Colombia y su complejo conflicto interno: las intermitencias de la muerte

En esta historia los enemigos de la paz han estado mucho más organizados y atentos que sus aliados. Análisis

Por: Sebastian Ronderos
septiembre 02, 2019
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Colombia y su complejo conflicto interno: las intermitencias de la muerte
Foto: Exército Brasileiro - CC BY 2.0

Los conflictos armados son fenómenos políticos, contingentes, cuyas dinámicas son siempre complejas y dispares. Hay, sin embargo, lecciones aprendidas, manuales para navegantes, mapeamientos de aquellos ejes vertebrales, puntos nodales, resortes de singular significancia en todo proceso de desarme, desmovilización y reintegración.

Es cierto, el optimismo es usualmente trágico: aproximadamente el 60% de los conflictos intraestatales se reavivan tras cinco años de común acuerdo (von Einsiedel, Bosetti, Cockayne, and Wan, 2017). El desarme exclusivo de una de las partes (Walter, 1997); la falta de control sobre saboteadores políticos, militares, económicos o mediáticos (Stedman, 1997; Nasi, 2006); la malversación de recursos o la evasión a regiones críticas (Forman and Patrick, 2000); y la falta de una plataforma coherente de reconocimiento y reconciliación frente a las víctimas afectadas (Galtung, 1998; Lederach, 1998) son tan solo algunos de aquellos lugares comunes que ocupan el espacio entre el silencio y el estallido de la metralla.

El caso colombiano tal vez sea uno de los más complejos. Pocas confrontaciones armadas internas han tenido duración comparable con la nuestra; y los rebeldes, si bien crecientemente incorporados en todas las cadenas de un lucrativo mercado ilícito, fortalecieron infaliblemente su carácter político en la articulación de una estructura político-militar disciplinada y jerárquica (Gutiérrez Sanín, 2004). Además, contadas agrupaciones guerrilleras han logrado sostener una estructura de tal envergadura y la condición ideológica —tan cuestionada en las grandes ciudades— ha sido invariablemente su principal cristalizador, permitiendo una sintonía de todos sus mandos tanto en guerra, como en proceso de desarme y desmovilización.

La luz que supo brillar en las negociaciones no pudo estar más ausente en su implementación. A Santos, principal artífice del acuerdo en representación del Estado, le bastó poco tras la firma para evidenciar sus más profundas motivaciones. El plebiscito fue el primer gran error en una cadena de infortunios anunciados. Al querer medir sus fuerzas con el uribismo, les abrió la puerta. Una traición no solo a su contraparte (las Farc) sino, y en especial, a las víctimas de la Colombia profunda. Restándole poco que disputar electoralmente, el consagrado ilustre nobel colombiano, partió despreocupado por la suerte de sus paisanos a dar insulsos y pomposos seminarios en Harvard… lo verdaderamente duro entonces comenzaba a asomar cabeza.

No hubo freno a la proliferación de falsas noticias, direccionando a la opinión pública (con una alta complicidad de la opinión publicada) hacia paranoias castrochavistas, claves en la victoria electoral del Centro Democrático (CD). Uribe no cometería dos veces el mismo error. Sabía que no podría confiar sucesión alguna a aquella que contara con capital político propio —como aprendido con Santos—. A sabiendas del creciente desprestigio del CD, necesitaría una candidatura fresca, joven, y a todas luces desprovista de evidentes acervos parapolíticos. Un fantoche de estatura menor, fácilmente controlable, como aquel que hoy ocupa la Casa de Nariño; clave sin embargo para asumir nuevamente la batuta sobre la paz y la guerra.

El desmembramiento de los acuerdos no ha tenido tintes gatopardistas. El freno a los Planes de Desarrollo Territorial; la eliminación de los Planes de Sustitución de Cultivos; las presiones internas en las estructuras militares; la falta de garantías a la vida de los excombatientes (1.03% del total de desmovilizados han sido asesinados); las amenazas y eliminación de los líderes y comunidades de paz territorial. En esta historia los enemigos de la paz han estado mucho más organizados y atentos que sus aliados.

Es que tan solo un día antes del anuncio por parte de Márquez, Santrich y compañía, la Fiscalía General de la Nación afirmaba que las desapariciones del Palacio de Justicia —a pesar de los cuerpos encontrados, las denuncias, las declaraciones de los propios militares— ¡nunca tuvieron lugar! Todos aquellos elementos que los Estudios de Paz y Conflicto han señalado imprescindibles en la implementación de acuerdos han sido sistemáticamente ignorados. Aquellos analistas internacionales que aplaudían fervorosamente los acuerdos alcanzados iniciaban, a partir del 2017, una lectura más sobria y pragmática, cautelosos por la falta de entusiasmo que guiaba el posconflicto colombiano.

Ahora bien, ¿qué significado tiene la ruptura por parte de algunos altos mandos de las Farc al proceso de paz?

Actualmente un 80% de los excombatientes siguen firmes frente al proceso. Sin embargo, la preocupación ante la incertidumbre de una paz a la deriva no ha sido menor, donde los mandos medios han jugado y juegan un papel fundante en la articulación de sus miembros al proceso de paz. Se cuenta, al día de hoy, una dispersión de unos 2.000 excombatientes, cuyo paradero resulta desconocido.

Márquez, Santrich y compañía buscarán probablemente una alianza con las tropas de Gentil Duarte y un acercamiento con el ELN para refundar a las guerrillas. En términos numéricos sus filas son estrechas, pero los altos mandos tienen en la guerrilla una importancia vital, con capacidad de movilizar el descontento y la incertidumbre hoy imperante en la implementación. En términos concretos, los intereses de Márquez y Uribe (por más dispares que puedan resultar en el fondo) están intrínsecamente asociados en términos estratégicos: a mayor incertidumbre en el proceso, mayor crecimiento de las filas guerrilleras.

Los mandos medios van a jugar aquí un papel fundamental. En la medida que el proceso de paz logre, de forma exitosa, incorporar a las cabezas más visibles en la organización de base de las Farc, menor espacio habrá para una reincorporación masiva a las filas de la guerrilla. Por el contrario, cada mando medio que decida volver a las filas de las Farc traerá consigo decenas de sus camaradas.

La incertidumbre y los temores por parte de los exguerrilleros están más que justificados. Las Farc cumplieron en el desarme y la desmovilización de forma estoica, encontrando un país lleno de odios y medias verdades. Sin embargo, insistir la posibilidad de una transformación del país por vía militar es algo que no tiene cabida. Solo puede resultar del profundo desconocimiento de las dinámicas e imaginarios que cobijan al más del 80% de la población nacional.

Por más ardua que resulte la disputa política en términos democráticos (aquí únicamente evocada en su acepción formal), es la verdadera y profunda batalla por medio de la cual la paz, acompañada de justicia social y democracia real, encuentra futurabilidad en el horizonte.

Me temo, sin embargo, que en esta pugna son los señores de la guerra quienes se proclaman victoriosos.

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