglo XX.

Durante la Guerra Fría se mantiene la lógica de reconocer como protagonistas de los procesos políticos solamente a hombres, adultos, blancos, religiosos y ricos, lo que refleja la institucionalización de la cultura política patriarcal, autoritaria y confesional, que en este texto se llamará el “antiguo régimen”.

El resto de la sociedad fue excluida de los escenarios de poder pese a la importancia de su participación como líderes y lideresas, mano de obra, soporte económico, víctimas. Todos estos seres humanos que dieron su vida por las causas políticas —muchas veces obligados y otras, de forma voluntaria— fueron invisibilizados hasta de la historia, que se escribió con esa misma lógica excluyente.

Con la llegada del siglo XXI la humanidad ha sido testigo de una gran transformación en los procesos políticos. La revolución de la comunicación, el avance de la globalización, el ascenso de las redes sociales y la difusión de las teorías del pensamiento complejo, entre otras, generan nuevas oportunidades e interacciones sociales. Al mismo tiempo, se produce un cambio en el marco ético de las sociedades: la protección de la vida y su ambiente se convierten en los valores principales de las nuevas generaciones.

Este cambio de prioridad ética, sumado a las luchas por el reconocimiento de los sectores tradicionalmente excluidos, conduce el surgimiento de las Nuevas Ciudadanías en el escenario político. Mujeres, jóvenes, negros, indígenas, minorías sexuales irrumpen y transforman la agenda pública y mediática con nuevas banderas.

La lógica bipolar de derecha-izquierda desaparece lentamente y comienza a ser reemplazada por la diversidad de luchas en defensa del ambiente, los animales, la igualdad y la equidad, la inclusión, la justicia, el consumo responsable. Nuevas prácticas se generalizan y se comienzan a institucionalizar como el reciclaje, la separación de residuos, entre otras. En resumen, las nuevas luchas se concentran en la dignidad humana, la democracia y la protección del planeta.

Por todo esto, los análisis construidos hoy en día con el enfoque de la polarización quedaron anacrónicos y aunque constituyen en un retroceso, existen sectores políticos que insisten en el enfoque polarizador como una bandera política:

1. Los representantes del “antiguo régimen”, es decir, los protagonistas de la guerra y los beneficiarios del sistema que quieren mantener el statu quo y ven los cambios éticos y políticos como grandes enemigos de sus intereses. Son sectores que se niegan a ceder el paso a las nuevas ciudadanías y se empeñan en mantener el mundo de la Guerra Fría, tanto en la derecha como en la izquierda. Estos actores posicionan neologismos como: castrochavismo, neocomunismo, neosocialismo, neofascismo, para mantener vigente la idea de un poderoso enemigo que convoque la unidad nacional.

2. Los autodenominados de “centro”, que no están interesados en el debate sobre modelos ideológicos sino que toman de cada extremo lo más conveniente de acuerdo con la coyuntura. Estos sectores defienden la bandera de la tolerancia y se presentan como moderados pero sus discursos son contradictorios, carecen de identidad y de propuestas concretas. Los sectores de centro necesitan de la narrativa polarizadora para justificar su existencia como opción política diferente: si se rompe la lógica de los dos extremos el centro desaparece. Por esta razón son los más interesados en promover el enfoque de la polarización.

Un nuevo enfoque de análisis debe reconocer las nuevas fuerzas emergentes en el mapa político, con sus diferentes intereses, múltiples maneras de organización y de acción: feminismos, ecologismos, partidos, movimientos de orientación religiosa, progresismos, liberalismos, conservadurismos.

También debe reconocer las formas de organización y acción política en torno a causas y no a ideologías en donde se puede encontrar:

  • Causas poblacionales: grupos étnicos, minorías sexuales, poblaciones vulnerables, movimientos culturales, movimientos estudiantiles, juveniles, de mujeres.
  • Causas en problemas específicos, que van desde el cuidado de un parque hasta causas más universales como la protección de las ballenas y los océanos.
  • Causas en relación con el Estado y la política: la defensa de los derechos humanos, las veedurías, rechazo a la política tradicional.

Todos estos procesos políticos vienen avanzando y accediendo a espacios de poder. La época de las grandes ideologías que lograban la movilización con una explicación completa la realidad social, política y económica y que se convertían en dogma, le ha dado paso a una comprensión compleja e incluyente de la realidad, en la que, cada vez más, las nuevas ciudadanías, las causas y las poblaciones deciden la agenda en el marco de una nueva ética pública.

En conclusión: la polarización no es un hecho político fáctico sino un enfoque de análisis, asociado al “antiguo régimen”, que excluye a las nuevas ciudadanías y sus ideologías. La sociedad no está polarizada pero hay quienes quieren generar esa percepción.

[1] Dicotomía - RAE

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